26 de marzo de 2017

Batalla de Bannockburn

El 24 de junio de 1314 tuvo lugar la Batalla de Bannockburn, en la que las tropas escocesas bajo el mando de Robert Bruce derrotaron a las tropas inglesas comandadas por Eduardo II. Esta batalla, en la que los ingleses superaban a los escoceses por cuatro a uno, fue decisiva para garantizar la independencia de Escocia 13 años más tarde.

Eduardo contaba con unos 20.000 soldados de infantería, entre lanceros y arqueros. Los lanceros llevaban una especie de alabarda o voulge de 2,5 metros. La caballería eran unos 3.000 caballeros que incluían contingentes feudales, tropas montadas de su Guardia Real y mercenarios. El problema táctico de combinar fuerzas a pie y a caballo lo más eficazmente posible implicaba tender un puente en la brecha social existente entre las dos, y en Bannockburn esa brecha fue un factor determinante. La primera tarea de Eduardo era liberar el castillo de Stirling, que estaba siendo asediado por los escoceses. Es más, Bruce había pactado con el gobernador de Stirling, sir Tomas Mowbray, que el castillo se rendiría si no era liberado antes del verano de 1.314. El castillo dominaba el sur de Escocia y Bruce sabía que quién lo poseyera tendría la clave de acceso al norte de Escocia. Mientras los ingleses marchaban al norte, Bruce preparó a sus hombres para la inevitable batalla que decidiría el futuro del país.

El 17 de Junio, las columnas inglesas vadearon el río Tweed. El conde de Pembroke iba a la cabeza con una división de caballería, pero no encontró ninguna oposición. Dos días después llegaron a Edimburgo. Aquí esperaron hasta el 21 de Junio, para dar tiempo a llegar al tren de equipajes y provisiones, formado por más de 200 elementos, que iba muy detrás de las largas columnas de infantería y caballería.

En el cercano puerto de Leith, los barcos ingleses desembarcaron provisiones para las tropas. Antes de caer la noche del 22 de Junio, los elementos de la avanzadilla inglesa ya estaban en los alrededores de Falkirk. A menos de 16 km. El ejército de Bruce se hallaba congregado entre el ejército inglés y el castillo de Stirling.

El 24 de junio, muy temprano, el ejército inglés avanzó desde Falkirk. El condestable, encargado de la organización y conducta del ejército, solía dirigir la vanguardia o combate inicial. En Bannockburn el condestable era el conde de Hereford, aunque Eduardo II designó a su sobrino el conde de Gloucester como comandante adjunto de la vanguardia. Con tal desprecio por las cuestiones militares, Eduardo socavó la valía de Hereford y dejó la vanguardia inglesa sin una dirección decisiva.

Avanzaban desordenadamente, con gran parte del ejército rezagado y muy estirado. Mientras Hereford y su vanguardia cruzaban el valle del arroyo de Bannock, avanazando por la calzada romana hacia la entrada de New Park, su temperamental sobrino Enrique de Bohun divisó a un caballero montado dirigiendo a sus piqueros. El león con doble trechor de su sobretodo y la corona le identificaban como Bruce y solo tenía un hacha de guerra. De Bohun, convencido de que había llegado su momento de gloria, espoleó su caballo y arremetió contra él lanza en ristre. Bruce dirigió su caballo hacia el enemigo, que se le venía encima a galope tendido. Cuando estaban cerca, Bruce tiró de su caballo para esquivar la lanza de Bohun, y de pie sobre los estribos, le asestó tal golpe con el hacha que partió el yelmo del caballero inglés en dos y se la clavó en el cráneo. El mango del hacha se hizo añicos con el impacto y de Bohun se desplomó de la silla, muerto antes de tocar el suelo. Entonces la división de Bruce emergió del bosque en apoyo del grupo de piqueros y los ingleses se replegaron. Con un sonoro grito, los escoceses cargaron en tropel y la caballería inglesa se volvió y emprendió la huida, derrotados y en desorden.

Mientras tanto otra poderosa fuerza a caballo dirigida por sir Robert Clifford se adelantó y se dirigió al norte, hacia Stirling, con el objetivo de bordear New Park y llegar al castillo, rebasando el flanco izquierdo escocés. Sin embargo, una división de escoceses estaba apostada cerca de St. Ninian para proteger el camino principal hacia el norte de un movimiento de este tipo, y se apresuró cerrar el paso a Clifford. Al ver a los escoceses saliendo en tromba de New Park, los ingleses aguardaron sobre sus caballos y les dejaron que se acercasen y se alejaran de la protección del bosque. El comandante de la división escocesa vio el riesgo que corrían y ordenó volverse a las filas de para adoptar la formación de schildron. La caballería inglesa rodeó a los escoceses, pero no fueron capaces de romper su compacta y disciplinada formación. Los escoceses empalaban con sus picas a los caballos que se acercaban y mataban a los jinetes al caer, mientras que otros salían como flechas de entre las filas para golpear a los caballos con sus espadas y derribar a los caballeros. Sin el apoyo de los arqueros, los jinetes de Clifford fueron incapaces de romper el schildron escocés. Los ingleses se replegaron. Algunos de los hombres de Clifford se dirigieron hacia el castillo de Stirling; otros, incluido el propio Clifford, se unieron al bloque principal del ejército inglés.

Aquella noche, un caballero escocés al servicio inglés, sir Alexander Seton, se dirigió al cuartel general de Bruce. Senton contó a Bruce el estado de desorganización de los ingleses, y juró por su vida que si Bruce atacaba por la mañana obtendría la victoria. El rey reunió a sus oficiales en consejo de guerra, y en una muestra de valentía votaron al unísono para atacar.

Atacaron, y a media mañana la batalla estaba perdida para los ingleses, que solo pensaban en sobrevivir y escapar. Cuando los líderes ingleses vieron que todo estaba perdido, el conde de Pembroke y Sir Giles d’ Argentan, que estaban en el bando del rey Eduardo, se dieron cuenta de que su seguridad era vital y que el monarca no debía caer en manos escocesas, pues traería unas consecuencias impensables. En el último momento, sacaron al rey del campo de batalla y lo condujeron a salvo al castillo de Stirling. Tan pronto como vio que el rey estaba fuera de peligro, sir Giles d’ Argentan, temeroso por su honor y para quien la huida no era una opción, se dio media vuelta y se lanzó al galope al núcleo de la pelea, donde perdió la vida.

Roberto Bruce

La huida de Eduardo del campo de batalla supuso la desbandada total del ejército inglés. Algunos siguieron al rey hasta Stirling, otros huyeron hacia el río Forth, pero era difícil de cruzar y muchos murieron ahogados en el intento. Otros huyeron al sur e intentaron cruzar el arroyo de Bannock, aquí fue donde sufrieron sus mayores pérdidas, incluido el senescal del rey, sir Edmundo Mauley.

Los ingleses perdieron unos 9.000 hombres, de los cuales 700 serían caballeros, mientras las bajas escocesas fueron muchas menos. Las formaciones de piqueros provocaron el principio del fin de la caballería pesada medieval.

Los escoceses habían tomado la iniciativa en las guerras contra Inglaterra, con profundas incursiones en el norte del país, llevadas a cabo en varias ocasiones y con relativa facilidad. El rey Inglés, Eduardo II, parecía incapaz de tratar con efectividad el problema, distraído además en una lucha política contra sus propios barones.


Fuentes:

* http://www.ruizhealytimes.com/un-dia-como-hoy/de-1314-se-libro-la-batalla-de-bannockburn
* https://arrecaballo.es/edad-media/guerras-anglo-escocesas/batalla-de-bannockburn-1-314


13 de marzo de 2017

Novela histórica: El rey de la ciudad púrpura (Rebecca Gablé)

En el Londres del siglo XIV, Jonah es el joven aprendiz de un comerciante de paños, su pérfido primo Rupert Hillock. De una crueldad y una brutalidad sin parangón, Rupert hace la vida imposible a Jonah y a todas las personas de su entorno. El único apoyo con el que puede contar Jonah es el de su abuela Cecilia. Pero cuando la sirvienta Annot es violada por Rupert, expulsada de la casa y finalmente vendida a un prostíbulo, la anciana Cecilia no hace nada por ella, provocando así un profundo enfadado en el siempre caritativo Jonah.

Cuando su abuela muere, él recibe toda su fortuna en herencia y cree que va a poder iniciar una nueva vida. Sin embargo, debe esperar a que su primo apruebe su liberación y, para ello, primero tiene que emprender un peligroso viaje a Norvich.

22 de febrero de 2017

La primera cámara instantánea

El 21 de febrero de 1947, en la ciudad de Nueva York, Edwin Herbert Land presentó la primera cámara de fotografías instantáneas. Una cámara que revelaba las imágenes en tan solo 60 segundos.

Este dispositivo se volvió imprescindible en aquellos tiempos y se convirtió en un hito en la historia de la fotografía.

Antes de inventar la primera cámara llamada Polaroid modelo 95, Edwin Land ya había desarrollado el primer filtro polarizador sintético en 1928. Si este logro ya había sido muy importante, la aparición de la primera cámara instantánea, revolucionó la fotografía.


Se fabricaron en un primer momento 60 cámaras, con la intención de tener stock para poder fabricar la segunda tanda en base a su demanda. Pero la realidad fue diferente, ya que las cámaras y las películas se agotaron en el primer día de demostración y venta. Fue este el inicio de un éxito imparable (hasta su desaparición como compañía en 2008).


Fuente:
* http://www.planetacurioso.com/2017/02/21/un-dia-como-hoy-pero-de-1947-se-presenta-la-primer-camara-instantanea


12 de febrero de 2017

La hermana de Napoleón

Elisa Bonaparte
El 13 de enero de 1777 nació la cuarta de las hijas del matrimonio formado por Carlo Bonaparte, un acomodado abogado corso, y Letizia Ramolino. Libres de toda superstición, los padres quisieron llamar a la neófita Ana María, el mismo nombre que habían llevado las tres hermanas que la precedieron y que no habían logrado superar los primeros meses de vida. Para entonces el matrimonio ya tenía tres varones, José, Napoleón y Luciano. Fue precisamente este último quien, ante el temor de que tal nombre no deparara nada bueno para la pequeña, quiso llamarla Elisa, el apelativo con el que pasaría a la posteridad. Tras la pequeña Elisa nacieron Luis, Paulina, Carolina y Jerónimo.

Ana María/Elisa Bonaparte nació, pues, en una familia unida y pudiente de Ajaccio. Sin embargo, la prematura muerte del padre en 1785 acabó con la que había sido una vida plácida y sin sobresaltos. La situación económica de los Bonaparte cayó en picado, y su consolidada posición social se esfumó en el momento en que desaparecía el cabeza de familia. Letizia Ramolino se vio obligada a sacar adelante a sus ocho hijos, contando como único ingreso con el sueldo que los dos mayores, José y Napoleón, percibían como miembros del ejército.

La mayor de las hermanas Bonaparte siempre destacó por su inteligencia y su afición al estudio. De ahí que Carlo Bonaparte lograse que Elisa obtuviera una beca de estudios con la que ingresar en la Maison royale de Saint-Louis, un internado para jóvenes de origen noble pero con escasos recursos. Que Elisa fuera admitida en la institución ya sugería que la situación de la familia Bonaparte no era tan boyante como parecía.

Para la matriarca del clan Bonaparte debía ser un alivio que a la muerte de su esposo Elisa continuara en el centro. En primer lugar porque era una boca menos que alimentar, pero también porque sabía que la joven aprovecharía las enseñanzas que se impartían allí. Ello le abría la posibilidad de ejercer posteriormente como institutriz o maestra, y de esta forma aportaría un sueldo más a las arcas familiares. No obstante, en 1792, tras el estallido de la Revolución Francesa, la Asamblea Legislativa cerró la Maison y Elisa hubo de regresar a Ajaccio.

Los sueños de la matriarca de los Bonaparte no se cumplieron. Poco después de llegar Elisa a Córcega, en 1794, el líder nacionalista Pasquale Paoli, con apoyo británico, proclamó una efímera independencia de la isla. Dada la cada vez mayor notoriedad de Napoleón, se hizo recomendable que la familia Bonaparte saliera de la isla y se trasladara a la Francia continental. El destino elegido fue Marsella, donde se instalaron todos en 1795. Elisa, que ya contaba 18 años, conoció allí a un compatriota, Felice Pasquale Baciocchi, un militar miembro de una noble pero empobrecida estirpe de Córcega que servía a las órdenes de Napoleón.

Fue la primera vez que Elisa contrarió a su hermano. Bonaparte tenía serias dudas sobre el futuro de la pareja. Baciocchi no compartía el fervor revolucionario de su futuro cuñado y, a diferencia de este, era un hombre profundamente religioso. De ahí que, tras el matrimonio civil contraído en Marsella en 1797, quiera que la unión fuera bendecida por la Iglesia. El tiempo demostró que las reticencias de Napoleón eran infundadas. Elisa y Baciocchi formaron una pareja bien avenida de la que nacieron cinco hijos.

Felice Pasquale Baciocchi
Los Bonaparte actuaban como un clan unido y compacto, siempre bajo las directrices de Napoleón y, aunque en la sombra, de Letizia Ramolino, que actuaba como el eje aglutinador de los hermanos. De ahí que Baciocchi fuera rápidamente promocionado en el ejército y trasladado a Córcega, que desde 1796 volvía a estar incorporada a Francia. Allí residieron los recién casados hasta que tres años después, tras el golpe de Estado del 18 de brumario y la proclamación de Napoleón como primer cónsul, fueron a París.

Se instalaron en un palacete ubicado en el 125 de la calle Miromesnil. Pero fue en casa de su hermano Luciano, al que estuvo siempre estrechamente unida, donde Elisa abrió un salón artístico y literario, en el que brilló como anfitriona y se ganó una justa fama de mujer culta.

Si Luciano confiaba en el talento artístico e intelectual de su hermana Elisa, Napoleón lo hacía en cuanto a su intuición política. Así lo demostró cuando, en marzo de 1805, tras la ocupación del antiguo principado de Piombino, le confió su gobierno. Para entonces Elisa ya ostentaba el rango de princesa imperial, un tratamiento que había recibido tras la proclamación del Imperio, y Baciocchi había sido ascendido a general de brigada. Apenas unos meses después, en junio del mismo año, se anexionó al territorio la antigua república de Lucca. Se proclamó así el principado de Piombino y Lucca, bajo la autoridad de Elisa y con Baciocchi como príncipe titular, si bien este dejó el gobierno en manos de su esposa.

Fue el propio Napoleón el encargado de redactar la Constitución del nuevo estado. En ella se instituía un Consejo de Estado para asistir a la princesa en el gobierno y un Senado legislativo del que Baciocchi formaba parte. A partir de este momento Elisa se hizo con las riendas del poder, demostrando una aguda perspicacia política y sobre todo volcando en sus directrices de gobierno su mentalidad de mujer ilustrada. La princesa llevó a cabo una acendrada defensa del progreso y del imperio de la razón, al tiempo que su talante revolucionario se manifestó en forma de medidas sociales, como la implantación de consultas médicas gratuitas para los más necesitados o una profunda reforma de la enseñanza. Paralelamente, Elisa creó el Institut Élisa, que recogía el testigo de la Maison royale de Saint-Louis con la pretensión de facilitar la formación de las jóvenes de familias nobles sin recursos.

En este mismo orden de cosas, en 1806 nacionalizó los bienes del clero y clausuró todos los conventos y monasterios, a excepción de los que ejercían como centros hospitalarios o de enseñanza. Para administrar su joven estado, Elisa supo rodearse de ministros de su confianza y sobradamente competentes.

Su tarea de gobierno se vio interrumpida en 1807, cuando el Gran Ducado de Toscana pasó a manos francesas. El gobernador impuesto por Napoleón, Abdallah Menou, un militar francés convertido al islam, demostró ser totalmente incapaz de llevar adelante el nuevo dominio imperial. De ahí que tras comprobar el éxito de las reformas llevadas a cabo en Lucca y Piombino, el emperador decidiera confiar el gobierno a Elisa. El 2 de abril de 1809 la nueva gran duquesa de Toscana hizo su entrada en Florencia, donde fue recibida con la frialdad más absoluta. El rechazo, compartido por la aristocracia y el pueblo, se incrementó cuando tomó sus primeras medidas de gobierno: nacionalizar los bienes del clero y cerrar aquellos conventos que no se dedicaran a la enseñanza o actuaran como hospitales. El descontento se acentuó cuando Napoleón decretó una subida de impuestos. A partir de ese momento, Elisa comprendió que en su nuevo destino no solo no iba a contar con el favor de sus súbditos, sino que su autoridad iba a estar siempre mediatizada por París y, por tanto, iba a carecer de toda posibilidad de iniciativa.

Desde entonces, pese a los intentos de Elisa de demostrar a su hermano que secundaba sus decisiones, la relación entre ambos fue cada vez más tirante. El Gran Corso parecía empeñado en recordar a Elisa en todo momento que de él emanaba su poder. La situación se prolongó hasta 1814, cuando el avance sobre Roma de las tropas napolitanas coaligadas contra el gobierno imperial obligó a Elisa a abandonar Toscana. La caída del Imperio fue el fin de su gobierno. Pasó sus últimos años en Trieste, ostentando el título de condesa de Compignano y volcada en sus intereses artísticos y culturales.

El fin de las responsabilidades de gobierno le permitió desempeñar de nuevo su papel de mecenas, esta vez mediante el patrocinio de diversas excavaciones arqueológicas en la zona. Pero no pudo ver cumplidas todas sus ambiciones. El 7 de agosto de 1820, un cáncer acabó con su vida cuando solo contaba 43 años de edad.


Fuente:
* María Pilar Queralt del Hierro, "La hermana lista de Napoleón". Historia y Vida nº 582, pág. 72-77


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