21 de enero de 2017

El escudo heráldico

La heráldica nació durante el siglo XII y era un lenguaje basado en símbolos. Según la teoría dominante, la heráldica habría nacido de la necesidad de identificar a los caballeros, a los que no sería posible reconocer porque el yelmo les ocultaría el rostro.

Para conseguirlo hacía falta un soporte adecuado. Al principio éste sería el estandarte, como atestiguan las primeras evidencias gráficas. Originarias de Francia e Inglaterra y fechadas en la primera mitad del siglo XII, corresponden a sellos en los que se representaba un caballero cabalgando en dirección a la derecha, con lo que el escudo (que se acarreaba en el brazo izquierdo) quedaba oculto. A partir de 1140, en estas figuras se irían haciendo visibles el escudo (entonces ya triangular y de tamaño más reducido y manejable) y su contenido heráldico. Al perder el umbo, o pieza metálica central, el escudo ofrecería una superficie lisa ideal sobre la que representar el emblema del individuo.

Para cuando la heráldica hubo llegado a territorio hispánico, ya se hacía visible en los sellos el exterior del escudo. Es el caso del sello de Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona y de Provenza, del que se conserva una marca de 1150.

En la mentalidad propia de los europeos del siglo XII la identidad personal dependía de la del grupo, ya fuera la familia, el grupo social o toda la comunidad cristiana, por lo que lo esencial era no tanto poder ver quién estaba presente en una batalla sino de qué lado estaba, para reconocerlo o descartarlo como amenaza.

En los tiempos en los que nació la heráldica, las familias más poderosas estaban construyendo su identidad. Era una manera de consolidar su posición dominante. Así que crearon un patrimonio identitario a partir de unos pocos nombres propios, de un apellido y de un símbolo heráldico. A veces había coincidencia o concordancia con el apellido, como sucedía con las armas de la familia aragonesa de los Luna, cuyo elemento principal era precisamente una luna en cuarto creciente. En casos como este, los heraldistas suelen hablar de armas "parlantes".

A mediados del siglo XII, las familias de la realeza y de la alta nobleza europeas estaban empezando ya a adoptar muchos de los símbolos heráldicos que iban a caracterizarlas. Estos fueron haciéndose un sitio en los sellos, que sólo los poderosos podían usar. Además, al ser considerados por lo general familiares y no individuales, incluso obispos y abades iban a adoptar aquellos símbolos.

Escudo de Jaime I el Conquistador

Hacia 1250, la heráldica se había extendido ya a otros sectores sociales y a diferentes entidades. Concejos, gentes de negocios y corporaciones de oficios llegarían a tener sus propios emblemas.

En manos de familias y de instituciones eclesiásticas y urbanas, los signos heráldicos cumplieron más de una función. Por ejemplo, recordar la unión política de dos linajes. A partir del siglo XIV, esto solía representarse en los emblemas femeninos dividiendo el escudo en dos partes. La heráldica de la familia del marido quedaba entonces en el lado izquierdo, y la de los padres en el derecho.


Fuente:
* Alejandro Martínez Giralt, "Estos son mis colores". Historia y Vida nº577, pág. 46-49.


16 de enero de 2017

La Guerra del Rosellón

La Guerra del Rosellón, también denominada Guerra de los Pirineos o Guerra de la Convención, fue un conflicto que enfrentó a España y la Francia revolucionaria entre 1793 y 1795 (durante la existencia de la Convención Nacional francesa), dentro del conflicto general que enfrentó a Francia con la Primera Coalición. Tras la ejecución de Luis XVI de Francia (21 de enero de 1793), Manuel Godoy, hombre fuerte del gobierno español, firmó con Gran Bretaña su adhesión a la Primera Coalición en contra de Francia.

Esta guerra fue desastrosa para España, tras unos inicios esperanzadores. La frontera se distribuyó entre tres cuerpos de ejército: el navarro-guipuzcoano, el aragonés y el catalán. Los dos primeros tenían una función defensiva, de modo que la iniciativa le correspondió al de Cataluña, bajo el mando del general Ricardos. En poco tiempo se ocupó parcialmente el Rosellón, pero las acciones españolas, faltas de objetivos políticos o territoriales, se limitaron a actos simbólicos, como quemar los decretos de la Asamblea, talar el árbol de la libertad o sustituir la bandera tricolor por la blanca de la casa de Borbón. La actitud pusilánime del general Ricardos evitó la ocupación de Perpiñán, y ya a fines de 1793 sus tropas habían perdido la iniciativa, frente a un ejército francés reorganizado y dinamizado por los llamados representantes del pueblo, individuos comisionados por la Convención para, con su fogosidad y sus amenazas, animar a la población civil y a los generales, poner fin al desorden y a las deserciones de los primeros meses y lograr una férrea disciplina mediante el uso frecuente de la guillotina.

Los españoles habían perdido dos enclaves a poco de declararse la guerra. A fines de marzo, los franceses ocuparon el Valle de Arán, que fue anexionado a su territorio al considerarlo una demarcación española en territorio francés sin justificación geográfica alguna. El otro enclave que fue ocupado por las tropas republicanas fue la Cerdaña, cayendo Puigcerdá en agosto. En la Cerdaña se efectuaron acciones de adoctrinamiento, imprimiéndose en catalán la Declaración de los derechos del hombre y concediéndose a la población la exención del pago del diezmo.
Las fronteras aragonesa y vasco-navarra no conocieron a lo largo de 1793 ninguna acción militar de relieve, reduciéndose todo a escaramuzas ventajosas para España, como la destrucción del fuerte de Hendaya, el control del río Bidasoa o la ocupación de las cimas de las montañas fronterizas.


También en ese mismo año, en colaboración con la flota británica, la armada española intentó apoderarse del importante puerto de Tolón, con la intención de crear allí un enclave monárquico. Ingleses y españoles creían que el descontento con la República en el mediodía francés estallaría en insurrección contra París sí se les posibilitaba ocasión. El cónsul José Ocáriz elaboró un plan "para la más fácil extensión del partido realista en Francia desde Tolón". En dicho plan se debía financiar al partido contrarrevolucionario, acuñar moneda con la efigie de Luis XVII y, sobre todo, cortar las relaciones entre los banqueros genoveses y la República.

En agosto, el estratégico puerto del Var estaba bajo control de las fuerzas combinadas anglo-españolas bajo el mando del almirante Hood, pero las diferencias entre ingleses y españoles y la derrota de los insurgentes provenzales impidieron la consolidación de esta cabeza de puente contrarrevolucionaria. Mientras que el Comandante General de la escuadra española, Juan de Lángara, aceptó la propuesta realista de que el conde de Provenza acudiera a Tolón para ser proclamado regente de Francia, los ingleses la rechazaron por considerarla inoportuna, y cuando las tropas revolucionarias iniciaron la reconquista de la ciudad los españoles acusaron a los británicos de inactividad. Después de tres meses de asedio, ingleses y españoles decidieron abandonar Tolón a principios de 1794, pero también en el momento de la retirada surgieron entre ellos serias discrepancias. Mientras los ingleses proyectaban la destrucción total de la ciudad, el Comandante General Lángara era partidario de íncendiar sólo los arsenales y los buques de guerra franceses surtos en la rada. "Ver a Tolón fue ver a Troya", manifestó Lángara tras dar por cerrada la operación naval más importante de la guerra.

Unos 2.000 realistas franceses acompañaron a los españoles en la retirada de Tolón, siendo distribuidos por algunas ciudades costeras del Mediterráneo español, Cartagena sobre todo. La hostilidad de la población hacia estos emigrados, fruto de la galofobia que se había extendido por España, decidió a muchos de ellos a trasladarse a Italia.
En 1794 y 1795, las campañas fueron totalmente desgraciadas para los intereses españoles. La muerte del general Ricardos y su sustitución en el mando de las operaciones en el frente oriental por el conde de la Unión, que fallecería también poco después, coincidió con ataques franceses en territorio catalán, con la ocupación de la Seo de Urgel y, tras avanzar por el cauce del río Ter, las poblaciones de Camprodón, San Juan de las Abadesas y Ripoll. En el otoño de 1794 el grueso del ejército español se encontraba replegado en torno a Gerona, y a fines de noviembre se produjo el asedio de Rosas por 30.000 franceses y la capitulación del fuerte de San Fernando de Figueras, de gran resonancia por su importancia militar y por lo que se consideró cobardía de la tropa y falta de energía de la oficialidad. La desmoralización y el descontento causado por el desastre de Figueras fue inmenso. Los grandes sacrificios que se soportaban no tenían compensación en los resultados obtenidos.

En el frente occidental también los republicanos se lanzaron a la ofensiva una vez llegado el buen tiempo. En julio de 1794 ocuparon el valle del Baztán y el 2 de agosto ocuparon Fuenterrabía, quedando abierto el camino hasta San Sebastián, que se rindió dos días después tras haber decidido su Ayuntamiento no ofrecer resistencia, a pesar de que se difundieron noticias de profanaciones en edificios religiosos de Fuenterrabía, donde habían vestido a un santo de guardia nacional y con un fusil le han puesto de centinela en la muralla o se habían limpiado los zapatos con los óleos sagrados. El hundimiento de la línea de contención española no fue aprovechada en todas sus posibilidades por el ejército invasor. Sólo fueron ocupadas Vergara y Azpeitia, pero los franceses detuvieron su avance hacia Pamplona, Vitoria y Bilbao ante la llegada del mal tiempo. Tras el invierno, el avance se efectuó en dos frentes: hacia Bilbao, que se rindió en el verano de 1795, y hacia el sur, alcanzando el alto valle del Ebro tras ocupar Vitoria. El temor de los responsables militares franceses a alejarse excesivamente de sus fuentes de suministros y tener que defender frentes excesivamente amplios, además de la falta de medios de transporte adecuados, detuvo su avance en Miranda de Ebro.
En el frente catalán, en febrero de 1795, tras la capitulación de Rosas y la consiguiente ocupación del Ampurdán, cuya población huyó masivamente, Barcelona quedó al alcance del ejército de la Convención. Sólo la falta de hombres y suministros, y las enfermedades que afectaban a los soldados franceses, les obligaron a estabilizar el frente a lo largo del cauce del río Fluviá, puesto que los soldados del ejército regular español se encontraban, por entonces, cansados, descalzos, fatigados y tímidos, según señalaba en uno de sus informes José Simón Pedro, comandante del ejército de Navarra.

Tampoco la guerrilla, organizada como somatén y activa sobre todo en la Cataluña ocupada, logró resultados apreciables. Con características que se reiterarán durante la Guerra de la Independencia, el somatén de 1794-95 pudo contar entre sus miembros a elementos del clero, que actuaron en ocasiones como cabecillas, como el franciscano del convento de Figueras Cosme Bosch, que fue comandante del somatén y que se vestía "de corto llevando interiormente la túnica y capilla a fin de que pueda hacer sus correrías con más ligereza". Las crueldades del somatén fueron destacadas por la propaganda francesa como prueba de la barbarie fanática de los españoles, y las noticias de sus atrocidades y desmanes son muy similares a las propaladas durante la Guerra de la Independencia, como las que hablan de soldados franceses asados, despellejados, colgados por los pies o atravesados con un hierro desde los genitales al cuello.

La magnitud de la derrota, el lastimoso estado en que comenzaba a encontrarse la Hacienda española y un descontento popular creciente, con la reaparición de sentimientos catalanistas y vasquistas ante la inoperancia de las autoridades madrileñas, hicieron deseable llegar a una rápida paz negociada, en la que también estaba interesada la República francesa, agobiada por tener que sostener la guerra en distintos frentes.


Fuentes:
* http://www.artehistoria.com/v2/contextos/6845.htm
* http://www.mundohistoria.org/temas_foro/historia-la-edad-moderna/la-guerra-del-rosell-n-o-guerra-la-convenci-n-1793-1795


12 de enero de 2017

7 de enero de 2017

La pasión guerrera de los mayas

Hasta mediados del siglo XX, a los mayas se los tenía por una civilización idílica a la que sólo la conquista inoculó el virus de la violencia. Tras medio siglo de investigaciones se han descubierto numerosas evidencias de su sádica brutalidad. Y es que, en realidad, las guerras fueron muy abundantes entre los mayas.

Los textos precolombinos se muestran parcos a la hora de explicar los motivos concretos de tal abundancia bélica, de la que conocemos algunos acontecimientos concretos. Está, por ejemplo, la marcha forzada realizada por el ejército de Tikal, que recorrió los 40 kilómetros que separan esta ciudad de Naranjo en una sola jornada para caer sobre ella en una fecha muy concreta, la celebración del Año Nuevo. Una muestra de su capacidad táctica, pues está claro que no se trató de una casualidad y que su intención fue pillar al enemigo desprevenido con los festejos, quizá con sus guerreros borrachos y más fáciles de derrotar.

Escena de una batalla entre dos fuerzas mayas en una vasija policroma procedente de Nebaj

El territorio maya era una región con una cultura común, muy al modo de las polis de la antigua Grecia, en la cual algo más de 40 ciudades de distintos tamaños competían por la supremacía. Por lo que parece, no se trataba tanto de conquistar territorio como de controlar los recursos de otras ciudades, a las que se conseguía subordinar mediante el conflicto armado. De este modo, las élites ampliaban sus redes de influencia y comerciales a la par que el poder de su rey, creando con ello un complejo mundo de cambiantes redes y alianzas. Siendo así, se entiende que uno de los principales papeles del rey de una ciudad fuera el militar. El rey era una persona en la cual confluían los rasgos del sacerdote, el gobernante y el guerrero, siendo una de sus principales misiones conducir a sus huestes a la guerra y salir victorioso de ella, trayendo consigo de vuelta no sólo el control de las redes económicas de la ciudad derrotada, sino también a muchos de sus guerreros para sacrificarlos a los dioses.

Nada mejor que humillar al vencido para desposeerlo de su poder y luego rematarlo acabando con su vida quemándolo, decapitándolo o atándolo para formar una bola y tirarlo escaleras abajo desde la cima de un templo. Con todo, se sabe que algunos reyes lograron sobrevivir a semejante trato y regresar a sus ciudades convenientemente aleccionados y sumisos. A más prisioneros, más importancia. El príncipe heredero tenía que conseguir cifras importantes de prisioneros en la guerra mientras se preparaba para heredar el poder de su progenitor.

Guerreros mayas en combate

Se sabe muy poco sobre cómo participaba en las guerras la sociedad en general. Sí se conoce algo más sobre el utillaje de los soldados mayas. El armamento que utilizaban no era metálico, sino que sus armas eran sólo de piedra y madera. El sílex, el cuarzo y la obsidiana se utilizaban para hacer herramientas de filo, como cuchillos, pero también para ser incrustados en garrotes de madera. También empleaban cachiporras de madera y lanzas con puntas de piedra o afiladas y endurecidas al fuego, así como hondas. Tampoco combatían a pecho descubierto, y utilizaban escudos, corazas, hombreras y cascos. Además del cuero, para las protecciones usaban el algodón tejido, un material que sorprendió a los conquistadores españoles por su ligereza y su resistencia a ser traspasado por las flechas y espadas.


Fuente:
* José Miguel Parra, "Mayas, pasión guerrera". La aventura de la Historia nº 210, pág. 70-72


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