15 de noviembre de 2009

La verdadera Piedra Filosofal

Las leyendas abundan. Una famosa piedra que supuestamente posee poderes increíbles, pero ¿existió alguna vez? En el mundo antiguo, un filósofo era buscador de sabiduría. Un poderoso sabio entregado a desvelar los secretos del mundo natural. Se decía que la Piedra Filosofal era la clave de todo esto. Durante miles de años la Piedra obsesionó al mundo civilizado. Ningún objeto excepto el Santo Grial la supera en leyenda. Los primeros escritos sobre la piedra filosofal se remontan a la época de Cristo, aunque está claro, por el modo de referirse a ella, que fue muy conocida en el mundo antiguo. Un modo de fabricar oro, el más precioso de los metales. Un sueño que se remontaba 1.000 años antes al mito griego del rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba: el toque Midas, una idea que hoy en día aún fascina. Pero la Piedra Filosofal tenía otro poder aún mayor: una única substancia capaz de conceder a su propietario vida eterna y riquezas sin límites. Pero ¿qué era exactamente la piedra filosofal? Aunque se describe en términos ambiguos, lo que sí está claro es que la piedra no es literalmente una piedra. No es algo que pueda hallar un aventurero o desenterrar un cazatesoros, sino que lo deben fabricar los buscadores de conocimientos y los hombres de ciencia. Son los filósofos del Medio Oriente que escriben en los siglos VI, VII y VIII, los que afirman que uno de ellos ha encontrado el secreto. Dicen conocer los ingredientes para fabricar el compuesto llamado Piedra Filosofal y haber dominado los peligrosos procesos necesarios para combinarlos. Es en esas épocas cuando comienza a aplicarse otra palabra a estos buscadores de la piedra: alquimista. Es tras el inicio de las cruzadas en el siglo XII y el aumento de desplazamientos entre Oriente y Occidente, cuando las historias de la Piedra Filosofal comienzan a llegar a Europa. Estas se encuentran entre los antiguos textos egipcios, judíos y griegos traducidos por los estudiosos musulmanes que incorporan la alquimia a sus conocimientos científicos. La idea de la Piedra Filosofal no tarda en atrapar la imaginación de los estudiosos europeos. Armados con nuevas traducciones de los textos orientales, emprenden su propia búsqueda para producir la Piedra, pero será una búsqueda envuelta en el secreto. Los alquimistas medievales, como más tarde los masones, usaron símbolos y palabras en clave que siguen desconcertando a los estudiosos. Aunque muchos alquimistas anotaban fórmulas paso a paso para fabricar el compuesto de la Piedra Filosofal, los ingredientes que utilizaban continúan envueltos en el simbolismo. Quienes han estudiado estos registros de alquimia, creen que uno de los ingredientes utilizados en la Piedra Filosofal es el mercurio, ya sea en forma pura o modificada. Los otros ingredientes son objeto de debate, pero está claro que la mezcla debe purificarse y transformarse una y otra vez mediante el fuego. Es la promesa de ese poder absoluto lo que hace que la búsqueda de la Piedra Filosofal sea tan tentadora y peligrosa. Con los siglos, los buscadores de la piedra revisarán textos antiguos, consultarán a rabinos, sabios e incluso ángeles. Ingerirán venenos, se arriesgarán a volverse locos, se enfrentarán a la cárcel, al exilio y a la desgracia, pero se rumorea que unos pocos, muy pocos, tendrán éxito. Una piedra de brujos que convierte el plomo en oro, un elixir que puede conceder la inmortalidad. Actualmente, esto pertenece al ámbito de la fantasía, pero durante 300 años, desde finales del siglo XVII, durante la edad de oro de la alquimia occidental, estos objetivos parecieron lógicos y alcanzables. Son los primeros científicos europeos del siglo XIII, quienes emprenden la búsqueda de la Piedra Filosofal. Creen que este misterioso compuesto puede convertirse en elixir de inmortalidad o añadirse a metales bajos para producir oro, y aunque su meta parezca sobrenatural poseen sólidas razones científicas para creerlo posible. Los alquimistas llaman al concepto “transmutación”, un proceso que ven constantemente a su alrededor. En la mente del alquimista, el mismo proceso purificador que puede convertir el plomo en oro también puede producir longevidad, incluso la inmortalidad. Fueron los alquimistas los que crearon el prototipo de laboratorio moderno donde combinar y calentar los productos químicos necesarios para crear la Piedra Filosofal. Es un proceso laborioso y peligroso. Crear el elixir de la vida exigía la mezcla de una poción de metales pesados que el alquimista debía ingerir intencionadamente. A través de la historia cientos de estudiosos y científicos buscaron el secreto de la Piedra Filosofal. Algunos fueron las mentes más grandes de su tiempo. Roger Bacon, el padre de la química moderna, y Sir Isaac Newton entre ellos. Pero ninguno encendería la imaginación del público más que un humilde librero del siglo XIV llamado Nicolas Flamel. Aunque aparece en obras de ficción popular como “El Jorobado de Notre Dame” y “Harry Potter y la Piedra Filosofal”, para los lectores medievales era una persona real aunque misteriosa. Aparecen escritos científicos atribuidos a Flamel en libros publicados en el siglo XVI, que pueden ser compilaciones de obras anteriores. Aunque su contribución científica en estos tomos es menor, la figura del propio Flamel crece en las manos de modernos autores de éxito. En “El Código Da Vinci”, se dice que Flamel era un líder del Priorato de Sión. En “Harry Potter”, aparece como el socio alquimista del director de una escuela. Ambos autores se inspiraron sin duda en el mismo libro, un volumen sobre figuras jeroglíficas publicado en París en 1912, presunta copia de una obra perdida del propio Flamel que describe su búsqueda de la Piedra Filosofal. Se dice que Flamel llegó a cumplir los 80 años, lo cual no es poca cosa en tiempos medievales. Encargó su propia lápida adornada con extraños símbolos alrededor del año 1410. Se cree que su muerte ocurrió poco después, pero posteriormente comenzaron a circular rumores de que usó la Piedra Filosofal para prolongar su vida, fingiendo su muerte para proteger el secreto. Una historia reforzada por la publicación de varios libros con su nombre mucho después de su supuesto fallecimiento. Muchas personas creyeron los rumores y se aferraron a cualquier prueba de la existencia de la Piedra Filosofal. En todo el período medieval y la llamada Era Moderna temprana de los siglos XVI y XVII, los más poderosos de Europa vigilaban a quienes pudieran tener el poder de crear la Piedra. La mágica substancia se veía como un comodín en potencia, capaz de influir en las guerras y en los conflictos entre países, así como para vencer y erradicar los conflictos interiores. Aunque los soberanos europeos solían prohibir la práctica de la alquimia, siempre había una excepción: el alquimista que trabajaba para ellos. Ningún monarca estuvo más interesado en la alquimia que Rodolfo II de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano, rey de Bohemia y Hungría. Rodolfo, dado a la melancolía, se sintió atraído por la alquimia quizá como cura, o posiblemente porque así aliviaba el tedio que le provocaban los asuntos de estado. A mediados del siglo XVI, Rodolfo comenzó a invitar a alquimistas a su corte. Hasta doscientos pasaron por su finca real de Praga, donde se dedicaba a la alquimia. En el siglo XVI, la imprenta contribuyó a extender las noticias de la Piedra Filosofal, y durante el siglo siguiente comenzaron a surgir multitud de testigos de procesos de alquimia capaces de convertir metales corrientes en oro. ¿Realmente los ciudadanos fueron testigos de la existencia de la Piedra Filosofal o de alguna otra invención? Las falsas transmutaciones estaban a la orden del día. Se utilizaban para ello crisoles con doble fondo en los cuales se escondía oro que se hacía aparecer fundiendo la parte superior del recipiente. Durante este período, falsos alquimistas vivían de afirmar poseer la Piedra y de venderla en porciones a los crédulos antes de huir de las ciudades, pero hubo otras estafas más refinadas, a menudo a costa de reyes y emperadores. Tras el Renacimiento la alquimia comenzó a llamarse “química”. Aunque ambas palabras procedían de la misma raíz griega, “química” se fue convirtiendo en el término más aceptado. Fue en el siglo XVIII cuando ambas palabras adquirieron sus significados actuales. Durante los últimos doscientos años, los científicos que han analizado aquella época han considerado absurda la búsqueda de la Piedra Filosofal, y a la alquimia misma como una pseudociencia, pero esa valoración actualmente ha cambiado. Tanto en la ciencia como en la ficción, se está produciendo un regreso de los alquimistas. En cuanto al propósito central de los alquimistas de encontrar la Piedra Filosofal y transmutar substancias en oro, ese objetivo es ya posible mediante los aceleradores de partículas, claro que cada gramo de oro costaría miles de millones de dólares, por lo que no es rentable. Y en cuanto a la prolongación de la vida humana, en una era de asombrosos medicamentos la esperanza de vida aumenta cada año. Y aunque la inmortalidad se le escapa a la ciencia, la búsqueda continúa. Puede que el sueño de los alquimistas no fuera tan absurdo...

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