30 de junio de 2010

El capricho de Egilona

La reina Egilona, viuda de Don Rodrigo, último rey visigodo de Toledo, se casó con el hijo del moro Muza, Abd-el-Aziz, virrey de al-Ándalus, y le intentó convencer para que adoptase la ceremonia bizantina de adoración al emperador. Sin embargo, no era posible adorar a un rey en tierras musulmanas, ya que el Corán dice bien claro que solamente hay que adorar a Dios. Pero Egilona estaba firmemente decidida a implantar en su corte musulmana de Sevilla el ceremonial de prosternación ante el rey que Leovigildo había instaurado en la corte goda de Toledo, como parte del proceso de romanización.

En Bizancio, el emperador era el representante de Dios en la tierra y todo cuanto le rodeaba se consideraba sagrado, tan sagrado como los objetos de un templo, y su sacrosanta persona se mostraba velada y mayestática ante sus súbditos. Los godos no habían llegado a tanto, pero sí mostraban sumisión y adoración ante sus reyes.

Y comoquiera que el recto virrey se negara espantado a emular a los emperadores bizantinos, a los que sin duda tenía por paganos e idólatras, la señora Egilona ideó una ingeniosa estratagema para conseguir su propósito. Si los visitantes no se postraban cara al suelo a adorar a su esposo, al menos se inclinarían profundamente al acceder a su presencia.
El invento de la reina goda consistió en una puerta de acceso al aposento del príncipe más baja que la estatura normal de una persona, lo que obligaba al visitante a entrar encorvado y con la cabeza inclinada. Lógicamente, una vez dentro del recinto, el visitante enderezaría totalmente su postura, pero ella se hacía la ilusión de que habían rendido a su esposo el homenaje romano de adoratio.

También consiguió Egilona convencer a Abd-el-Aziz para que luciera una corona real, cosa a la que él en principio se negó por no contravenir la ley coránica, pero al menos aceptó, ante los ruegos persistentes de ella, en tocarse con una diadema en la intimidad. Y aquello les costó a él la vida y a ella el trono, porque una aristócrata visigoda casada asimismo con un jefe musulmán quiso que su esposo emulase a Abd-el-Aziz y declaró haberle visto lucir la diadema a pesar de la prohibición del Corán.

El asunto de la corona junto con el de la inclinación obligada por la puerta baja llevó a los restantes jefes a creer que el príncipe se había convertido al cristianismo, se lo hicieron saber al califa y éste envió un sicario encargado de acabar con su vida en el momento más propicio, que se presentó aquel mismo año 716, mientras Abd-el-Aziz oraba en la mezquita.

No sabemos en realidad si hubo un objetivo secreto tras la insistencia de Egilona que costó la vida a su esposo, aunque las leyendas cristianas aseguran que realmente se convirtió al cristianismo. Sólo sabemos que él murió y que ella desapareció de la escena. También sabemos que un romance describe el puñal ensangrentado en la mano de Habib, íntimo amigo de Abd-el-Aziz, obligado por el califa a ejecutar al que, por un capricho de su esposa cristiana, creyeron traidor a la fe y a la ley.


Fuente:
Historia medieval del sexo y del erotismo - Ana Martos


3 comentarios :

  1. de alguna manera... vengó a su marido... jaja

    Saludos

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  2. Abd-el-Aziz muerto por un puñal "amigo". ¡Quién lo iba a decir! Podríamos pensar que la justa venganza tendría que haber venido de filas cristianas. Y que fue la esposa la que, con su metedura de pata, condujo a su esposo a su final. Un cristiano, ante esa situación, diría aquello de La Venganza de Don Mendo: ¡Qué has hecho, maldita mora! - en este caso visigoda reconvertida- ¿De quién me vengo yo ahora?
    Un saludo.

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