6 de diciembre de 2016

El Tribunal de Tumultos

III Duque de Alba
La sucesión de Carlos V por Felipe II supuso para los Países Bajos la dependencia de un monarca extranjero y de la política española. Sin embargo, los problemas no nacieron ahora. La penetración del luteranismo desde 1518 provocó la represión del emperador, que inició su persecución por todos los medios. El particularismo político y fiscal de estas provincias, descontentas con una política imperial que en buena parte financiaban ellas, se manifestó en una clara resistencia desde los años treinta. La hábil política de la gobernadora María de Hungría impidió que los asuntos pasaran a mayores, pero el apego a las libertades del país y la expansión del calvinismo desde mediados de siglo explican la oposición posterior al gobierno español.

Las necesidades financieras crecientes de la Monarquía española, que terminan obligando a la primera bancarrota, llevaron a Felipe II a intentar conseguir de los Países Bajos la mayor cantidad de impuestos, a pesar del conocimiento directo que poseía de sus circunstancias, debido a haber residido allí desde 1556 a 1559. Para ello tuvo que utilizar métodos de gobierno más absolutos que los hasta ahora existentes. A incrementar el malestar se unió la ofensiva católica contra el calvinismo y la propagación del anabaptismo, lo que se reflejó en la creación de 14 obispados y tres arzobispados.

Felipe II de España
Cuando en 1566 la hermana del rey, Margarita de Parma, se manifestó incapaz en sosegar las cada vez más exaltadas muestras de rebelión, Felipe II decidió sustituirla como gobernadora general en las provincias de Flandes. El más enérgico defensor de la intervención armada, Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, fue el designado para tomar el relevo de la ninguneada Margarita de Parma. Curiosamente, a cuenta de su avanzada edad, 61 años, el Gran Duque trató de evitar por todos los medios hacerse cargo de una misión, que se convertiría en la única mancha de su impresionante hoja de servicios.

El rey trazó junto al veterano general una definida estrategia –parecida a las que luego aplicaría en Portugal y en Aragón–. Primero, el Duque de Alba golpearía con fuerza sobre la rebelión a base de una intensa represión; tiempo después, Felipe II se desplazaría en persona a Flandes enarbolando el perdón general.

El duque de Alba sembró el terror a través del Tribunal de Tumultos, con poderes absolutos para la represión de la herejía y la disidencia política. La ejecución de los principales cabecillas de la rebelión, los condes de Egmont y Horn, fue continuada por el enjuiciamiento por parte del tribunal de 12.000 personas y la condena de más de 1.000 en los años siguientes. Guillermo de Orange abanderó la rebelión, reclutando un ejército en Alemania, con el que inició los ataques en 1568. El Sur permaneció fiel a Alba, sin rastros de rebelión popular, pero en el Norte la insurrección se generalizó y los piratas de aquellas provincias, los "gueux" o mendigos del mar, atacaron las costas y obstaculizaron las comunicaciones con la Península Ibérica.

Margarita de Parma
Ante su fracaso frente a los rebeldes del Norte, el duque de Alba fue sustituido en 1574 por don Luis de Requesens, proclive a los métodos moderados, aunque sin variar los objetivos. Aun así, las dificultades no se aminoraron: los motines del ejército español, impagado, se repetían, mientras se multiplicaban las revueltas y los calvinistas del Norte se hacían fuertes. En 1576, Holanda y Zelanda se dieron un poder político y militar único, que entregaron a Guillermo de Orange. En noviembre, los católicos del Sur y los calvinistas del Norte llegaron a un acuerdo, la Pacificación de Gante, por el que exigían la retirada de las tropas extranjeras.

En ese mismo año don Juan de Austria se convirtió en el nuevo gobernador. Por el "Edicto Perpetuo" de 1577, impuesto por los Estados Generales, aceptaba la mayor parte de las reivindicaciones de los rebeldes, iniciando la evacuación de su ejército.

Guillermo de Orange
Sin embargo, la pervivencia de la oposición le llevó a volver a la línea dura y solicitó más tropas. En 1578, los refuerzos militares enviados al mando de Alejandro Farnesio se impusieron al ejército de los Estados Generales. La inesperada muerte de don Juan de Austria ese año convirtió en gobernador a Farnesio, que fomentó la división entre el Norte, calvinista y democratizante, y el Sur, católico y nobiliario. Por la Unión de Arras de 1579 las provincias del Sur (Artois, Henao y Douai) reconocieron el poder real y la fe católica y poco después el gobernador prometía el respeto a las libertades tradicionales. Las siete provincias calvinistas del Norte (Holanda, Zelanda, Frisia, Güeldres, Utrecht, Overijsel y Groninga) se confederaron en la Unión de Utrecht (1579), oponiéndose a la soberanía española y declarándose independientes.

En los años siguientes, Farnesio deshizo la conspiración de Orange, Isabel I y el duque de Alençon, hermano del rey de Francia, para deponer a Felipe II y se impuso militarmente sobre los focos de resistencia del Sur, conquistando Bruselas y Amberes (1585), aunque el Norte resultó inexpugnable.


Fuentes:

* http://www.unapicaenflandes.es/Guerra-de-Flandes.html
* http://www.artehistoria.com/v2/contextos/1791.htm
* http://aracelirlunpocodehistoria.blogspot.com.es/2015/09/el-tribunal-de-la-sangrefernando.html


3 de diciembre de 2016

Castillo de la Trinidad


El castillo de la Trinidad se levanta sobre la punta de la Poncella, un promontorio que controla y defiende la entrada por mar del puerto de Roses (Girona), por encima del faro.

Punta de Poncella reúne diferentes ejemplos de construcciones de control marítimo que evidencian una ocupación interrumpida desde la época medieval hasta el siglo XX. El precedente directo del castillo de la Trinidad es una torre de vigilancia construida en un momento indeterminado de la época medieval.

El castillo de la Trinidad fue construido en el año 1544 bajo el reinado del emperador Carlos V, quien colocó la primera piedra. Estaba preparado para acoger 350 hombres, víveres y munición para poder resistir un largo asedio.

Esta construcción y la Ciutadella son las dos fortalezas más importantes construidas en Cataluña dentro del vasto programa de fortificación de las fronteras peninsulares impulsado por Carlos I. Ambas formaban un conjunto defensivo fundamental en la estrategia del Imperio español de la época moderna.

El escenario bélico de la época, con la monarquía española enfrentada con el Imperio turco y la monarquía francesa, y el perfeccionamiento de la artillería, supuso una transformación radical de las fortificaciones en la primera mitad del siglo XVI. Roses fue uno de los primeros lugares donde se intervino, constituyendo un campo de pruebas donde se experimentó la nueva arquitectura militar.


Tiene planta irregular en forma de estrella de cuatro puntas, llamadas punta de Roses (el oeste), de la Trinitat (el este), de las Medes (al sur) y de Sant Pere de Rodes (al norte), con un quinta punta añadida para proteger la vía de entrada al castillo.

En el lado que da a tierra se disponían los cuerpos edificados para reforzar el sector que podía ser atacado desde las alturas del vecino monte Romo. Hacia el mar se disponían las plataformas donde se asentaban los cañones.

La fortaleza estaba organizada en tres niveles (sótano, planta principal y plantas superiores), dispuestos en forma de anfiteatro. El interior disponía de los equipamientos e instalaciones imprescindibles (cisterna, cocina, capilla, letrinas, alojamientos, prisión, etc.) para que el día a día de los hombres que formaban la guarnición estable transcurriera con un mínimo de normalidad. En tiempo de guerra la situación cambiaba radicalmente, con el incremento de soldados y la adecuación de todos los espacios para un uso exclusivamente bélico.


Después de casi 200 años de ruina y abandono, en 1991 fue adquirido por el Ayuntamiento de Roses y tras ocho años de obras (2002-2010) se ha podido recuperar el castillo a partir de los planos originales de la fortaleza.


Fuente:
* http://www.castillosnet.org/espana/informacion.php?ref=GE-CAS-039


23 de noviembre de 2016

Las sombras del Imperio (Ricardo Ramos Rodríguez)

Real Alcázar de Madrid, 19 de enero del año 1568. El Príncipe Don Carlos, heredero al trono de un Imperio sobre el que nunca se ponía el sol, es detenido por su propio padre en sospechosas circunstancias. Se le acusa de crímenes terribles, y muchos en la corte piensan que está completamente loco, pero en una situación delicada para el Reino su proceso bien podría hacer temblar los propios cimientos de España.

Por otro lado, no muy lejos de allí, un niño de tan solo siete años se verá obligado a enfrentarse a la aventura de una vida y un nombre nuevos, un carismático hidalgo llegará a Sevilla huyendo de las oscuras maquinaciones de la capital, y un célebre preso recibirá una visita que le hará volver los ojos a un pasado que creía ya olvidado para siempre.

En esta apasionante novela histórica, ambientada en la España del Siglo de Oro, los relatos se entrelazan en el tiempo y sus tramas te arrastran a través de épicas batallas, amores imposibles, traiciones, engaños, episodios de corrupción e intrigas palaciegas.

Allí aparecerán personajes como el bastardo Don Juan de Austria, el escritor Miguel de Cervantes, el Rey Felipe II junto a su tercera esposa, la Reina Isabel de Valois, la siempre polémica Princesa de Éboli o el misterioso Caballero del Trébol.

15 de noviembre de 2016

El reino latino de Jerusalén

Godofredo de Bouillon
El 15 de julio de 1099, el ejército cruzado mandado por Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, tomaba por asalto Jerusalén a los musulmanes. Fue el remate de una empresa que se había iniciado con la concentración ante los muros de Constantinopla de los efectivos militares procedentes de distintos rincones de la Europa occidental, y que había proseguido, en medio de inenarrables peripecias, a lo largo de la meseta de Anatolia y del litoral sirio.

Las conquistas de los occidentales en Ultramar se articularon en cuatro pequeños Estados: el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía y los condados de Edesa y Trípoli, dotados de un amplio margen de autonomía. En ellos encontraron su fortuna algunos miembros de las grandes familias de la nobleza europea: los herederos de Godofredo de Bouillon y los Lusignan en Jerusalén o ramas colaterales de los Hauteville normandos en Antioquía.

El reino latino de Jerusalén y sus apéndices fueron un campo de experimentación en Siria de las instituciones occidentales, aunque con los matices propios del medio en que hubieron de desenvolverse. Los “Assises de Jerusalén” son la mejor expresión de lo que fue esta “feudalidad de exportación”. Junto al monarca de Jerusalén se encuentran una serie de organismos, muestra de las fuerzas sociales en juego: la Cour de Liges, para solventar problemas entre los caballeros; la Cour de Bourgeois y la Cour de la Chaine, con idénticas funciones cara a los mercaderes; y la Cour de Rais, para solucionar los pleitos de la población indígena.

La defensa del territorio corrió a cargo de las órdenes militares, instituciones en las que convergían los ideales de la ascesis eclesiástica (castidad, pobreza y obediencia) y el ideal caballeresco (protección a los peregrinos y a los Santos Lugares): Orden de San Juan o del Hospital de Jerusalén, fundada en 1120; Caballeros del Temple, fundada en 1118 y Caballeros Teutónicos fundada en 1198.


Fuente:
* Emilio Mitre Fernández, Introducción a la historia de la Edad Media europea. Ed. Istmo, 1976


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