9 de marzo de 2011

El primer emperador de Roma

El año 27 a.C. fue el inicio de una nueva etapa en la historia de Roma. Es el año que Cayo Octavio (hijo adoptivo de Cayo Julio César, muerto en los idus de marzo) fue proclamado Augusto por el Senado y empezó así el nuevo periodo llamado Imperio, recibido por todos como el inicio de un camino hacia la paz y la prosperidad.

El recién nombrado emperador se dio cuenta del ansia de paz que tenía su pueblo, cansado de tantas guerras y tanto sufrimiento. De la capacidad que mostrara Augusto para devolver la tranquilidad a los ciudadanos dependería el éxito de su mandato.

Cuando el nuevo emperador asumió el poder, el Estado romano era un gran territorio regido por la colectividad de los ciudadanos romanos representada por un cuerpo gobernante de ciudadanos ricos y nobles, miembros del Senado. Una influyente clase de hombres de negocios y terratenientes formaba, con el orden senatorial, la clase superior en Roma y en las ciudades de Italia. La clase trabajadora estaba formada por comerciantes, artesanos, pequeños agricultores y una multitud de esclavos.

Los ciudadanos de todas las clases sociales coincidían en el deseo de ver terminadas las guerras y restablecida la paz. Sin embargo, la clase dirigente del Imperio no estaba dispuesta a aceptar una solución cualquiera. Los ciudadanos habían combatido por la restauración del Estado romano y no por la creación de una monarquía oriental más o menos disfrazada. No faltaban quienes veían tras la ambición de Augusto un deseo de despertar los fantasmas de la monarquía. Eso quería decir que estaban dispuestos a seguir a Augusto en tanto que él prometiera mantener todos los privilegios que entonces disfrutaban.

El Senado adoptó al principio una actitud sumisa ente Augusto. Le solicitó humildemente que aceptara todos los poderes, pero sobre todo dos. El de Imperator que le confería el mando de las fuerzas armadas, y el de Princeps que le ponía en el lugar de primer ciudadano. Esperaban de él que devolviera a Roma la prosperidad económica, que ahora estaba destruida por culpa de las guerras y de la corrupción.

Augusto determinó que los impuestos llegaran al tesoro central por encima de todo. Y dejó bien claro que se castigaría a todo aquel que tratara de faltar a sus obligaciones como ciudadano. La plebe de Roma constituía otro grupo de privilegiados. Los ciudadanos residentes en Roma vivían desde hacía mucho tiempo de los repartos gratuitos de trigo. Augusto tuvo buen cuidado de respetar este privilegio.

El emperador dio trabajo a miles de personas con su política de grandes construcciones. Embelleció Roma con sus propios fondos y cuidó del aprovisionamiento del agua. El retorno a las estrictas costumbres de los primeros tiempos romanos se reflejó también en la legislación en materia de matrimonio, herencia y lujo, destinada a frenar la tendencia de los ricos al celibato, a la ausencia de hijos y a una vida desenfrenada. Livia, su esposa, tuvo que llevar una vida de antigua matrona romana; pero su hija Julia se rebeló contra la disciplina paterna y su actitud le costó la libertad, pues fue desterrada a una isla solitaria.

En lo que respecta a la ciudadanía, todos los habitantes de Italia fueron considerados ciudadanos romanos de origen; su ciudadanía excluía cualquier otra y estaban sometidos exclusivamente al Derecho Romano. Augusto mandó hacer un empadronamiento y emprendió las tareas concernientes al catastro, para lo cual dividió el Imperio en cuatro partes. Mantuvo los impuestos sobre el suelo y el impuesto de aduanas. Añadió el impuesto de sucesión, que consistía en la vigésima parte de la herencia recibida. Amplió el impuesto a pagar sobre la venta de esclavos. Y aumentó en número de monopolios en su favor, entre los cuales destacó el de las minas de Dalmacia.

La población tendió a aumentar en Roma, pero en cambio disminuyó en las provincias. En las clases ricas había cada vez menos niños y más solteros, pues cualquier soltero podía rodearse con facilidad de cortesanas.

Augusto tuvo siempre muy claro el principal objetivo de su gobierno: estabilizar la sociedad romana, para lo cual era necesario convencer de dos cosas a los ciudadanos. Una, de la necesidad del matrimonio, y dos, de los males de la inmoralidad.

Augusto murió en el año 14 d.C. convencido de que dejaba a sus herederos un estado floreciente. El ejemplo del fundador creó un compromiso para todos sus sucesores, que llevaron el nombre de Augusto entre sus títulos. Esto lo convertía, inevitablemente, en un modelo a imitar.


Fuente:
Breve historia de la antigua Roma: el Imperio - Bárbara Pastor

4 comentarios :

  1. Interesante semblanza de un personaje histórico de indudable magnitud. :)

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  2. Sin duda el más normal de la dinastía Julio- Claudia, porque los que la continuaron...
    Un saludo.

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  3. El fundador del Imperio, Imperator Principes Caesar Augustus, que implantó la denominada "pax romana"...al fin y al cabo, sí que se estableció una monarquía casi absoluta que a la larga traería la caída de Roma y la pérdida de sus valores republicanos.

    Un saludo.

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  4. Muy interesante historia, descubrir que no todo fué desenfreno y derroche, todo un ejemplo ese hombre... sobre todo lo de poner de su bolsillo para mejorar la ciudad.... aun que por otra parte le llegara ,y tratar de moralizar a sus contemporaneos....todo un mérito.

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