12 de agosto de 2010

Las batallas medievales

Hastings, Bouvines, Agincourt -la Edad Media parece repleta de célebres batallas; en realidad durante mucho tiempo la guerra medieval se ha estudiado casi exclusivamente a través de los choques registrados en la época-. Sin embargo, es relativamente raro encontrar batallas en el pleno sentido de la palabra: lo que predomina son principalmente las campañas y los asedios, ya que éste es el tipo de acciones que definen la guerra en este período. Lo cierto es que el número de escaramuzas, combates singulares y choques militares de entidad supera con mucho el de acontecimientos como los de Hastings y Agincourts en el mundo medieval.
La paradoja de las batallas medievales estriba en el hecho de que fueran a un tiempo superlativamente arriesgadas y muy poco decisivas. Por consiguiente, y a pesar de que algunos generales siguieran activamente una estrategia concebida para entablar batalla tras batalla, la mayoría de los comandantes optaban por una política contraria, tratando de evitar los encontronazos y haciendo reacaer únicamente en las campañas y los asedios el peso de la victoria. Cuando se entabla una batalla, y una vez desatada la violencia, el jefe militar no ejercía más que un control muy limitado sobre sus fuerzas.

Pese a que en el campo de batalla las tropas se agruparan en unidades tácticas (llamadas conrois, y batailles en el caso de las de mayor envergadura) provistas de estandartes, insignias heráldicas y dalmáticas para facilitar el reconocimiento de los bandos, el estrépito y la confusión del combate, la extensión del terreno que acababan por ocupar los enfrentamientos, las dificultades de comunicación, el surgimiento de exigencias y acontecimientos inesperados, así como las tácticas que pudiera adoptar por sorpresa el enemigo, todo esto generaba un tremendo desorden, lo que explica lo mucho que el resultado del choque dependía de la preparación, experiencia y buen juicio del jefe de la soldadesca y de la iniciativa de sus capitanes. Y cuando se asentaba la polvareda levantada por la refriega seguía siendo difícil discernir qué es lo que había sucedido en realidad en el campo de batalla.
El resultado de la batalla era casi siempre incierto. Pese a ello, eran muchos los generales que de heco trataban de tentar a la suerte y jugarse el destino de una guerra en una gran ofensiva. Cuando Guillermo el Conquistador arribó con su ejército a las costas de Inglaterra en 1066 su propósito era instar a los ingleses a presentar batalla: y tras derrotar a Haroldo y al grueso de sus efectivos en Hastings -mejor aún, habiendo dado muerte al rey en combate-, el reino resultó más fácil de someter. El cronista Guillermo de Poitiers señaló que, en efecto, el duque de Normandía había conquistado la totalidad de Inglaterra en un sólo día.

También Haroldo deseaba una batalla decisiva, y en esto se adhería a una estrategia muy anglosajona: la ausencia de grandes fortificaciones en la Inglaterra anterior a la conquista, determinaba que fueran las batallas, más que los asedios, lo que decidía el resultado de las confrontaciones.

El cronista Orderico Vitalis ofrece un sucinto análisis de la conquista de Inglaterra efectuada por el duque de Normandía: "Las fortificaciones que los franceses llaman 'castillos' eran muy raras en las regiones inglesas y por consiguiente, pese a que los ingleses se mostraban belicosos y audaces, se hallaban en una posición de mayor debilidad para resistir a sus enemigos". A finales de la Edad Media, los generales ingleses volvieron a encontrarse en parecida situación militar: los largos períodos de paz habían hecho que las fortificaciones cayeran en desuso y provocado que se dejara de atender por tanto a su reparación, lo que obligó a los ejércitos a combatir sobre el terreno en lugar de en situación de asedio.
En algunas de las campañas que tuvieron lugar en el continente puede observarse la puesta en práctica de estrategias centradas en la búsqueda del choque directo: así sucede por ejemplo en las poco conocidas guerras que enfrentaron a los francos salios con los sajones en la alemania de finales del siglo XI y principios del XII.

El éxito que obtuvo Simón de Monfort en la cruzada albigense se debió en buena parte al hecho de que se mostrara decidido a precipitar los acontecimientos en el campo de batalla. En 1211 concentró su pequeño ejército en las debilitadas fortificaciones de Castelnaudary, situado al suroeste de Tolosa, en la Francia meridional, y pronto se vio asediado por su adversario, el conde Raimundo VI de Tolosa. Los hombres de Monfort tomaron la iniciativa, haciendo salidas para ir al encuentro del enemigo e inflingirle una aplastante derrota. Monfort reiteraría esa misma táctica en el año 1213, en la cercana localidad de Muret, y cosecharía un éxito aún mayor. La estrategia era arriesgada, pero la fortuna sonríe a menudo a los valientes.


Fuente:
A hierro y fuego - Sean McGlynn


3 comentarios :

  1. Que interesante entrada! la verdad es que la batalla en campo abierto debió ser un auténtico descontrol, todos contra todos, sin distinguirse unos a otros, pero desde luego más fáciles y cortas...los asedios en cambio eternizaban las guerras, valga de ejemplo, aunque mucho más posterior las Guerras de Flandes basadas en larguísimos asedio, como el famoso de Ostende que duró más de 3 años antes de que Spínola pudiese conquistar la ciudad...en cuanto a la ausencia de fortificaciones en Inglaterra también fue esto lo que hizo pensar a Felipe II y sus hombres que si la Invencible conseguía desembarcar en tierras inglesas la conquista sería cosas de un día.

    Saludos.

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