28 de abril de 2012

Las Cruzadas (III): La Segunda Cruzada (1147-1149)

Mientras la primera generación de cruzados se asentaba en sus nuevos dominios de ultramar en un vano intento de afincarse definitivamente, los estados musulmanes se fueron cohesionando en el siglo XII. En el Oriente musulmán se crearon alianzas estatales más o menos importantes.

Los invasores de Occidente encontraban una creciente resistencia, aunque no sólo por parte del mundo musulmán. Cada año empeoraban las relaciones de los estados cruzados con Bizancio. Los gobernantes bizantinos veían con malos ojos al reino de Jerusalén, surgido en territorio que había pertenecido a su imperio. Sobre todo irritaba a las altas esferas de Bizancio la existencia del principado normando de Antioquía. La situación se hizo muy crítica en 1137, cuando el emperador bizantino Juan Comneno llegó con sus tropas a Antioquía y tomó la ciudad, aunque por poco tiempo.

Mientras, los selyúcidas asestaron a los cruzados el primer golpe de importancia. Zengi, emir de Mosul, tomó y destruyó la ciudad de Edesa en 1144, apoderándose luego de todo el territorio de ese condado. La caída de Edesa puso en serio peligro la existencia del resto de los estados cruzados.

Papa Eugenio III
Fueron enviados con urgencia embajadores al Papa Eugenio III, para pedirle que “el victorioso coraje de los francos” protegiese a Oriente de las nuevas desdichas. Eugenio III envió rápidamente un mensaje a Luis VII, rey de Francia, instándole a asumir “la defensa de la fe”. El Papa urgía el envío de tropas prometiendo a los participantes la bendición apostólica, la absolución de los pecados y la exención de impuestos.

Igual que medio siglo antes, en Occidente fue desplegada una gran campaña en favor de una nueva expedición a Oriente. El más enérgico inspirador de la cruzada y su promotor fue Bernardo de Claraval, prior de los cistercienses y uno de los líderes más reaccionarios del catolicismo de la época. En él recayó el encargo del Papa Eugenio de predicar la cruzada.

Al llamamiento de Bernardo de Claraval y de sus colaboradores acudieron numerosos pobres, principalmente de las regiones azotadas por el hambre. No obstante, en las masas campesinas apenas existía aquel entusiamo religioso de la primera cruzada. Por el contrario, las bulas papales y los sermones de Bernardo de Claraval fueron recibidos calurosamente por los señores feudales. Igual que la primera vez, numerosos caballeros guiados por la posibilidad de lucrarse abrazaron la causa. Personajes ilustres franceses como los condes Alfonso de Tolosa y Guillermo de Nevers, Enrique -heredero del condado de Champaña- y el conde Tierry de Flandes, se mostraron dispuestos a hacer la guerra a los paganos.

Bernardo de Claraval
En la segunda cruzada participaron por primera vez testas coronadas: el primero fue Luis VII de Francia y luego Conrado III Hohenstaufen.

La decisión definitiva de iniciar la campaña fue adoptada en una reunión de la nobleza francesa en Etampes, en febrero de 1147. En dicha reunión estuvieron presentes los embajadores alemanes. En el verano de 1147 fueron formadas las milicias de cruzados de Francia y Alemania. Cada una estaba compuesta por 70.000 caballeros aproximadamente, que fueron seguidos por muchedumbres de millares de campesinos pobres.

Cuando ambos reyes llegaron a Tierra Santa (por separado) decidieron que Edesa era un objetivo poco importante y marcharon hacia Jerusalén. Desde allí, para desesperación del rey Balduino III, en lugar de enfrentarse a Nur al-Din (hijo y sucesor de Zengi), eligieron atacar Damasco, estado independiente y aliado del rey de Jerusalén.

Los cruzados atacaron Damasco desde el oeste, donde las huertas les facilitaban un constante aprovisionamiento de víveres. Llegaron el 23 de julio, con el ejército de Jerusalén en vanguardia, seguido por Luis, y a continuación Conrado, en la retaguardia. Los musulmanes estaban preparados para el ataque y hostigaron constantemente al ejército, avanzando por las huertas. Los cruzados consiguieron abrirse camino y expulsar a los defensores al otro lado del río Barada y a Damasco; llegados al pie de las murallas, emprendieron inmediatamente el asedio de la ciudad. Damasco había pedido ayuda a Saif ad-Din Ghazi I de Aleppo y Nur ad-Din de Mosul, y el visir Mu'in ad-Din Unur.

Luis VII de Francia
Los cruzados no podían ponerse de acuerdo sobre a quién le correspondería la ciudad en caso de que la conquistaran. El 27 de julio decidieron trasladarse al lado este de la ciudad, que estaba menos fortificada pero era menos rica en comida y agua. Por entonces Nur ad-Din ya había llegado, y les fue imposible regresar a su posición anterior. Primero Conrado, y luego el resto de los cruzados, decidieron levantar el sitio y regresar a Jerusalén.

La expedición fue un fracaso, ya que tras solo una semana de asedio infructuoso, los ejércitos cruzados se retiraron y volvieron a sus patrias. Con este ataque inútil consiguieron que Damasco cayera en manos de Nur al-Din, que progresivamente iba cercando los estados francos. Más tarde, el ataque por parte de Balduino II a Egipto, iba a provocar la intervención de Nur al-Din en la frontera sur del reino de Jerusalén, preparando el camino para el fin del reino y la convocatoria de la Tercera Cruzada.


Fuentes:
- www.erain.es
- Historia de las cruzadas - Mijail Zaborov

Para saber más:
www.ranimirum.com - Segunda Cruzada
Reocities - San Bernardo y la Segunda Cruzada
Imperio Bizantino - La II Cruzada (el sitio de Damasco)

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