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7 de octubre de 2015

Las guerras cántabras

Las guerras cántabras empezaron el año 29 a.C. y acabaron diez años después. La unión de los cántabros, astures y vacceos, junto a otras tribus pequeñas de las montañas del norte de España en busca de su independencia, hicieron que se enfrentaran con dureza contra el gran Imperio Romano. Sus causas son muy discutidas e inacabables. Pero todos los historiadores se ponen de acuerdo de que todo comenzó en la época de Augusto.

Los cántabros, al modo de los bandoleros lusitanos, todos los veranos constituían una plaga que cruzaba las montañas para robar cuanto hubiese a mano. Pero además de ladrones tenían fama de buenos guerreros y cuando la ocasión lo requería se alistaban como mercenarios sin importar el enemigo con el que tuvieran que enfrentarse, incluso más allá de los Pirineos.

Las hostilidades entre romanos y aquellos pueblos montañeses se desarrollaron violentamente durante los años en los que Augusto, al mando de siete legiones, se personó en Hispania. Tras conseguir un pacto con los astures que le aseguraba cierta tranquilidad en la retaguardia, el emperador romano dirigió toda su maquinaria de guerra hacia las montañas del norte, al mismo tiempo que una flota completaba el ataque desde el mar.

En aquellos tiempos surge la figura de Corocotta, un caudillo cántabro que da tantos quebraderos de cabeza a Augusto como para ofrecer una cuantiosa recompensa: 250.000 sestercios por su cabeza. (Mucho antes, ya consiguió cierta celebridad un mercenario cántabro llamado Laro, del que se escribió: Él en solitario colmaba el campo con cadáveres).

Monumento a Corocotta
en Cantabria
Ha quedado una curiosa historia romana sobre que el propio Corocotta se presentó ante el emperador para cobrarla. Éste sin saber como reaccionar ante tan insólito suceso, le dio el dinero y lo dejó marchar. ¿Fue dinero lo único que hubo o también consiguió Augusto hacer algún trato con Corocotta? Porque después de aquello ya no se le vuelve a nombrar.Pero la guerra contra los cántabros continuó siendo un problema para Augusto. Ellos eran perfectos conocedores de la difícil orografía de sus montañas y contaban con oppda amuralladas donde resguardarse. Además, el supersticioso emperador tuvo motivos para pensar que aquella guerra también se estaba librando en un plano mágico. Un número excesivo de legionarios fue víctima de una plaga; incluso él mismo enfermó. Por si fuera poco, un rayo estuvo a punto de matarle. Contra todo aquello, pocas tácticas guerreras valían. Así que, tras retirarse un tiempo en Tarraco, regresó a Roma.

A pesar de la fiera resistencia, a las legiones no les faltaban medios humanos o materiales. La aplastante maquinaria romana comenzó a recibir sus frutos. Algunas ciudades cántabras, como Lucus (Lugo), fueron sitiadas hasta la muerte por hambre, repitiéndose situaciones similares a las de Sagunto o Numancia. Y cuando ya no hubo más ciudades incendiadas por los romanos, los cántabros, a los que se sumaron algunos astures, se refugiaron en los bosques e iniciaron un continuo acoso de guerrillas. Poco podían hacer los romanos contra eso, al menos hasta que llegó Agripa, considerado el mejor general del imperio, y los papeles se invirtieron.

El acoso romano a cualquier lugar donde hubiese un grupo de cántabros fue ya imparable, produciendo escenas extremas entre ancianos, mujeres y niños que preferían darse ellos mismos muerte antes de que el enemigo les pusiese las manos encima, mientras los hombres se lanzaban a la lucha desesperada conociendo ya el final. Los que no cayeron en combate murieron crucificados entonando cantos de guerra. Muchos de los que sobrevivieron fueron trasladados a otra región como esclavos (que más tarde protagonizarían una importante insurrección y regresarían a sus tierras).


Fuentes:
* http://www.phistoria.net/reportajes-de-historia/LAS-GUERRAS-CANTABRAS_62.html
* Manuel Velasco. Breve Historia de los Celtas, Ed. Nowtilus, 2009.


13 de enero de 2014

Druidas en la Galia

La palabra druida procede del vocablo “drus”, que en griego significa roble, y de la voz indogermana “wid”, que significa sabiduría. Su significado se basa en que los druidas celebraban sus ritos en robledales, considerados sagrados.

En el año 100 a.C., y tras viajar a la Galia, el filósofo Posidonio de Apamea describía a los druidas con palabras griegas inequívocas, como “filósofo” o “teólogo”, lejos de la imagen que se tiene hoy en día, que ve a los druidas como sacerdotes de una religión ancestral, magos o incluso hechiceros. En esa época el término “druida” ya era conocido en el Mediterráneo oriental, y servía para referirse a “aquellos que mejor ven y perciben lo que vendrá”. En Grecia se comparaba a los druidas con los pitagóricos. Tenían en común que eran grupos cerrados y elitistas, que cultivaban el secretismo y prohibían poner sus enseñanzas por escrito, transmitiéndolas oralmente.

¿Cómo aparecieron los druidas en el mundo galo? La explicación puede estar en la comparación con las otras civilizaciones mediterráneas. Aquí y allá hubo personas que se dedicaron al estudio astronómico. También lo hicieron los druidas, que crearon un calendario basado en el doble recorrido del sol y la luna. Para llegar a esto tuvieron que estudiar los astros durante siglos, lo que les familiarizó con el cálculo y con las ciencias en general. Estos conocimientos adquiridos durante siglos, hicieron que, en un mundo en el que las élites gobernantes sólo se preocupaban de hacer la guerra, los druidas fueran considerados grandes sabios que debían ser respetados y escuchados. Así, a partir del siglo V a.C., alcanzaron una posición preeminente en los asentamientos galos.

Cuando Posidonio de Apamea visitó la Galia afirmó haber conocido a los druidas, de los que dejó una descripción muy precisa. Sabemos así que además de los druidas existían otras dos órdenes religiosas. De éstas, los bardos eran los más conocidos. Los bardos, en su origen, cantaban sus obras mientras tocaban una lira de siete cuerdas. Su palabra era sagrada y tenían un considerable poder sobre la población. Los druidas los consideraban rivales y se enfrentaron a ellos, reivindicando el conocimiento de los dioses y el universo en exclusiva. Parece ser que tuvieron cierto éxito: cuando Posidonio viajó a la Galia, los bardos ya no eran más que simples bufones a sueldo.

Con los druidas, la religión adquirió una función social y política. Sus conocimientos en astronomía y geometría les permitieron levantar santuarios, y los fieles se convirtieron en comensales que compartían la carne con los dioses en el marco de grandes banquetes. Estos festines eran muy apreciados por los guerreros, que ofrecían a los dioses la mayor parte del botín de guerra y a cambio los druidas los declaraban ciudadanos de pleno derecho.


Según los relatos de Posidonio, los druidas identificaban la divinidad con el cosmos entero y los hombres participaban en el ciclo perpetuo de la naturaleza. Se dedicaban principalmente a las ciencias naturales, la física, la química, la geología, la botánica y la zoología. En cuanto a la farmacopea, cabe destacar que los galos atribuyeron al muérdago numerosas propiedades, y las investigaciones actuales han demostrado que esta planta posee grandes poderes terapéuticos. Los druidas desarrollaron el abono con estiércol e inventaron el hierro forjado y la hojalata.

Los druidas ostentaban el poder en la sombra, gracias a sus recursos intelectuales. Establecieron las primeras leyes y prepararon las constituciones de algunos pueblos galos. Gozaban asimismo de un estatus privilegiado: no pagaban impuestos ni tenían que cumplir con ninguna obligación militar. Se federaron y una vez al año celebraban una gran asamblea en el centro de la Galia. En esta asamblea, los druidas impartían justicia y los pueblos galos acudían allí a exponer sus desavenencias.

Pero el extraordinario prestigio que rodeó a los druidas no duró eternamente. Poco a poco fueron perdiendo carisma espiritual ante sus compatriotas, y la creciente influencia de la cultura romana les afectó profundamente. Los últimos druidas auténticos acabaron desapareciendo, y los que reivindicaron ese título décadas o siglos después no eran sino adivinos de poca monta, que no habían recibido la educación oral que era el secreto de los druidas: veinte años de estudios en los que los aspirantes adquirían la sabiduría de sus mayores.


Fuentes:
- Caballeros Blancos de Armagedón
- Los druidas, artículo de Jean-Louis Brunaux. Historia National Geographic nº 121

Para saber más:
Los celtas y los druidas: Civilizaciones misteriosas
Los druidas, sacerdotes de los celtas
Druidas. Manuel Alberro. Ed. Dilema

22 de noviembre de 2012

Primera invasión de Britania por los romanos

En el año 55 a.C. Julio César cruzó el Canal de la Mancha dispuesto a invadir la isla de Britania. No se sabe exactamente qué motivos impulsaron al general romano a dar este paso, pero lo más probable es que se tratara de dar un escarmiento a las tribus celtas que poblaban la isla, en represalia por la ayuda que brindaban a sus hermanos de la Galia, que plantaban cara ferozmente a las legiones romanas.

César intentó recabar información sobre Britania de los comerciantes que negociaban con la isla, pero no tuvo éxito ya que éstos temían perder su monopolio comercial y no le facilitaron ningún dato relevante. Entonces envió un barco de exploración comandado por Cayo Voluseno, uno de sus tribunos militares. Voluseno exploró la región de Kent, aunque sin adentrarse demasiado en territorio desconocido por miedo a las tribus celtas. Después de cinco días de exploración, Voluseno regresó al continente y por fin César pudo disponer de alguna información.

Julio César reunió una flota compuesta de ochenta barcos de transporte y algunos navíos de guerra de los que se desconoce el número. A ellos se les debían unir otros 18 barcos para transportar a la caballería, pero César no quiso perder tiempo y zarpó inmediatamente sólo con la infantería, dejándolos atrás.

Inicialmente César trató de desambarcar en Dubris (Dover), pero cuando la armada romana avistó tierra, una fuerza masiva de britanos ocupó por completo las colinas y acantilados de la playa. Esto disuadió a los romanos de desembarcar, ya que los enemigos que estaban copando los riscos de los acantilados podían masacrarles lanzando las jabalinas que portaban. Tras esperar anclados en una playa cercana César convocó un consejo de guerra, en el que ordenó a sus subordinados actuar por iniciativa propia. Después, condujo la flota unas siete millas a lo largo de la costa hacia una playa abierta. Con toda la playa copada por los carros y la caballería britana, el desembarco parecía imposible. Para empeorar las cosas, los barcos eran demasiado grandes para moverse con facilidad, y los legionarios se vieron obligados a desembarcar en aguas muy profundas, mientras los britanos salían de todas partes.

Los britanos empezaron a retroceder cuando una lluvia de proyectiles partió de las catapultae montadas en los barcos de guerra, que expusieron su flanco para facilitar el desembarco de las tropas. A pesar de que las fuerzas de César lograron desembarcar, ese día no fue coronado con una victoria completa, ya que los vientos adversos retrasaron a la caballería romana. César había logrado desembarcar en condiciones desfavorables, pero los britanos le habían mostrado que eran capaces de ofrecer una fuerte resistencia.

Las tribus britanas se defendieron de esta incursión y fueron capaces de preparar una ofensiva pero, a pesar de ello los romanos construyeron un campamento, aunque los pocos efectivos con los que César contaba le hicieron tomar la decisión retirarse al continente para volver en una mejor ocasión.

En líneas generales esta primera campaña fue un fracaso puesto que, a pesar de haber obtenido dos victorias bastante importantes en escaramuzas contra las tribus britanas, César no fue capaz de penetrar más allá del punto de desembarco.


Fuentes:
- Historia Antigua
- mural.uv.es
- Wikipedia


8 de mayo de 2012

Arte bárbaro en Europa, siglos V a.C - VII d.C

Durante los largos siglos de dominación romana, hay una diferencia marcada entre el arte de la Europa clásica y la de las tribus bárbaras. En el sur de Europa prevalece la realista tradición griega, pero en los bosques y asentamientos de los pueblos del norte entra en juego una imaginación más salvaje. Los miembros de las tribus son hábiles trabajadores del metal. Su energía creativa se centra en broches y anillos de metal para lucir en el cuello o en los brazos (torques), junto con adornadas hebillas de cinturón, empuñaduras y vainas de espadas, o accesorios para el escudo o los carros. Su estilo decorativo es muy animado y curvilíneo, en una espectacular mezcla de fauna y flora entrelazada.

Hebilla celta

Réplica de collar celta

Torque

Este tipo de arte es característico de muchos grandes grupos tribales (por ejemplo, los escitas), pero ninguno ha sido tan productivo como los celtas. A partir de los artefactos celtas encontrados en el centro de Europa (Hallstatt y La Tène) y los pertenecientes a épocas posteriores encontrados en el oeste de Europa, se observa un desarrollo gradual de un estilo que influirá en el arte occidental aún mucho después de que los celtas hayan caído en el olvido. En las líneas de su metalurgia aparecen temas cristianos y cruces de piedra celtas a partir del siglo VII. Y en los claustros románicos pueden observarse monstruos de rostro sonriente que tienen su origen en el arte de los pueblos bárbaros.

Capitel románico

Fuente:
History World

Para saber más:
Temakel - El antiguo arte celta

9 de diciembre de 2010

Druiderías, las escuelas de los celtas

Los niños celtas eran enviados a diferentes lugares para realizar su formación como adultos, claro que por lo general eran otras familias y no druidas quienes los acogían. De todas formas las leyendas nos hablan de un lugar druídico situado cerca del mítico bosque de los Carnutos. Se dice que allí se efectuaban grandes juicios, rituales, celebraciones y que era el lugar de enseñanza druídica por excelencia. En diferentes crónicas se menciona un lugar secreto y sagrado: “Cerca del bosque de los Carnutes, pero invisible a los ojos del profano, tienen un centro de poder donde forman a niños que las familias les entregan desde tiempos inmemoriales”.

Partiendo de la base de que los druidas se encargaban de la educación de los niños en general, no debemos verlos como raptores, pero sí como inductores de una serie de condicionantes en la vida de sus alumnos.

Con la práctica de las adopciones entre clanes vecinos y familias amigas, los niños cambiaban de paraje para recibir distintos puntos de educación. Una parte de la enseñanza la recibían directamente de los conocimientos de la familia adoptiva, y otra provenía del maestro druídico. Si las condiciones eran óptimas se apartaba a un niño del resto para darle una formación especial.

En todas las aldeas celtas hubo niños y estos recibían una educación de carácter general. Ahora bien, en casos muy concretos, cuando emitían destellos de sensibilidad ya fuese adivinatoria o mágica, eran tenidos en cuenta por los druidas quienes posiblemente hablaban con los padres para “velar” por el futuro del niño.

César fue de los primeros en hablarnos de las druiderías y dejó escrito que la vida del aprendiz de druida era sencilla y hablaba de “lugares en los que cantan y recitan textos de alabanza a sus dioses”.

En la escuela druídica, los druidas se esforzaban en que sus alumnos captasen la vibración de los elementos. Se desarrollaba para esto una asignatura que podríamos llamar de la percepción y que consistía en desarrollar al máximo los cinco sentidos habituales más un sexto no tan normal. Para este desarrollo psíquico los alumnos recurrían a diferentes lugares sagrados.


Fuente:
El libro de los celtas – Pedro Palao Pons

1 de diciembre de 2010

¿Qué comían los celtíberos?

Tanto los celtas como los celtíberos se han descrito como entusiastas de la buena mesa. El vino era la bebida de las clases altas, pero el pueblo tomaba básicamente una cerveza denominada corma (fermentación de trigo con miel). Los principales alimentos de consumo habitual de estos pueblos eran: el cerdo, la vaca, el buey y el jabalí generalmente asados, aunque también se ha descrito que consumían la carne cruda y sin adición de sal. Esta comida se acompañaba con miel, quesos, mantequilla y panes de centeno y trigo; y también recogían frutos naturales como bellotas, nueces y frutas silvestres.

La dieta de estos pueblos era, pues, poco variada. En la meseta se comía más carne y en el sur y este más pan, teniendo en general poca representatividad las verduras y frutas. Las formas en la mesa eran bastante rudimentarias, utilizando los dedos para comer y ocasionalmente se ayudaban de un cuchillo o un puñal para cortar los trozos de carne.

Este tipo de dieta característica de los celtas y también de los germánicos del centro de Europa ha sido heredada por el mundo anglosajón, en clara oposición a la que procede del entorno mediterráneo más frugal y variada, y que se ha demostrado como más saludable.


Fuente:
La alimentación y la nutrición a través de la historia - Jordi Salas-Salvadó / Pilar García-Lorda / José Mª Sánchez Ripollés

3 de noviembre de 2010

El universo arbóreo de los celtas

Árbol celta de la vida
Si hay una cultura vinculada directamente con el mundo vegetal, que hace del bosque su templo y de los árboles sus signos del zodíaco, ese es el pueblo celta. Habitantes de la Europa central y occidental, fueron derrotados por los ejércitos romanos y confinados a Irlanda, Escocia y País de Gales. El mundo celta era un mundo mágico. Vivía su magia como una parte más de la vida cotidiana. De esta forma, ríos, arroyos, pájaros y en especial los árboles eran motivo de ofrendas. Los ritos más importantes estaban relacionados con los cambios estacionales, es decir, los solsticios, equinoccios, las épocas de cosecha y siembra.

Su calendario era especial: los días se contaban a partir de la noche y el año celta se dividía en trece meses lunares, divididos a su vez en dos periodos, coincidentes con el crecimiento y el decrecimiento de la luna. Este ciclo celta lunar también correspondía a los trece signos del zodiaco celta. A cada mes se le asociaba un árbol, cuyas características definían tanto la personalidad de los nacidos en ese periodo, como la energía que imperaba en ese mes. De acuerdo con la tradición celta, la conexión entre humanos y árboles era divina ya que, para ellos, fueron los árboles los que ayudaron a Dios a crear al hombre. Y fue por esta tradición que los signos del zodiaco celta se convirtieron en árboles.

Los árboles correspondientes a cada signo son: abedul (Beth), serbal (Luis), fresno (Nion), aliso (Fearn), sauce (Saille), espino (Uath), roble (Duir), acebo (Tinne), avellano (Coll), vid (Muin), hiedra (Gort), caña (Ngetal), saúco (Ruis).


Fuentes:
- El espejo
- Historia de las hierbas mágicas y medicinales - Mar Rey Bueno

31 de octubre de 2010

Historia de Halloween

Halloween es una fiesta de la cultura anglosajona que se celebra en la noche del día 31 de octubre.
Sus orígenes se remontan a los celtas, hace más de 2.500 años, cuando el año celta terminaba al final del verano, el día 31 de octubre de nuestro calendario (Samhain). El ganado era llevado de los prados a los establos para el invierno. Ese último día, se suponía que los espíritus podían salir de los cementerios y apoderarse de los cuerpos de los vivos para resucitar, pedirles alimentos y maldecirles. Les hacían víctimas de conjuros si no accedían a sus peticiones: me das algo o te hago una travesura, que es la traducción de "Trick or Treat" (Truco o Trato).

Para evitarlo, los poblados celtas ensuciaban las casas y las "decoraban" con huesos, calaveras y demás cosas desagradables, de forma que los muertos pasaran de largo asustados. De ahí viene la tradición de decorar con motivos siniestros las casas en la actual víspera de todos los santos y también los disfraces. Es así pues una fiesta asociada a la venida de los dioses paganos a la vida.
La iglesia de Roma decidió convertir la festividad al catolicismo. Se instituyó el 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos, que en Inglaterra se denominó "All Hallows' Day", y la noche anterior "All Hallows' Eve" que posteriormente derivó en "Halloween".

La fiesta fue exportada a los Estados Unidos por emigrantes europeos en el siglo XIX, hacia 1846. Sin embargo no comenzó a celebrarse masivamente hasta 1921. Ese año se celebró el primer desfile de Halloween en Minnesota y luego le siguieron otros estados. La internacionalización de Halloween se produjo a finales de los años 70 y principios de los 80 gracias al cine y a las series de televisión.


Fuente:
Halloween.com

19 de julio de 2010

El cristianismo celta

Durante siglos, el cristianismo celta fue un brazo de la religión cristiana desligado prácticamente del control de Roma; aún así se extendió durante los peores años de la llamada Edad Oscura medieval casi por toda Europa, desde las islas Feroe hasta Italia y desde Francia hasta Ucrania, gracias a que monjes y monjas irlandeses recorrieron las tierras fundando monasterios e iglesias e impartiendo el mensaje del conocimiento y del amor justo en la época que más se precisaba.
Las primeras pequeñas comunidades monásticas irlandesas funcionaron intentando imitar a los eremitas egipcios, que se retiraban al desierto para no tener ningún tipo de distracción. Pero, como en Irlanda no hay desiertos, lo hicieron en el interior de los espesos bosques o en islotes, donde monjes y monjas se dedicaban a la oración y a la copia de libros, dedicando algún tiempo en atender a los fieles que se acercaban buscando una ayuda espiritual o física, ya que muchos de ellos eran sanadores.
Su estructura inicial, que tenía más similitudes con los colegios druídicos que con los monasterios europeos, permitió que los monjes y monjas irlandeses gozaran de una libertad muy superior a la que tuvieron sus coetáneos continentales. Puede decirse que cada uno se arreglaba su propio horario de estudio, trabajo y oración, uniéndose todos una vez al día para algún servicio religioso conjunto, en los que no solía faltar el recitado de los Salmos, que gozaban de un fervor especial. ¿Encontraban quizás en ellos las resonancias bárdicas o druídicas? Seguramente sí, ya que uno de los personajes bíblicos más populares era el rey David, poeta y tocador del arpa, tal como quedó reflejado en la iconografía de las "grandes cruces" o en los vitrales de Irlanda.

La decadencia comenzó con el sínodo de Withby, en la Inglaterra del año 664, donde se discutió entre la necesidad de obedecer absolutamente los dictámenes de Roma o de mantener la autonomía de los cristianos celtas, saliendo vencedores los primeros. Ese fue el final de la espiritualidad celta en Inglaterra a favor de las estructuras y rituales de la Iglesia de Roma.
A pesar de todo esto, la iglesia irlandesa se mantuvo independiente de Roma hasta el siglo XII. El fin les vino de las manos de los vikingos, por un lado, que destruyeron escuelas y monasterios, y, por otro, de los normandos franco-ingleses, curiosamente también relacionados con los vikingos. Tras conquistar Inglaterra, los normandos invadieron Irlanda siguiendo órdenes (Bula Laudabiliter) del papa Adriano IV (nacido en la Inglaterra definitivamente entregada a Roma), e impusieron el catolicismo a través de religiosos que llevaron del continente, obedientes en todo a las directrices romanas.

San Patricio fue el pionero. Su auténtico nombre era Succatus Patricius y nació en el oeste de la Britania romanizada y cristianizada, en el seno de una familia de religiosos y funcionarios. Según su propia biografía, Confessio, tras ser capturado por piratas a los 16 años, fue vendido como esclavo en Irlanda. Allí pasó seis años hambriento y casi desnudo, cuidando ganado entre el frío y la humedad. Su buena constitución le ayudó a sobrevivir durante aquellos años de aislamiento que le convirtieron en un hombre santo, un visionario que recibía la llamada de Dios. Su "voz" le indujo a huir; caminó bastantes kilómetros hasta llegar a una costa (se piensa que fue el actual Wexford), donde encontró un barco mercante cargado de perros irlandeses, muy apreciados en otros lugares como buenos cazadores. Al otro lado del mar, la libertad.

Ni en su más disparatada imaginación hubiera contemplado Succatus la posibilidad de regresar a aquella isla donde tanto sufrió, pero la voz de Dios fue insistente al respecto. Así, 27 años después, tras haber sido ordenado obispo, ponía sus pies de nuevo en Irlanda, pero esta vez como hombre libre y dispuesto a cambiar el país de arriba a abajo.

Allí usó el nombre de Patricio, aunque los irlandeses lo adaptaron a la forma gaélica de Padrig, y estableció su primera residencia en un granero de Ard Macha, en el Ulster.
Se dice que Patricio fue el primer hombre libre en hablar abiertamente contra la esclavitud adelantándose al menos un milenio a las ideas abolicionistas y, como poco, se en frentó a lo que entonces ocurría en Roma con el visto bueno del papa.

El caso es que consiguió convertir a los siempre díscolos irlandeses y, lo que tal vez tenga más mérito, a los druidas, que hasta entonces habían detentado el control de la vida espiritual. Aunque no por eso el druidismo se perdió completamente ya que, de igual modo que la cruz cristiana se unió al anillo solar creando el icono que desde entonces representa al cristianismo celta, los druidas hicieron algo parecido, uniendo las dos formas de entender el mundo, la vida, el hombre y la naturaleza.


Fuente:
Breve historia de los celtas - Manuel Velasco


27 de junio de 2010

El calendario druídico celta

Los druidas se encargaban de las averiguaciones astrológicas y astronómicas necesarias para calcular los ciclos del año. El suyo no era un año exacto como el nuestro regido por el calendario Gregoriano. Si bien contemplaban períodos de tiempo que podríamos interpretar como nuestros actuales meses, los suyos son tiempos en relación directa con la naturaleza de los ciclos terrestres.

En general, el calendario druida o celta es lunar por lo que cada uno de los tiempos viene marcado por las fases de nuestro satélite. Dado que la mitología céltica está compuesta por los dioses de la oscuridad y de la luz, esto se traspasa también al calendario de manera que cada uno de los meses contaba con su mitad de luz y su mitad de oscuridad. El medio mes positivo y luminoso se establecía cuando la luna estaba en cuarto creciente y concluía en llena. La otra mitad del mes, que era el tiempo oscuro, decadente y negativo, estaba vinculado a la fase de la luna menguante y luna nueva. Si bien este calendario permitía la instauración de meses y cada uno de éstos se correspondería, en teoría, con una letra del alfabeto del Ogham y con el nombre de un árbol, lo que prevalecía eran las cuatro festividades sagradas.

Cada tribu hacía sus más y sus menos en lo que a nomenclaturas mensuales se refiere. Quizá no se llame igual un mes en Bretaña, que en Irlanda, que en la Galia. Lo que sí debemos considerar como comunitario es que el medio mes de oscuridad servía para la invocación y resolución de los tremas nefastos y que el tiempo de luz se consideraba de suerte y regocijo. Otro aspecto común sería el nombre de las festividades.

Los celtas conocían gracias a los menhires y otros monumentos líticos, el tiempo que tardaba la Tierra en recorrer la órbita alrededor del Sol, lo que les servía a los druidas para aconsejar a su pueblo las fechas adecuadas para la siembra y la cosecha. Dado que existe una diferencia entre el tiempo que transcurre por el calendario solar del que acontece a través del lunar, los sacerdotes celtas compensaron esta diferencia con un mes extraordinario que duraba treinta noches y que se debía aplicar cada tres años. Debido a que el cómputo del tiempo se establecía por noches en lugar de días, los druidas podían así rendir tributo a sus cosmogonías recordando perpetuamente que primero fue la noche y después aconteció la luz del día.

De igual forma que los meses disponen de dos tiempos, los años también contenían una mitad de oscuridad y otra de luminosidad. La primera, la mitad que correspondía a las tinieblas y al tiempo gris u oscuro comenzaba justo al terminarse la festividad de Shamain que en nuestro calendario Gregoriano se correspondería con el 2 de noviembre, dado que la fiesta mencionada se celebraba en el actual 1 de noviembre. La mitad del año oscuro se perpetuaba hasta que llegaba la primavera y era con la celebración de la festividad de Beltaine cuando las tinieblas desaparecían definitivamente y surgía la luz. La citada fiesta se correspondería con el actual 1 de mayo.

Para compensar estos dos tiempos existía un punto álgido o intermedio. Entre el 2 de noviembre y el 1 de mayo acontecía Imbole que se correspondería con el actual 2 de febrero y se interpretaba que este día, de la luz, la oscuridad había llegado al máximo y desde aquel momento comenzaba a brillar tímidamente prendiéndose así el indicio de la luz. La otra jornada intermedia, en este caso dentro del tiempo de luz, se correspondía con la festividad de Lugnasad, el actual 1 de agosto. Esta jornada, también festiva, marcaba el cénit de la luz que poco a poco menguaría.

Al margen de esta división anual los druidas contemplaban también lo que denominaban el ciclo estelar que duraba cuarenta y seis meses lunares, es decir 19 años, y la Era Druídica que abarcaba un total de 630 años.


Fuente:
El libro de los celtas - Pedro Palao Pons


16 de junio de 2010

Algunos objetos cotidianos de los celtas

Los restos materiales de las culturas celtas junto con las representaciones iconográficas que de ellos nos han llegado de las culturas que con ellos convivieron, nos permiten hacernos una idea de la forma de vida que llevaron estos pueblos. Estos restos están conformados por sus aperos de labranza, sus adornos y accesorios de vestido, sus armas, su cerámica, sus vajillas y sus cacharros de cocina. Junto a lo anterior, sus manifestaciones artísticas contienen importantes datos sobre sus creencias.

Las fuentes escritas nos informan sobre las ropas que llevaban los pueblos celtas, de las que no se conservan restos por el carácter perecedero de los materiales utilizados para su fabricación. Se compondrían de una camisa de lino, unos pantalones, llamados bracae por los romanos, y los famosos sagos, capas de lana. También debieron utilizar cinturones de cuero o tela de los que no se conservan más que los broches y hebillas, y cinturones de cadenas de hierro.

Sí se han conservado, por su carácter metálico, las fíbulas usadas para asegurar las ropas, antecesoras de nuestros actuales imperdibles. Junto a ellas los adornos celtas más característicos serían los torques y los brazaletes.

El torques, collar rígido de oro, pero también de bronce o de plata, que es el común en los territorios meseteños de la Península Ibérica, sería utilizado al parecer por los jefes celtas, y aparece también en las representaciones artísticas y en ofrendas votivas. Junto a ellos, tenemos también los brazaletes, de los que se conocen fabricados de materiales como el bronce, azabache e incluso de vidrio. Otros objetos de adorno personal son los alfileres, amuletos, sortijas, pendientes, peines, espejos o estuches. La cerámica, por estar fabricada en un material duradero, es muy abundante y variada.

Fíbula

Torques

Cerámica celta

En la Europa céltica la labranza se realizaba ya, en una fecha tan temprana como el siglo V a.C. con arados de reja de hierro. También se utilizaban grandes hoces, azadas, sierras, tijeras u horcas; herramientas como martillos, limas y cinceles, y aros para toneles, de excelente factura, como los encontrados en el yacimiento de Chynov, en Bohemia.

En cuanto a las armas destacan sobre todo las espadas de hierro. Era un hierro obtenido en hornos de fuego bajo, normalmente por soldadura de varias tiras, que se endurecían en la forja por martillado. El acero de las armas de los celtíberos se obtenía golpeando en frío el acero, sin golpes fuertes ni martillos grandes, lo que le confería una excelente calidad, dado que se podía doblar una espada como un arco y volver a su estado sin deformarse. También parece ser que las piezas forjadas se enterraban durante un tiempo, y con posterioridad se desenterraban y e volvían a forjar otra vez, eliminando de este modo todas las impurezas. Las armas así obtenidas, según los autores latinos, cortaban todo lo que se ponía en su camino, carne, escudos o cascos de bronce, por lo que los romanos, en sus guerras de conquista de la Península Ibérica tuvieron que reforzar los extremos de sus escudos, e incluso adoptaron la espada hispana, llamándola gladius hispaniensis.

Gladius hispaniensis

Estas espadas se llevarían prendidas de un cinturón, en vainas normalmente metálicas, primero de bronce y después de hierro, normalmente decoradas y acabadas en una bola o una media luna. Este armamento refleja la forma de combate de estos pueblos, donde parece que primaría la confrontación individual sobre las formaciones cerradas, muy diferente al de las culturas a las que se enfrentaron, como el sistema de falanges griegas o las técnicas de las legiones romanas.


Fuente:
Los celtas: la Europa del hierro y la Península Ibérica - Pedro Damián Cano Borrego


6 de mayo de 2010

El mundo mágico de los celtas

El mundo mágico de hadas y héroes legendarios se nos ofrece ante nuestros ojos a través de las leyendas célticas. Muchas se han perdido con el paso de los siglos, pero otras, transmitidas de padres a hijos, primero en celta, su lengua natural, y más tarde transvasadas a otras lenguas han podido llegar hasta nosotros. El mundo celta, profundamente religioso, se ha sentido siempre impresionado por el más allá, y lo sobrenatural ocupa un lugar muy importante en sus tradiciones. A través de los años, realidad y fantasía son la mayoría de las veces difícilmente separables. La misma naturaleza se nos presentará muchas veces como una fuerza sobrenatural destructora y todopoderosa: tal es el caso del mar que arrebata de la tierra todo lo que le pertenece. En una isla como es Irlanda con un clima tan peculiar y considerada durante muchos siglos el lugar más inhóspito y alejado del mundo occidental, no es de extrañar que el miedo a lo desconocido se mantenga entre la solitaria y sencilla gente del campo. Los irlandeses son supersticiosos por naturaleza, y pese a su fe cristiana no han dejado de causar en ellos una profunda impresión los hechos acontecidos en el pasado. Los celtas, que invaden Irlanda aproximadamente en el año 500 a.C. llegan en diferentes oleadas y de lugares muy distintos. Unos vienen de la Galia a través de Inglaterra. Otros, por el contrario, del norte de España. Ambos grupos llevan con ellos su propia lengua y cultura. Sin ningún contacto con la invasión romana de Gran Bretaña, Irlanda vivirá aislada desarrollando una cultura propia hasta el siglo V, durante el que se cristianiza la isla. En general, en cada lugar de Europa los celtas tenían unos dioses propios, existían dioses de la guerra como Irbin y Bran; el dios de las tinieblas, Banshea; de la caza, etc. En Irlanda existen héroes y reyes mitológicos, mitad hombres y mitad dioses que viven con los seres humanos y están sujetos a la muerte. Estas figuras mitológicas hoy se consideran totalmente irreales, lo mismo que los dragones y monstruos medievales, pero en aquellos tiempos vivían dentro del alma del pueblo y se temía verlos aparecer a la vuelta de un camino, en una noche de tempestad. A finales del siglo XIX, un grupo de entusiastas capturados por el "embrujo" irlandés intenta crear una literatura auténticamente irlandesa y aparece el deseo de glorificar todo lo irlandés. El mundo de héroes invencibles, de princesas encantadas, de hadas y reyes todopoderosos resurge en el siglo XX y hace vibrar a un pueblo que ve resurgir de las cenizas un pasado glorioso lleno de misterio y encanto. Este mundo ha llegado a nosotros en cientos de leyendas y algunas datan del siglo VIII. En España la huella celta se encuentra mucho más difuminada, puesto que la lengua celta desapareció de la península hace muchos siglos. No obstante, especialmente en el norte, existen una serie de tradiciones y leyendas que han sido transmitidas de generación en generación, y muchas de ellas tienen un gran parecido con las gaélicas irlandesas. Las leyendas celtas nos sumergen en un mundo mágico, en el que los mortales conviven con los dioses y las fuerzas sobrenaturales de la naturaleza se dejan sentir con fuerza determinando muchas veces el destino de los protagonistas. Fuente:

  • La huella celta en España e Irlanda - Ramón Sainero Sánchez

6 de octubre de 2009

Celtiberia

Parece ser que llegó a haber un centenar de tribus distintas en la península que los fenicios llabaron 'Ispan', los griegos 'Iberia' o los romanos 'Hispania'. No sabemos si aquellos pueblos tenían un nombre para este extenso territorio, aunque, dado la poca propensión que tenían a uniones más allá de las meramente tribales, es fácil suponer que no. No todos los historiadores se muestran de acuerdo a la hora de llamar 'celtas' a todos estos pueblos, aunque sí que pertenecían a la gran familia indoeuropea, por lo que los más antiguos podrían ser denominados 'proto-celtas'. Así que, a falta de información más precisa se les llama celtas o mejor 'celtíberos', por las connotaciones diferenciadas que estas comunidades tuvieron respecto a otros pueblos célticos de Europa. Desde las remotas raíces y a los largo de siglos fueron entrando a través de los pasos de los Pirineos. Incluso hubo una migración de galos en un tiempo tan tardío como el de Julio César. No es posible establecer el orden de llegada ni el nivel de mestizaje que unos y otros alcanzaron con los pueblos íberos o los célticos anteriormente establecidos. Es obvio que la forma de vida se tuvo que alterar considerablemente, sobre todo la de aquellos que se vieron desplazados o los que debieron continuar su migración hacia lugares más inhóspitos donde tuvieron que adaptarse a una vida muy dura. Sí se sabe que la llegada de los pueblos célticos al valle del Duero supuso cambios radicales en la forma de vida de la Península Ibérica, ya que el intenso comercio entre norte y sur se interrumpió. Las últimas oleadas celtas necesitaban los minerales que salían de las minas del norte tanto para sus armas, como sus herramientas o sus joyas. El hierro supuso un gran paso frente al bronce, no sólo por su dureza sino porque no precisaba mezclar elementos de dos minas distintas, que además no solían estar en el mismo territorio. Los turdetanos, sucesores de la antigua civilización de Tartessos, y sobre todo los mercaderes fenicios fueron los más perjudicados, tras siglos de mantener una rutina comercial con las tribus del norte desde sus ciudades y puertos del sur sin demasiados sobresaltos. La que después se llamó 'Vía de la Plata' (que unía el norte y el sur de la península) fue un camino muy transitado desde mucho antes de que llegasen los romanos, que la pavimentaron y la renombraron. Las tribus celtibéricas basaban su economía en la agricultura y la ganadería. Al parecer, la excepción estuvo en los vettones, que eran el pueblo más imbuido en la vida guerrera que suele considerarse como el prototipo celta. Fueron algo así como los mafiosos de la época: defendían de enemigos reales o imaginarios a los poblados de pastores y agricultores a cambio de que los mantuviesen. Actualmente pueden encontrarse sus restos en la provincia de Ávila, como los castros de las Cogotas, Ulaca o El Raso, y una de las mayores necrópolis celtas de Europa. Los vacceos ocuparon grandes extensiones de este territorio y eran un pueblo muy especial, que en muchos aspectos recuerdan a los celtas de la cultura Hallsttat. Básicamente agricultores y ganaderos pero no guerreros. Para las funciones defensivas rutinarias utilizaban mercenarios de tribus vettonas, con las que mantenían buenas relaciones comerciales basadas en sus abundantes cosechas. Estaban regidos por un Consejo de Ancianos que repartía entre sus habitantes las tierras de cultivo comunales y los animales que debían cuidar durante un tiempo determinado. Parece ser que de los campos se ocupaban las mujeres, mientras que a los hombres correspondía el cuidado de los animales. Los cereales eran mantenidos en una especie de silos fortificados cuya defensa corrspondía a todos. En las viejas leyendas se cita la importancia del ganado en la Península Ibérica, con los toros rojos de Gerión, robados por Herakles. Por eso, no resulta muy arriesgado suponer que las rutas transhumantes ya estaban establecidas cuando llegaron las primeras oleadas celtas que se asentaron en la meseta castellana. La mezcla de culturas y la importancia del ganado también se manifestó en los 'verracos', figuras zoomorfas muy esquemáticas y con pocas intenciones figurativas, muy alejadas del estilo practicado por los íberos en aquellos tiempos. Son de una sola pieza de granito, incluida la peana. Estos verracos están fechados en torno al siglo V y IV a.C., y se les ha encontrado al lado de ríos y manantiales o en las cañadas por donde pasaba el ganado, por lo que bien pudieran ser una forma de señalizar o delimitar los lugares considerados sagrados, tal vez donde los pastores encontraban una especie de santuario donde no podían ser asaltados por bandoleros de otras tribus. Sin duda han desaparecido muchos a lo largo del tiempo, pero aún se pueden ver magníficos ejemplares en Guisando, El Tiemblo o Ávila (Fuente consultada: Breve historia de los celtas - Manuel Velasco)

13 de septiembre de 2009

¿De dónde vienen los celtas?

La primera vez que el término 'celta' fue acuñado con propiedad en algún anal escrito que haya sobrevivido hasta hoy fue por obra de Heródoto (siglo V a.C.), quien localizó el dominio inicial de los celtas en el Danubio. Además, los ubicó en la Península Ibérica, más allá de las columnas de Hércules; de hecho, se pudo designar a la parte sudoccidental de la Península Ibérica con el apelativo de keltike. Más adelante, Estrabón (siglo I a.C.) nos habla de un pueblo que se conoce en Grecia como keltoi, es decir, celtas, refiriéndose a ellos como el pueblo gálata, relacionado con el pueblo galo, llamado celtae por los antiguos. Sin haberse llevado a cabo estudios etnológicos concretos, hoy en día es difícil hablar de una raza celta única como tal; más bien parece que debiera hablarse de un mosaico de pueblos que a veces actuaban en régimen de federación y que compartían unos modos de vida similares en un momento histórico concreto. Parece probado que el origen de la cultura celta se situó en las riberas del alto Danubio, alrededor del primer milenio antes de Cristo, tal y como sugirió Heródoto. Los pueblos que ostentaban dichas particularidades culturales, características del mundo celta, se expandieron rápidamente hacia Centroeuropa, desde donde a lo largo de sucesivas migraciones, se fueron irradiando las constantes de la cultura céltica hacia el sur de Dinamarca, el oeste de Alemania, Bélgica, el centro y norte de Francia, la Península Ibérica y las islas Británicas. Dentro del ámbito de estas migraciones, hubo una muy importante que llevó a los gálatas hacia Oriente; concretamente, hasta la región del norte de Frigia (Asia Menor), territorio que ocuparon alrededor del siglo II a.C., donde continuaron manteniendo su lengua, cultura y costumbres hasta bien entrado el siglo IV a.C., de acuerdo con el testimonio de San Jerónimo. La aparición en Centroeuropa de la denominada 'cultura de los campos de urnas', entre los años 900 y 700 a.C. puede considerarse como un anticipo de la posterior eclosión de la cultura céltica en Europa, pues los hallazgos arqueológicos de restos de enterramientos crematorios asociados a objetos y armas diversas así inducen a pensar. Dos fueron las oleadas principales que jalonaron la cultura celta a lo largo de su historia: correspondieron, respectivamente, a la cultura de Hallstatt (650-500 a.C.), en Austria, y a la cultura de La Tène (400-100 a.C.) localizada en Francia. De esta última época data el saqueo de Roma por parte de los galos como muestra de poder. Sin embargo, dos siglos más tarde, los testimonios sobre el mundo celta como organización política y social de relevancia se apagan casi por completo, dejando paso a otros poderes emergentes: el romano y el teutón en el oeste de Europa, con los que siempre estuvo en conflicto, y el eslavo en el este europeo. (Fuente consultada: Historia breve de las islas británicas - Javier Romero Cambra)

27 de julio de 2009

Los santuarios celtas

La sociedad celta era de carácter tribal y aristocrático. Los grupos más importantes de la población eran los sacerdotes (druidas) y los guerreros; a los demás apenas se les concedía importancia. Los sacerdotes celtas no ponían por escrito sus conocimientos. Ello obedecía a un propósito deliberado por su parte; querían de este modo evitar que su sistema de enseñanza se divulgara entre la gente común. Como consecuencia de esta actitud no contamos con fuentes directas para el conocimiento de la religión que practicaban los celtas. Muchos de los datos disponibles son meras deducciones y presentan numerosas lagunas. A pesar de todo, y a juzgar por lo poco que se sabe de ellos, se puede afirmar que los celtas se tomaban muy en serio su religión. Hay escasos indicios de que el primitivo mundo celta contara con templos al estilo clásico. Sin embargo, las últimas excavaciones parecen sugerir que existían más construcciones de las que se suponía. De ahí se deduce que en los diversos países celtas había edificios bastante sólidos dedicados a la función de santuarios. Consistían en terraplenes y fosos de tierra, que en algunos casos cercaban unas plataformas sacrificiales pavimentadas de losas y con pozos rituales donde se depositaban ofrendas, huesos, cerámica y otros objetos. Uno de estos santuarios se halla situado en Libenice (República Checa). Otras construcciones por el estilo, consistentes en silos o pozos, que a veces alcanzan gran profundidad, rellenos de ofrendas y objetos de culto de muy diversos géneros, van apareciendo constantemente en todo el mundo celta. Sólo en el sur de Francia hay restos de templos construidos en piedra, de estilo mediterráneo, pero este tipo de construcción es esencialmente ajeno a los celtas. En general, los santuarios de los celtas parecen haber consistido en pequeños terraplenes, con profundos pozos a cuyo alrededor se desarrollaban las ceremonias, y en emplazamientos naturales cuyo uso prolongado les confería carácter sagrado. Más tarde, bajo el influjo de Roma, se construyeron templos dobles en piedra en los que eran venerados conjuntamente los dioses celtas y romanos, cuyas imágenes y dedicatorias se hacían ya en estilo clásico. (Fuente consultada: Diccionario de religiones comparadas - S G F Brandon)

15 de junio de 2009

Boudicca, la reina guerrera

Aunque la sociedad celta era patriarcal y guerrera, las mujeres gozaban de un margen de libertad bastante amplio en comparación con otros pueblos. Poseían derechos como el de heredar y administrar los bienes de sus padres y maridos. Los celtas de Gran Bretaña tuvieron dinastías de sucesión femenina, como en el caso de Boudicca (o Boadicea), reina de los icenos, pequeña tribu que ocupaba el actual territorio de Norfolk, al norte de Londres. Boudicca era la esposa del rey de los icenos, Prasugatos, que era aliado de Roma. Y como solía ocurrir con los aliados, había sido forzado a declarar al emperador romano (en este caso Nerón) heredero de sus tierras, conjuntamente con sus dos hijas. A cambio de esto, los icenos se habían librado de ataques y destrucción. Pero a la muerte de Prasugatos los romanos no respetaron el tratado. Se apropiaron del territorio iceno, ya que Roma no reconocía a las mujeres derechos hereditarios. Boudicca, la viuda del rey, pretendía que se mantuviese el pacto firmado por su difunto esposo, por lo que provocó un levantamiento ante el que los romanos reaccionaron con toda la brutalidad de la que fueron capaces: azotando a la reina y violando a sus hijas. Los jefes icenos fueron desprovistos de sus derechos y esclavizados. Las tierras fueron asoladas y el ganado sacrificado. Estos actos tan infames hicieron que muchas tribus tomaran sus armas. Corría el año 60. Boudicca encabezaba a los suyos subida en su carro de guerra, llevando tras ella a otras tribus vecinas. Llevaba el estandarte con el símbolo sagrado de Andrasta, diosa de la victoria: una liebre con la luna llena. Al mando de su ejército hace gala de su apodo: "La Victoriosa". Atacó y arrasó las principales ciudades romanas en territorio británico, derrotando a la Legión Hispana, masacrando a sus habitantes y sacrificando a la diosa Andrasta los supervivientes. No hubo piedad. No hubo prisioneros. Todo el odio retenido se descargó contra el invasor y sus colaboradores. La visión de Boudicca en su carro de guerra, con su pelo flamígero ondeando al viento, y tal vez con el busto al aire teñido de azul, debía ser terrible. De todas formas, no era la primera vez que los romanos veían a una mujer de armas tomar, ya que algunos de sus historiadores lo habían reflejado en sus escritos. Según Estrabón, "una mujer celta enfadada es capaz de partir avellanas con un chasquido de sus dedos". Y Amnianus Marcellinus nos cuenta que "si un galo está en peligro, su mujer acude en su ayuda, hincha su cuello, rechinan sus dientes, agita sus pálidos brazos en el aire y da golpes como si fuera una bestia desbocada". Para combatir a Boudicca, Suetonio reunió dos legiones, en total unos diez mil hombres. Ambos bandos se entregaron a la lucha con todo su ardor, pero la disciplina y el orden de los legionarios romanos pudo con la fuerza bruta de los celtas. Boudicca, viendo que su huida no era posible, decidió poner fin a su vida. ¿Qué no hubieran sido capaces de hacer con ella en caso de encontrarla viva? (Fuente consultada: Breve historia de los celtas - Manuel Velasco)

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