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| Monumento a Corocotta en Cantabria |
Fuentes:
* http://www.phistoria.net/reportajes-de-historia/LAS-GUERRAS-CANTABRAS_62.html
* Manuel Velasco. Breve Historia de los Celtas, Ed. Nowtilus, 2009.
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| Monumento a Corocotta en Cantabria |
| Hebilla celta |
| Réplica de collar celta |
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| Torque |
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| Capitel románico |
| Árbol celta de la vida |
El mundo mágico de hadas y héroes legendarios se nos ofrece ante nuestros ojos a través de las leyendas célticas. Muchas se han perdido con el paso de los siglos, pero otras, transmitidas de padres a hijos, primero en celta, su lengua natural, y más tarde transvasadas a otras lenguas han podido llegar hasta nosotros.
El mundo celta, profundamente religioso, se ha sentido siempre impresionado por el más allá, y lo sobrenatural ocupa un lugar muy importante en sus tradiciones. A través de los años, realidad y fantasía son la mayoría de las veces difícilmente separables. La misma naturaleza se nos presentará muchas veces como una fuerza sobrenatural destructora y todopoderosa: tal es el caso del mar que arrebata de la tierra todo lo que le pertenece.
En una isla como es Irlanda con un clima tan peculiar y considerada durante muchos siglos el lugar más inhóspito y alejado del mundo occidental, no es de extrañar que el miedo a lo desconocido se mantenga entre la solitaria y sencilla gente del campo. Los irlandeses son supersticiosos por naturaleza, y pese a su fe cristiana no han dejado de causar en ellos una profunda impresión los hechos acontecidos en el pasado.
Los celtas, que invaden Irlanda aproximadamente en el año 500 a.C. llegan en diferentes oleadas y de lugares muy distintos. Unos vienen de la Galia a través de Inglaterra. Otros, por el contrario, del norte de España. Ambos grupos llevan con ellos su propia lengua y cultura. Sin ningún contacto con la invasión romana de Gran Bretaña, Irlanda vivirá aislada desarrollando una cultura propia hasta el siglo V, durante el que se cristianiza la isla.
En general, en cada lugar de Europa los celtas tenían unos dioses propios, existían dioses de la guerra como Irbin y Bran; el dios de las tinieblas, Banshea; de la caza, etc. En Irlanda existen héroes y reyes mitológicos, mitad hombres y mitad dioses que viven con los seres humanos y están sujetos a la muerte. Estas figuras mitológicas hoy se consideran totalmente irreales, lo mismo que los dragones y monstruos medievales, pero en aquellos tiempos vivían dentro del alma del pueblo y se temía verlos aparecer a la vuelta de un camino, en una noche de tempestad.
A finales del siglo XIX, un grupo de entusiastas capturados por el "embrujo" irlandés intenta crear una literatura auténticamente irlandesa y aparece el deseo de glorificar todo lo irlandés. El mundo de héroes invencibles, de princesas encantadas, de hadas y reyes todopoderosos resurge en el siglo XX y hace vibrar a un pueblo que ve resurgir de las cenizas un pasado glorioso lleno de misterio y encanto. Este mundo ha llegado a nosotros en cientos de leyendas y algunas datan del siglo VIII.
En España la huella celta se encuentra mucho más difuminada, puesto que la lengua celta desapareció de la península hace muchos siglos. No obstante, especialmente en el norte, existen una serie de tradiciones y leyendas que han sido transmitidas de generación en generación, y muchas de ellas tienen un gran parecido con las gaélicas irlandesas.
Las leyendas celtas nos sumergen en un mundo mágico, en el que los mortales conviven con los dioses y las fuerzas sobrenaturales de la naturaleza se dejan sentir con fuerza determinando muchas veces el destino de los protagonistas.
Fuente:
Parece ser que llegó a haber un centenar de tribus distintas en la península que los fenicios llabaron 'Ispan', los griegos 'Iberia' o los romanos 'Hispania'. No sabemos si aquellos pueblos tenían un nombre para este extenso territorio, aunque, dado la poca propensión que tenían a uniones más allá de las meramente tribales, es fácil suponer que no.
No todos los historiadores se muestran de acuerdo a la hora de llamar 'celtas' a todos estos pueblos, aunque sí que pertenecían a la gran familia indoeuropea, por lo que los más antiguos podrían ser denominados 'proto-celtas'. Así que, a falta de información más precisa se les llama celtas o mejor 'celtíberos', por las connotaciones diferenciadas que estas comunidades tuvieron respecto a otros pueblos célticos de Europa.
Desde las remotas raíces y a los largo de siglos fueron entrando a través de los pasos de los Pirineos. Incluso hubo una migración de galos en un tiempo tan tardío como el de Julio César. No es posible establecer el orden de llegada ni el nivel de mestizaje que unos y otros alcanzaron con los pueblos íberos o los célticos anteriormente establecidos. Es obvio que la forma de vida se tuvo que alterar considerablemente, sobre todo la de aquellos que se vieron desplazados o los
que debieron continuar su migración hacia lugares más inhóspitos donde tuvieron que adaptarse a una vida muy dura.
Sí se sabe que la llegada de los pueblos célticos al valle del Duero supuso cambios radicales en la forma de vida de la Península Ibérica, ya que el intenso comercio entre norte y sur se interrumpió. Las últimas oleadas celtas necesitaban los minerales que salían de las minas del norte tanto para sus armas, como sus herramientas o sus joyas. El hierro supuso un gran paso frente al bronce, no sólo por su dureza sino porque no precisaba mezclar elementos de dos minas distintas, que además no solían estar en el mismo territorio.
Los turdetanos, sucesores de la antigua civilización de Tartessos, y sobre todo los mercaderes fenicios fueron los más perjudicados, tras siglos de mantener una rutina comercial con las tribus del norte desde sus ciudades y puertos del sur sin demasiados sobresaltos. La que después se llamó 'Vía de la Plata' (que unía el norte y el sur de la península) fue un camino muy transitado desde mucho antes de que llegasen los romanos, que la pavimentaron y la renombraron.
Las tribus celtibéricas basaban su economía en la agricultura y la ganadería. Al parecer, la excepción estuvo en los vettones, que eran el pueblo más imbuido en la vida guerrera que suele considerarse como el prototipo celta. Fueron algo así como los mafiosos de la época: defendían de enemigos reales o imaginarios a los poblados de pastores y agricultores a cambio de que los mantuviesen.
Actualmente pueden encontrarse sus restos en la provincia de Ávila, como los castros de las Cogotas, Ulaca o El Raso, y una de las mayores necrópolis celtas de Europa.
Los vacceos ocuparon grandes extensiones de este territorio y eran un pueblo muy especial, que en muchos aspectos recuerdan a los celtas de la cultura Hallsttat. Básicamente agricultores y ganaderos pero no guerreros. Para las funciones defensivas rutinarias utilizaban mercenarios de tribus vettonas, con las que mantenían buenas relaciones comerciales basadas en sus abundantes cosechas. Estaban regidos por un Consejo de Ancianos que repartía entre sus
habitantes las tierras de cultivo comunales y los animales que debían cuidar durante un tiempo determinado. Parece ser que de los campos se ocupaban las mujeres, mientras que a los hombres correspondía el cuidado de los animales. Los cereales eran mantenidos en una especie de silos fortificados cuya defensa corrspondía a todos.
En las viejas leyendas se cita la importancia del ganado en la Península Ibérica, con los toros rojos de Gerión, robados por Herakles. Por eso, no resulta muy arriesgado suponer que las rutas transhumantes ya estaban establecidas cuando llegaron las primeras oleadas celtas que se asentaron en la meseta castellana.
La mezcla de culturas y la importancia del ganado también se manifestó en los 'verracos', figuras zoomorfas muy esquemáticas y con pocas intenciones figurativas, muy alejadas del estilo practicado por los íberos en aquellos tiempos. Son de una sola pieza de granito, incluida la peana.
Estos verracos están fechados en torno al siglo V y IV a.C., y se les ha encontrado al lado de ríos y manantiales o en las cañadas por donde pasaba el ganado, por lo que bien pudieran ser una forma de señalizar o delimitar los lugares considerados sagrados, tal vez donde los pastores encontraban una especie de santuario donde no podían ser asaltados por bandoleros de otras tribus.
Sin duda han desaparecido muchos a lo largo del tiempo, pero aún se pueden ver magníficos ejemplares en Guisando, El Tiemblo o Ávila
(Fuente consultada: Breve historia de los celtas - Manuel Velasco)
La primera vez que el término 'celta' fue acuñado con propiedad en algún anal escrito que haya sobrevivido hasta hoy fue por obra de Heródoto (siglo V a.C.), quien localizó el dominio inicial de los celtas en el Danubio. Además, los ubicó en la Península Ibérica, más allá de las columnas de Hércules; de hecho, se pudo designar a la parte sudoccidental de la Península Ibérica con el apelativo de keltike.
Más adelante, Estrabón (siglo I a.C.) nos habla de un pueblo que se conoce en Grecia como keltoi, es decir, celtas, refiriéndose a ellos como el pueblo gálata, relacionado con el pueblo galo, llamado celtae por los antiguos.
Sin haberse llevado a cabo estudios etnológicos concretos, hoy en día es difícil hablar de una raza celta única como tal; más bien parece que debiera hablarse de un mosaico de pueblos que a veces actuaban en régimen de federación y que compartían unos modos de vida similares en un momento histórico concreto.
Parece probado que el origen de la cultura celta se situó en las riberas del alto Danubio, alrededor del primer milenio antes de Cristo, tal y como sugirió Heródoto. Los pueblos que ostentaban dichas particularidades culturales, características del mundo celta, se expandieron rápidamente hacia Centroeuropa, desde donde a lo largo de sucesivas migraciones, se fueron irradiando las constantes de la cultura céltica hacia el sur de Dinamarca, el oeste de Alemania, Bélgica, el centro y norte de Francia, la Península Ibérica y las islas Británicas.
Dentro del ámbito de estas migraciones, hubo una muy importante que llevó a los gálatas hacia Oriente; concretamente, hasta la región del norte de Frigia (Asia Menor), territorio que ocuparon alrededor del siglo II a.C., donde continuaron manteniendo su lengua, cultura y costumbres hasta bien entrado el siglo IV a.C., de acuerdo con el testimonio de San Jerónimo.
La aparición en Centroeuropa de la denominada 'cultura de los campos de urnas', entre los años 900 y 700 a.C. puede considerarse como un anticipo de la posterior eclosión de la cultura céltica en Europa, pues los hallazgos arqueológicos de restos de enterramientos crematorios asociados a objetos y armas diversas así inducen a pensar. Dos fueron las oleadas principales que jalonaron la cultura celta a lo largo de su historia: correspondieron, respectivamente, a la cultura de Hallstatt (650-500 a.C.), en Austria, y a la cultura de La Tène (400-100 a.C.) localizada en Francia.
De esta última época data el saqueo de Roma por parte de los galos como muestra de poder.
Sin embargo, dos siglos más tarde, los testimonios sobre el mundo celta como organización política y social de relevancia se apagan casi por completo, dejando paso a otros poderes emergentes: el romano y el teutón en el oeste de Europa, con los que siempre estuvo en conflicto, y el eslavo en el este europeo.
(Fuente consultada: Historia breve de las islas británicas - Javier Romero Cambra)
La sociedad celta era de carácter tribal y aristocrático. Los grupos más importantes de la población eran los sacerdotes (druidas) y los guerreros; a los demás apenas se les concedía importancia.
Los sacerdotes celtas no ponían por escrito sus conocimientos. Ello obedecía a un propósito deliberado por su parte; querían de este modo evitar que su sistema de enseñanza se divulgara entre la gente común. Como consecuencia de esta actitud no contamos con fuentes directas para el conocimiento de la religión que practicaban los celtas. Muchos de los datos disponibles son meras deducciones y presentan numerosas lagunas. A pesar de todo, y a juzgar por lo poco que se sabe de ellos, se puede afirmar que los celtas se tomaban muy en serio su religión.
Hay escasos indicios de que el primitivo mundo celta contara con templos al estilo clásico. Sin embargo, las últimas excavaciones parecen sugerir que existían más construcciones de las que se suponía. De ahí se deduce que en los diversos países celtas había edificios bastante sólidos dedicados a la función de santuarios. Consistían en terraplenes y fosos de tierra, que en algunos casos cercaban unas plataformas sacrificiales pavimentadas de losas y con pozos rituales donde se depositaban ofrendas, huesos, cerámica y otros objetos. Uno de estos santuarios se halla situado en Libenice (República Checa). Otras construcciones por el estilo, consistentes en silos o pozos, que a veces alcanzan gran profundidad, rellenos de ofrendas y objetos de culto de muy diversos géneros, van apareciendo constantemente en todo el mundo celta. Sólo en el sur de Francia hay restos de templos construidos en piedra, de estilo mediterráneo, pero este tipo de construcción es esencialmente ajeno a los celtas.
En general, los santuarios de los celtas parecen haber consistido en pequeños terraplenes, con profundos pozos a cuyo alrededor se desarrollaban las ceremonias, y en emplazamientos naturales cuyo uso prolongado les confería carácter sagrado. Más tarde, bajo el influjo de Roma, se construyeron templos dobles en piedra en los que eran venerados conjuntamente los dioses celtas y romanos, cuyas imágenes y dedicatorias se hacían ya en estilo clásico.
(Fuente consultada: Diccionario de religiones comparadas - S G F Brandon)
Estos actos tan infames hicieron que muchas tribus tomaran sus armas. Corría el año 60.
Boudicca encabezaba a los suyos subida en su carro de guerra, llevando tras ella a otras tribus vecinas. Llevaba el estandarte con el símbolo sagrado de Andrasta, diosa de la victoria: una liebre con la luna llena. Al mando de su ejército hace gala de su apodo: "La Victoriosa".
Atacó y arrasó las principales ciudades romanas en territorio británico, derrotando a la Legión Hispana, masacrando a sus habitantes y sacrificando a la diosa Andrasta los supervivientes. No hubo piedad. No hubo prisioneros. Todo el odio retenido se descargó contra el invasor y sus colaboradores.
La visión de Boudicca en su carro de guerra, con su pelo flamígero ondeando al viento, y tal vez con el busto al aire teñido de azul, debía ser terrible.
De todas formas, no era la primera vez que los romanos veían a una mujer de armas tomar, ya que algunos de sus historiadores lo habían reflejado en sus escritos.
Según Estrabón, "una mujer celta enfadada es capaz de partir avellanas con un chasquido de sus dedos". Y Amnianus Marcellinus nos cuenta que "si un galo está en peligro, su mujer acude en su ayuda, hincha su cuello, rechinan sus dientes, agita sus pálidos brazos en el aire y da golpes como si fuera una bestia desbocada".
Para combatir a Boudicca, Suetonio reunió dos legiones, en total unos diez mil hombres. Ambos bandos se entregaron a la lucha con todo su ardor, pero la disciplina y el orden de los legionarios romanos pudo con la fuerza bruta de los celtas.
Boudicca, viendo que su huida no era posible, decidió poner fin a su vida. ¿Qué no hubieran sido capaces de hacer con ella en caso de encontrarla viva?
(Fuente consultada: Breve historia de los celtas - Manuel Velasco)