19 de noviembre de 2018

El año 536, el peor de la Historia

La historia de la humanidad esconde episodios realmente dramáticos. La peste bubónica o 'muerte negra', por ejemplo, mató a la mitad de la población europea en el siglo XIV. La viruela ha llegado a matar a 300 millones de personas a lo largo de la historia, alcanzando su punto álgido en el siglo XVIII. Entre 1918 y 1920, la gripe española acabó con la vida de entre el 3% y el 6% de la población mundial. Es decir, entre 50 y 100 millones de personas en el planeta.

Pero ninguna de estas tragedias fueron las peores. Según el historiador medieval y arqueólogo Michael McCormick, el 536 fue el peor año de la historia. Él, junto a otros historiadores, publicó recientemente un estudio al respecto en la revista 'Antiquity'. "En Europa, el 536 fue el comienzo de uno de los peores periodos del ser humano, por no decir que fue el peor", explica McCormick a la revista 'Science'.

Según él, en 536 "una niebla misteriosa sumió a Europa, Oriente Medio y parte de Asia en la oscuridad, día y noche, durante 18 meses". El sol, cuenta McCormick, "emitió una luz sin brillo, como la luna, durante todo el año" según textos del historiador bizantino Procopio de Cesarea. El verano de 536 registró una caída de las temperaturas de 1,5 a 2,5 grados centígrados dando paso a la decada más fría de la humanidad en los últimos 2.300 años.

El clima sumió a la población mundial en la miseria. Las laderas de China se tiñeron de blanca nieve, las cosechas se perdieron también en Irlanda, Escandinavia y Mesopotamia mientras la hambruna se iba extendiendo sobre la humanidad. Después, en el 541, la peste bubónica atracó en el puerto egipcio de Pelusio y se llevó por delante a la mitad de la población del Imperio Romano del Este, lo que aceleró su colapso, según McCormick.

El siglo VI ya era conocido por las desgracias y desastres naturales que sumieron a la población mundial en una 'época oscura'. Pero ha sido recientemente cuando se ha descubierto el origen de la niebla que cubrió el cielo de negro. Un equipo liderado por el mismo McCormick y el glaciólogo Paul Mayewski realizó un análisis 'ultrapreciso' de un glaciar suizo que les permitió recuperar pruebas que demostraban que, al principio del 536, una erupción volcánica masiva en Islandia escupió sus cenizas por todo el hemisferio norte.

En el 540 y el 547, se repitieron episodios volcánicos de gran tamaño que, combinados con las plagas que azotaban a la población, sumieron a Europa en un período de estancamiento económico hasta 640. Una prueba en el hielo muestra el resurgir de la minería de plata, un siglo más tarde de la erupción del volcán.

Según 'Science', los secretos que esconde el hielo permiten conocer los cambios en la sociedad y los fenómenos atmosféricos como grandes tormentas, erupciones volcánicas o contaminación por plomo al detalle analizando los meses o, incluso, semanas de hace 2.000 años, afirma el volcanólogo Andrei Kurbatov de la Universidad de Maine (Estados Unidos).

Más allá de los glaciares, también los árboles milenarios nos dan pistas de la historia que han presenciado. El análisis de los troncos y el hielo "nos da una nueva clase de registro para la comprensión del encadenamiento de las causas humanas y naturales que condujeron a la caída del Imperio romano -y las revoluciones más tempranas de esta nueva economía medieval", explica Kyle Harper, Decano e historiador medieval y romano en la Universidad de Oklahoma.

El equipo de la Universidad de Harvard, liderado por McCormick y Mayewski, sigue investigando para comprobar si esta explosión volcánica ocurrió verdaderamente en Islandia o en el norte de América, como tambien sugieren. Para confirmarlo, han iniciado una búsqueda de más partículas de este volcán en los lagos de Europa y Islandia que también permita explicar por qué motivo fue tan devastador.


Fuente:
* www.elperiodico.com


15 de noviembre de 2018

El callejón de las estatuas espeluznantes

Los investigadores han descubierto un pasadizo de 750 años lleno de estatuas espeluznantes enmascaradas en la antigua ciudad abandonada de Chan Chan en Perú.


Según Newsweek, el Ministerio de Cultura del país dice que se cree que estas 19 estatuas son de la civilización peruana precolombina conocida como el imperio Chimú. Este imperio operó entre 900 y 1470 d.C., después de lo cual los incas conquistaron la ciudad.

Los ídolos de madera estaban cubiertos con máscaras de arcilla y el corredor en el que se encontraban se extendía 100 pies de largo. Cada una de las estatuas mide 27 pulgadas de alto y parece tener un cetro en una mano y lo que parece un escudo en otra. Se sospecha que cada una de las estatuas representa un carácter antropomórfico diferente.

"Es un descubrimiento importante por su antigüedad y por la calidad de su decoración", dijo Patricia Balbuena, miembro del ministerio.

"Suponemos que son guardianes", dijo el arqueólogo Henry Gayoso Rullier en el periódico peruano El Comercio . "Podrían pertenecer a la etapa intermedia de Chan Chan, entre 1100 y 1300 d.C., y estaríamos hablando de las esculturas más antiguas que se conocen en este sitio".

Según la UNESCO , la ciudad de Chan Chan era la ciudad más grande de América precolombina. Antes de que fuera conquistada por los incas, se cree que Chan Chan era el hogar de unas 60.000 personas que vivían en unos 10.000 edificios. Esto lo convierte en uno de los complejos de adobe más grandes del mundo que se haya descubierto.

Pero después de ser conquistada, la ciudad comenzó a declinar y a caer en ruinas. La excavación de las ruinas de Chan Chan comenzó en 2017 y se espera que continúe hasta mayo de 2020.


Fuente:

* https://allthatsinteresting.com/ancient-masks-chan-chan-peru


11 de noviembre de 2018

El fascismo y el Imperio Romano

En la Italia posterior a la Primera Guerra Mundial, Mussolini se apropió de los símbolos de la antigua Roma como vehículo de reafirmación nacional. Se presentó como la encarnación del nuevo líder dispuesto a hacer renacer el Imperio.

La Roma de los césares siempre ha fascinado a los estados totalitarios. Ya a partir del siglo XVI, en los países eslavos los mandatarios se hicieron llamar zares, término que deriva del latín caesar. Éste era el nombre que acompañaba a todos los emperadores romanos desde Octavio Augusto. Octavio fue el primero en utilizarlo para señalar que era descendiente de Julio César. Por otro lado, la Rusia zarista no tuvo ningún problema en considerar Moscú como la "tercera Roma" después de Bizancio, que había sido la segunda.

Con el tiempo, a la Rusia zarista le salieron seguidores. A principios del siglo XIX, Napoleón adoptó el águila de las antiguas legiones romanas como estandarte de sus ejércitos (en la antigua Roma el águila era un símbolo de fortaleza). También se adueñó del saludo romano que años antes, en 1798, ya habían rescatado del olvido los revolucionarios franceses como muestra de identificación con la idealizada república romana. Este saludo consistía en levantar el brazo derecho con los dedos de la mano juntos y rectos. Era la manera respetuosa que tenían los soldados romanos de saludar a las autoridades. En 1804 Bonaparte se autoproclamó emperador de Francia. Recuperaba así el título con el que eran conocidos los gobernadores romanos con plenos poderes ejecutivos. Y para equipararse a los grandes generales romanos, en 1806 ordenó erigir en París un arco de triunfo con el que perpetuar la memoria de sus hazañas.

Después de la Rusia zarista y de la Francia napoleónica, el recién creado estado italiano, surgido de la unificación (1848-70), supo sacar más partido del mito del autoritarismo de Roma. En pleno siglo XIX, descartados de la carrera neocolonialista, los italianos se aferraron a su glorioso pasado para hacerse un lugar en el reparto del mundo. Fue entonces cuando se recuperó la figura de Escipión, el general que en el siglo III a.C. derrotó a Cartago en las conocidas guerras púnicas. Con ello, Italia justificaba su expansión imperialista por Eritrea, Somalia, Etiopía y Libia.

La Primera Guerra Mundial exacerbó el sentimiento nacionalista en Alemania e Italia, humilladas por los acuerdos de paz: la primera tendría que pagar muy cara su derrota, e Italia no vio satisfechas sus pretensiones expansionistas a costa del antiguo Imperio austro-húngaro. A todo ello habría que añadir la fuerte crisis económica que sufrían ambos países. En Italia hubo un político que se atrevió a reconducir la situación: Benito Mussolini. Y lo hizo teniendo al Imperio romano como máximo referente.

Benito Mussolini
Inscrito inicialmente en el Partido Socialista, en 1919 fundó unos grupos de agitación llamados los Fasci Italiani di Combattimento1 (fascios italianos de combate). En aquella época, fasci era un término muy difundido en Italia para referirse a distintos grupos sociales. Aunque los fasci de Mussolini pronto se diferenciaron del resto. Su símbolo eran los fasces romanos, un haz de varas de metro y medio de longitud con un hacha en la parte alta. El hacha personificaba la justicia y el haz de varas la fuerza. En tiempos romanos los fasces eran transportados por los lictores, oficiales públicos que ejercían de escoltas de los magistrados. Se trataba de un emblema que ya había sido adoptado en 1789 por la Revolución Francesa. Pero esta nueva revolución tendría un carácter muy diferente.

En 1921 los Fasci Italiani di Combattimento fueron la base para la creación del Partido Nacional Fascista, con postulados ya claramente de derechas. En octubre de 1922 el partido decidió hacerse con el poder en la llamada Marcha sobre Roma, tras la que el rey Víctor Manuel III nombró a Mussolini jefe de gobierno. Durante los tres años siguientes Mussolini, hombre de una portentosa oratoria, fue asumiendo todos los poderes. Así llegó a implantar una dictadura, concepto también de fuertes resonancias clásicas. En la Roma republicana el dictator era la persona que concentraba toda la autoridad en tiempos de crisis (guerras, revueltas o pérdidas económicas). Una vez resuelta la dificultad, el dictador tenía que ceder su papel a las instituciones ya establecidas. Pero no siempre fue así. El primer dictador romano que se nombró vitalicio fue Julio César. Inspirándose en él, Mussolini también se presentó en sociedad como dictador vitalicio. En cualquier caso, el título por el que fue más conocido fue el de "Il Duce", que deriva del latín dux2. Mussolini instauró el saludo romano como elemento distintivo de su formación política. Pronto fue obligatorio por toda Italia. El haz de lictor se reprodujo por doquier. Las palabras que pronunció Mussolini en 1937, en un acto público, son reveladoras de esta concepción que vinculaba la Italia emergente con la antigua Roma:
«Cuando pienso en el destino de Italia, cuando pienso en el destino de Roma, cuando pienso en todas nuestras hazañas históricas, no tengo otra opción que ver en toda esta sucesión de acontecimientos la mano infalible de la Providencia, la señal infalible de la Divinidad»
Mussolini no dudó en imitar las pautas que habían propiciado el éxito del Imperio romano. Éste se basaba en una sociedad perfectamente ordenada, dividida en clases y con un fuerte espíritu moralizante. La propaganda del régimen también presentó la educación física como un elemento de salud colectiva y de adiestramiento en el estoicismo. Tampoco faltaron desfiles escolares para depositar flores en las estatuas de César. A la hora de indicar la fecha en los documentos oficiales y en los periódicos, estableció que se haría a partir de la del triunfo del fascismo en Italia, el 28 de octubre de 1922, el día en que se había iniciado la marcha sobre Roma. Este sistema recordaba a las siglas a.u.c (ab urbe condita, "desde la fundación de la ciudad"), con las que los antiguos romanos fechaban los hechos. partían del 21 de abril de 753 a.C., cuando, según la tradición, Rómulo había fundado Roma.

Mussolini haciendo el saludo fascista

A medida que el régimen fascista se consolidaba, se aprovechaba cualquier oportunidad para celebrar las glorias romanas. Se festejó el bimilenario del nacimiento de Virgilio (1930) y de Horacio (1935). En 1937, para conmemorar el bimilenario de Augusto, el régimen organizó una gran exposición sobre la romanidad ─la "Mostra Augustea della Romanità"─ que sirvió para construir el Museo della Civiltà Romana, que exalta todavía hoy el espíritu heroico de Roma.

Con la voluntad de apropiarse del pasado romano, el gobierno fascista dio un impulso a las obras de excavación arqueológica del centro monumental de Roma: el Foro, el área pública y política por excelencia de la antigua capital del mundo. Los resultados no siempre fueron los deseados, ya que las campañas estuvieron condicionadas por la voluntad propagandística del régimen. Así, para que vieran la luz determinados restos, fueron destruidos sin pudor notables edificios de época medieval. Además, para que el ejército y las milicias fascistas pudieran marchar triunfalmente por el centro de Roma ─a imitación de los grandes desfiles romanos─, fueron abiertas dos calles: la Via dell'Impero (hoy Via dei Fori Imperiali) y la Via del Mare (hoy Via del Teatro di Marcello). Su trazado arrasó literalmente la colina de la Velia y la zona de la Meta Sudans, delante del Coliseo.

Mussolini impulsó también una política de monumentalidad marmórea, típica de otros estados de inspiración totalitaria. Se trataba de promover la construcción de grandes edificios que pudieran servir de escenario a manifestaciones masivas. En teoría, los proyectos se inspiraban en el Imperio Romano, pero esto distaba de la realidad histórica. Los clásicos describen Roma como una ciudad muy bulliciosa y de calles estrechas y sucias. Lógicamente, a las autoridades fascistas no les interesó esta imagen caótica de la antigua capital, y la presentaron como la ciudad del orden y la belleza por antonomasia.

Para Mussolini, la antigua Roma se caracterizó también por su política exterior. Ya en el siglo I a.C., Virgilio decía en la Eneida que el destino inmutable había atribuido a Roma el papel de potencia "civilizadora". Fiel a esta premisa, el Duce se propuso recuperar los antiguos territorios del Imperio. Pero en la tercera década del siglo XX, la mayor parte de éstos se encontraba en manos de otras potencias.

Mussolini quiso ampliar fronteras a toda costa. No obstante, su política expansionista, caracterizada por la improvisación, distaba mucho de la que llevó a cabo el Imperio romano. Prueba de ello es la ocupación de Albania: en abril de 1939 el país fue anexionado a Italia aprovechando una crisis política. Las tropas italianas habían sido reclutadas de forma repentina, sin haber recibido ningún tipo de formación. El 1 de septiembre, cuando Hitler atacó Polonia ─iniciándose con ello la Segunda Guerra Mundial─, Mussolini prefirió quedarse al margen alegando que su ejército no estaba suficientemente preparado. Sus hombres habían conseguido ocupar Albania a pesar de su escasa preparación militar, pero cuando en octubre intentaron ocupar Grecia, las cosas no les salieron tan bien. Las tropas griegas contraatacaron, obligando a los italianos a retroceder hasta abandonar gran parte de Albania, su centro de operaciones. En diciembre de 1940 un humillado Mussolini no tuvo más remedio que pedir ayuda a Hitler. Este fracaso y otras derrotas en Libia y en el África oriental, le convirtieron en un subordinado más del Führer. El Imperio romano del Duce hacía aguas.

Meses antes, en junio, confiando en la victoria alemana, Benito Mussolini había declarado la guerra a los aliados. Aunque se sentía protegido por Hitler, la jugada le salió mal. En julio de 1943, ante los progresos aliados, fue derrocado por un golpe de estado y encarcelado en los Apeninos. En septiembre fue liberado por un grupo de paracaidistas y creó una república fascista en la zona de Italia ocupada por el ejército alemán (la República Social Italiana). Dos años después tomó la decisión de huir. En abril de 1945, un grupo de partisanos le capturó en Dongo y lo fusilaron junto con su amante Clara Petacci. Caído Mussolini, el mito del autoritarismo de la antigua Roma tan solo sería preservado, a su manera, por Franco en España.


Notas:
  1. Secciones de asalto y protección que luchaban contra el comunismo en las calles y propugnaban un nuevo cambio social en el pueblo, concretamente un Estado de orden que garantizase la seguridad pública. Ideológicamente los Fasci de Combattimento proponían un cambio político que protegiera igual a los obreros, a las clases medias y las clases altas si estas últimas lo merecían. Inicialmente su ideología causó dudas porque aparentaba ser de izquierdas y de derechas al mismo tiempo, sin embargo los Fasci di Combattimento repudiaban ambas, ya que realmente eran la tercera alternativa al marxismo y al capitalismo. Uno de los dormas fundamentales que caracterizaban a los Fasci di Combattimento era la exaltación del nacionalismo italiano para convertir a Italia en un país grande y poderoso en el mundo, como un Imperio que estuviera en el podio entre las potencias.
  2. Título que se aplicó en el Bajo Imperio romano a aquellas personas que ocupaban un alto cargo cívico-militar en las provincias.

Fuente:
* Antoni Janer Torrens, "El fascismo y el Imperio romano". Historia y Vida nº 512, pág. 48-55


7 de noviembre de 2018

La tragedia del Cabo Machicaco

En noviembre de 1893, un incendio en el barco de vapor Cabo Machichaco, atracado Santander, provocó la mayor catástrofe civil del siglo XIX español, con cerca de seiscientos muertos y alrededor de dos mil heridos.

El barco fue construido en 1882 en un astillero de la ciudad inglesa de Newcastle. Era majestuoso, con un pesado casco de hierro, y de grandes dimensiones: más de 78 metros de eslora y 10 metros de manga y, sobre todo, muy rápido, ya que podía alcanzar una velocidad de ocho nudos. Tres años más tarde el buque fue adquirido por la compañía Ybarra. Su función era el transporte de mercancías entre Bilbao y Sevilla, con escala en el puerto de Santander. De este modo, el 24 de octubre de 1893 el Cabo Machichaco partió del puerto de Bilbao rumbo a Santander, donde llegó tras una travesía de aproximadamente seis horas.

Llevaba 1.616 toneladas de carga, repartidas entre barras de hierro, lingotes, cubos de hierro, clavos, raíles, hojalata, así como cantidades nada desdeñables de harina, vino, papel, tabaco, madera, licores, aceite.... Y lo más peligroso: 12 toneladas de ácido sulfúrico en toneles de vidrio y 1.720 cajas de dinamita, cuyo peso neto se estima en unas 43 toneladas. Al llevar las bodegas repletas, el capitán había decidido estibar las garrafas de ácido sulfúrico en la misma cubierta del barco.

El buque debía cumplir unos días de cuarentena ya que había una epidemia de cólera en Bilbao, por lo que al llegar a Santander las autoridades portuarias lo enviaron a fondear al final de la bahía, frente al lazareto de Pedrosa. Pero sin llegar a completar la cuarentena las autoridades del lazareto se dieron por satisfechas, autorizando al Cabo Machichaco a acercarse a la ciudad de Santander para descargar. Oficialmente, existía un reglamento según el cual un barco que transportara material explosivo debía declararlo ante las autoridades, pero, en este caso, parece ser que no se hizo.

El viernes 3 de noviembre fue un día soleado que invitaba a pasear a las familias burguesas de la ciudad. Hacia las 13:30 horas se hizo visible una columna de humo. Unas versiones afirman que fue provocado por una de las garrafas de ácido sulfúrico estibadas en la cubierta, en tanto que otros escribieron que se inició en una sentina de la bodega nº 2 de proa. Lo cierto es que al darse la alarma rápidamente se desplazaron al barco los escasos medios contra incendios del puerto: el remolcador Santander, los carruajes a caballo que llevaban cisternas con agua, el ganguil (barcaza) San Emeterio y la lancha Julieta. También acudieron los oficiales y tripulaciones de varios barcos españoles y extranjeros atracados en el muelle o fondeados cerca. El que más personal aportó fue el vapor Alfonso XIII.


El espectáculo del gran barco ardiendo y las labores contra incendios motivaron que numeroso público se acercase a ver qué ocurría; también se aproximaron la práctica totalidad de las autoridades de la ciudad. Al cabo de un rato se comunicó que entre la carga había explosivos, lo que hizo que cundiera el pánico entre los centenares de curiosos que miraban el espectáculo. Pero al ver que las autoridades permanecían en el barco y en sus inmediaciones, los curiosos regresaron al muelle para continuar contemplando las labores de auxilio.

Hacia las cuatro de la tarde, y ante la imposibilidad de sofocar el fuego, se decidió hundir el buque. Para ello se colocó al costado del Cabo Machichaco al remolcador Santander. Desde allí se golpeó el casco metálico hasta provocar una vía de agua, comenzando a hundirse la nave hacia las 16:30 horas. Pero unos minutos después explotaba la proa del navío. La mezcla de dinamita con ácido sulfúrico provocó una descomunal explosión, que lanzó como metralla las piezas de hierro, cartuchos de rifle y toda clase de piezas del barco. La práctica totalidad de las autoridades de la ciudad, así como decenas de marinos de los barcos perecieron, encontrándose algunos de sus miembros despedazados a kilómetros de distancia.

La tromba de agua provocada por la explosión del Cabo Machichaco arrastró al mar al gentío que estaba en el muelle, pereciendo unos ahogados y otros masacrados por la metralla. Unos pocos pudieron ser rescatados del agua por embarcaciones. Familias enteras murieron. El balance final fueron 590 muertos, así como más de 500 heridos (otras crónicas elevan los heridos a 2000). Si se tiene en cuenta que la población de Santander era de unas 50.000 personas, el 2% resultó muerto o herido por la explosión del Cabo Machichaco. Todas las calles adyacentes resultaron arrasadas. La potencia de la explosión fue de una magnitud tal, que se llegaron a encontrar grandes piezas del barco hasta a ocho kilómetros de distancia y una ermita románica situada a varios kilómetros llegó a derrumbarse. La tragedia provocó una enorme ola de solidaridad entre una población que había perdido a prácticamente todas las autoridades civiles y militares, siendo la iniciativa ciudadana la que organizó los auxilios.

Dado que la dinamita estibada en popa no había explosionado, en las siguientes semanas se procedió a desguazar la superestructura que había resistido tras la explosión del Cabo Machichaco. Se procedió a desmontar el barco hundido, que se apoyaba en el muelle. Pero el 21 de marzo de 1894 hubo una segunda explosión entre los restos de la popa, falleciendo 15 operarios que se encontraban allí trabajando. Unos días después, el 29 de marzo, los responsables decidieron explosionar lo que quedaba del buque ‘maldito’ para evitar que se produjesen más muertes entre los que trataban de vaciar sus contenidos. Dado que no había ya edificaciones cerca, poco daño causaría una explosión más, esta vez, controlada.

La tragedia de la explosión del Cabo Machichaco se considera la mayor acaecida en España en el siglo XIX.


Fuentes:
* espanafascinante.com/leyenda-de-espana/leyendas-de-cantabria/la-gran-explosion-del-cabo-machichaco
* www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-contemporanea/explosion-del-cabo-machichaco


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