17 de diciembre de 2014

Lectura en la I Guerra Mundial

En una guerra en la que participaron cerca de 70 millones de combatientes, el envío de lectura también alcanzó cifras millonarias. El Imperio británico y el Reich alemán movilizaron cerca de doce millones de libros y revistas cada uno. Estados Unidos, diez. La Rusia zarista, alrededor de cuatro. Lejos de estas cifras quedaron Francia, Austria o Italia.

Desde los primeros días del conflicto, la población aprovechó cualquier circunstancia para proporcionar lectura a los soldados. Nadezhda Krúpskaya, la compañera de Lenin, recuerda cómo en la estación de Cracovia grupos de monjas repartían libros de oración entre quienes marchaban al frente. También en los hogares se solía incluir algo de lectura en los paquetes para los soldados.

Aquellas acciones iniciales, surgidas espontáneamente, dieron paso a un entramado de sociedades, asociaciones y comités que canalizó las aportaciones de ciudadanos y entidades. Aquel tejido institucional estuvo compuesto fundamentalmente por organizaciones religiosas, educativas, filantrópicas y profesionales.

Por su parte, los editores nunca habían trabajado tan intensamente para la milicia. La oportunidad de negocio que representaba la demanda de publicaciones sobre la guerra se amplió muy considerablemente para las editoriales que, además abastecieron a los ejércitos. También la contribución del personal bibliotecario fue decisiva en la gestión de los servicios de lectura, especialmente en Estados Unidos. Allí, la American Library Association obtuvo la consideración de agencia oficial de colaboración con el gobierno y lideró el Library War Service, que estableció bibliotecas en más de una treintena de campamentos del país y fue responsable del suministro de lectura a las tropas expedicionarias.

Se establecieron criterios de selección sobre lo que podían o no leer los combatientes. Fue habitual priorizar relatos amenos y obras instructivas y excluir las que suscitasen polémicas políticas o religiosas. Las mayores restricciones, sin suda, se dieron en los campos de prisioneros. En enero de 1915, y por primera vez en su historia, el Comité Internacional de la Cruz Roja incluyó el suministro de lectura como parte de su auxilio a los cautivos.

Se establecieron salas de lectura en hospitales militares, centros de instrucción, navíos de guerra y campos de prisioneros. También en los frentes se organizaron servicios para acercar libros y prensa a los combatientes. Los alemanes crearon pequeñas bibliotecas móviles y dispusieron de una red de librerías para los soldados instaladas en las localidades próximas a las líneas del frente.

La prensa, especialmente la ilustrada, despertaba un enorme interés entre los soldados. Era el único medio que daba cuenta del curso del conflicto. Sin embargo, echaban en falta el reflejo de sus penalidades y sacrificios, y aquel olvido de la prensa convencional condujo a menudo a menospreciarla. En ese contexto surgieron publicaciones exclusivas para los soldados.


Fuente:
Alfonso González Quesada. Leer en Guerra – Historia y Vida nº 559.

Más información:
www.ehu.es

14 de diciembre de 2014

José Patiño, el verdugo de Cataluña

El 16 de septiembre de 1714, cinco días después de que la ciudad de Barcelona sucumbiera al sitio de las tropas borbónicas, José Patiño, nombrado superintendente de Cataluña por Felipe V, convocó a los miembros del Consejo de Ciento, máxima institución municipal. El borbónico los recibió de pie, con pose arrogante y exhibiendo un documento: el decreto del duque de Berwick, general del ejército, que dictaba la disolución del Consejo de Ciento, institución con más de cinco siglos de historia.

En primer lugar les anunció el contenido del texto y después, buscando una humillación aún mayor, ordenó a los consejeros que allí mismo se quitaran las insignias de su cargo, entregaran todas las llaves de la Casa de la Ciudad y devolvieran los libros y toda documentación. Horas después, la misma escena se repetía con los representantes de la Generalitat y del brazo armado de la ciudad. De esta manera, un solo hombre ponía fin al histórico sistema institucional catalán.

Patiño era miembro de una familia de origen gallego que llevaba generaciones vinculada a la burocracia de la monarquía hispánica. Su padre había sido miembro del Consejo de Su Majestad en Milán, ciudad que en aquel momento estaba bajo dominio español. Esto explica que él iniciase su carrera burocrática en Italia, después de pasar algunos años en un seminario de los jesuitas, aunque nunca llegó a ordenarse. De su educación religiosa heredó dos rasgos que lo distinguían, un gran espíritu de obediencia y el celibato: nunca se casó.

El 24 de abril de 1713, el rey Felipe V reunió a un grupo de hombres para encargarles la ocupación del Principado y, entre ellos, José Patiño recibía la misión “de establecer el método en que las armas debían entrar en Cataluña”. El 1 de julio el ejército borbónico empezaba la ocupación final de Cataluña.

Patiño, como quiso dejar claro desde el primer día ante las viejas autoridades del Principado, tenía una misión clara: abolir las principales instituciones del país, implementar el Decreto de Nueva Planta en Cataluña y poner en funcionamiento un nuevo modelo tributario, con la voluntad de que los catalanes también contribuyesen a las arcas del Estado.

Respecto a las instituciones, el Consejo de Ciento fue sustituido durante cuatro años por una junta de administradores formada por 16 miembros y presidida por Patiño. En realidad, los administradores prácticamente no tenían funciones más allá de obedecer las órdenes del superintendente. No es extraño, ya que también había confiscado y puesto bajo su control directo todos los ingresos y propiedades que habían pertenecido a la institución. El ahogo llegó a ser tan grande que los administradores, el 12 de enero de 1715, en una carta enviada al superintendente, exclamaban que no había recursos para la reconstrucción de la ciudad, ni para atender los hospitales, pagar a los funcionarios o adquirir trigo para llenar los almacenes de reservas y que, lo poco que se les daba, se había de utilizar en el mantenimiento de las casas ocupadas por altos oficiales del ejército borbónico.


Una vez desmanteladas las instituciones, el 12 de marzo de 1715, Felipe V pidió un informe a Patiño, sobre cuál debería ser la mejor estructuración política para Cataluña. En su informe el superintendente empezaba recordando que se debía considerar al Principado “como si no tuviera gobierno alguno”, y apostaba por mantener la Real Audiencia y el derecho privado, pero no aceptaba ninguna concesión en el aspecto institucional. Definía a los catalanes como “aficionadísimos a todo género de armas, prontos en cólera, rijosos y vengativos” y, por lo tanto, “siempre se debe recelar de ellos” porque “aguardan coyuntura para sacudir el yugo de la justicia”. Pero además añadía: “[…] son apasionados de su patria, con tal exceso que les hace trastornar el uso de la razón”. Y partiendo de este análisis, aseguraba que después de perder la guerra el orgullo de los catalanes estaba abatido, pero esto no quería decir que estuviesen convencidos, ya que según él sólo respetaban las decisiones reales por la fuerza de las armas y por eso afirmaba que “la quietud y obediencia debe afianzarse con éstas”. Una apuesta clara por la ocupación militar. Finalmente recomendaba eliminar la lengua catalana de la esfera pública.

Como hombre fuerte de la nueva Cataluña borbónica, Patiño tampoco quedó al margen de la represión, a pesar de que los asuntos militares estaban en manos del capitán general. Como presidente de la Junta Superior del Gobierno, sólo tenía poder absoluto en temas civiles y fiscales, pero en estos campos también podía hacer daño. La primera tarea que llevó a término fue hacer la lista de los represaliados a los cuales se les habían de confiscar los bienes, y anuló todas las donaciones de recursos y bienes que se habían hecho durante el gobierno del archiduque Carlos de Austria. Así castigaba a los resistentes y aumentaba los ingresos de la Corona. Con este segundo propósito introdujo en papel sellado el 9 de marzo de 1715, que se puede considerar el primer impuesto real de la historia catalana, y planificó la introducción del catastro. Durante aquellos años la omnipresencia de Patiño era tan grande que incluso se desplazó a Cervera para elegir el punto exacto donde construir la universidad.

Después de cuatro años y una vez finalizada la tarea de poner a Cataluña bajo el yugo borbónico, fue premiado con diversos cargos importantes en la corte. Días antes de morir fue nombrado grande de España por el rey. Durante el tiempo que permaneció en Cataluña, Patiño no dudó en considerar a los catalanes como “los otros”, una población que había que atar en corto si se quería controlar el país. Y la arrogancia siempre lo acompañó como una sombra. Los historiadores españoles no dudan en calificarlo de “ministro universal”. Para los catalanes, en cambio, es la oscura figura de quien planeó y ejecutó la destrucción de muchos hechos diferenciales catalanes, desde las administraciones hasta la lengua.


Fuente:
María Coll / Ángel Casals. L’exterminador de Catalunya – Sàpiens nº 148

Más información:
Todo a babor

1 de diciembre de 2014

El Muro de Adriano

El Muro de Adriano es la mayor construcción realizada por los romanos en toda Britannia. Se halla al norte de Inglaterra, entre los condados de Cumbria y Northumberland.

El Vallum Aelium, denominación originaria del Muro, fue levantado en el 122 d.C., siendo gobernador de Britannia, y supervisor de su construcción, Aulus Platorius Nepos. Aunque se ha especulado sobre su objetivo de dividir el mundo bárbaro del romano, la opinión más extendida es que su función sería la de proteger esta zona del Imperio de los saqueadores y establecer puntos aduaneros fortificados desde los que poder controlar el flujo de personas y poder cobrar tasas e impuestos. En su construcción participaron las tres legiones que se encontraban en Britannia (Legio II Augusta, Legio VI Victrix y Legio XX Valeria Victrix) junto con destacamentos de la classis Britannica, la flota naval de las islas.

Inicialmente la construcción del Muro fue diseñada para ser realizada en piedra desde Pons Aelius (Newcastle) hasta el río Irthing, y de ahí hasta Maia (Bowness-on-Solway) hacia el oeste con tierra y madera, alcanzando una extensión de 118 Km. El Muro contaba con una anchura de 3m. (posteriormente reducida a 2,4m.) y una altura de 4,5m. y se hallaba reforzado por un foso en V hacia el Sur. A cada milla romana (1.480m.) se hallaban establecidos puestos de guardia, que podían dar acomodo a una veintena de soldados, y entre éstos se situaban dos torres de vigilancia. A partir de los años 124-125 d.C. se reforzó el entramado defensivo con la construcción de fuertes de mayor tamaño, cada siete millas (once kilómetros), reemplazando las antiguas edificaciones de la era de Agrícola. Igualmente, se alargó por el Este, desde Pons Aelius (Newcastle) hasta Segedunum (Wallsend). Durante los años treinta se continuó reforzado el muro, restaurando en piedra aquellas zonas levantadas inicialmente con materiales más ligeros. También se construyeron carreteras que facilitaran la comunicación entre las diferentes fortificaciones. El Muro fue abandonado entre los años 138-139 debido a las exitosas campañas contra los pictos, que llevaron las fronteras imperiales más hacia el Norte. La fallida conquista de las tierras caledonias (Escocia) devolvió al Muro de Adriano su protagonismo como la frontera más septentrional del Imperio Romano, circunstancia que se mantuvo hasta el progresivo abandono de Britannia por parte de las legiones romanas. A principios del siglo III d.C. varios fuertes fueron objeto de restauración pero hacia finales del siglo IV d.C. la mayor parte del Muro y de sus fuertes se hallaban en mal estado.

El área mejor conservada del Muro de Adriano es su tramo central, al noroeste de Hexham (Northumberland). En esta zona se encuentran los fuertes más interesantes, como Housesteads y Chesters, y el fuerte y vicus de Vindolanda, cuyo museo cuenta con una fascinante colección de objetos, entre los que destacan las famosas "Cartas de Vindolanda".


Fuente:
Viator Imperi

28 de noviembre de 2014

El edificio político más antiguo de Europa

Estratégicamente emplazado sobre una colina de la localidad murciana de Pliego, el yacimiento de La Almoloya fue la cuna de la sociedad de El Argar o argárica, que ocupó el sureste de la península Ibérica durante la edad del bronce. Hallazgos recientes realizados por un equipo de investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona revelan nuevos datos sobre el poder político que ejerció una de las primeras sociedades urbanas de Occidente.

La excavación ha sacado a la luz una trama urbana completa, formada por numerosos edificios y tumbas. Entre los edificios destaca una sala con forma de trapecio de 70 metros cuadrados, que incluye un hogar ceremonial y, en el centro, un podio adyacente y una extensión de bancos con capacidad para 64 personas. Se trataría de una sala de audiencias o de gobierno y es el primer ejemplo de recinto especializado en el ejercicio de la política localizado en Europa.


Junto a la cabecera principal del edificio, ha aparecido una tumba con los restos de un hombre y una mujer, con el cuerpo flexionado y acompañados de una treintena de objetos y joyas elaboradas con metales nobles y piedras semipreciosas. Destaca una diadema de plata que pertenecía a la mujer y de la que solo se conocen cuatro ejemplares más. Era un distintivo de poder reservado exclusivamente a algunas mujeres de la clase dominante argárica.


Fuente:
Carla Galisteo. "Troben l'edifici polític més antic del continent". Sàpiens nº 149.

Más información:
www.uab.cat

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