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22 de noviembre de 2018

La masacre de Badajoz

Durante la Guerra Civil, en toda la campaña extremeña el uso del terror por parte de las columnas africanas a las órdenes de los mandos golpistas fue la tónica habitual. No era raro que no se hiciesen prisioneros, que se rematase a los heridos, que se les cortasen las orejas, los genitales e incluso las cabezas para exhibirlas después como botín de guerra. En el fondo, no hacían otra cosa que seguir las recomendaciones del general Mola, cuando indicaba la necesidad de extender el terror entre la población civil.

Las tropas comandadas por el general Yagüe se dirigieron aceleradamente a Badajoz, que estaba llena de refugiados y que no cesaba de ser bombardeada por la aviación alemana. Desde las primeras horas del día 14 de agosto de 1936, la ciudad sufría un durísimo castigo por parte de la artillería, al tiempo que muchos oficiales encargados de las defensas republicanas las boicoteaban o, simplemente, desertaban, facilitando la entrada de las tropas franquistas. Alrededor del mediodía, los feroces ataques lograron horadar una parte de las murallas de la ciudad por donde penetraron moros y legionarios, disparando a todo aquel que encontraban a su paso y alcanzando en poco tiempo el centro de la ciudad.

Un grupo de milicianos republicanos pretendió hacerse fuerte en la catedral, pero fue fulminantemente arrasado. Las fuerzas ocupantes y los falangistas emboscados hasta entonces en la ciudad se lanzaron a una orgía de saqueos de comercios y viviendas, en su mayoría pertenecientes a los mismos derechistas que habían «liberado». Arrasaron con todo lo que pudieron y cargaron con el botín por unas calles sembradas de cadáveres y cubiertas de sangre.
Plaza de toros de Badajoz, 15 de agosto de 1936
Cientos de prisioneros fueron conducidos a la plaza de toros para ir siendo ejecutados en masa. Al caer la noche, bandas de soldados moros, legionarios y falangistas siguieron saqueando las viviendas de los trabajadores, violando a las mujeres, deteniendo a todos los hombres. Y en la plaza de toros siguió la matanza indiscriminada mientras aumentaba el número de prisioneros en días sucesivos, habiendo de habilitarse improvisadamente varios campos de concentración.

Cuando, a los tres días, Yagüe abandonó Badajoz, la ciudad se encontraba en buena medida «pacificada», pero durante meses continuaron las delaciones, las detenciones y los fusilamientos, que pasaron a hacerse directamente en el cementerio.

Badajoz quedó muy postrada tras su «liberación», tal como comunicaba a Franco el nuevo comandante militar de la plaza:
«La moral pública estaba abatida. Para levantarla he organizado un desfile, unas manifestaciones y gran propaganda, pero son poco sensibles y el susto no se les acaba de salir del cuerpo».
Simultáneamente, se organizaron batidas por los alrededores de la ciudad, para la caza y captura de los muchos huidos que merodeaban por los campos, muchos de los cuales habían sido devueltos desde Portugal.

La prensa internacional enseguida se hizo eco de los sucesos acaecidos en Badajoz. El periodista portugués Mário Neves, del Diário de Lisboa, regresó a Lisboa horrorizado por el espectáculo del que había sido testigo, y se juró no volver jamás a Badajoz (aunque regresó en los años 80 para grabar un documental sobre estos hechos). Neves informa en su crónica:
«Escenas de horror y desolación en la ciudad conquistada por los rebeldes».

«Durante toda la jornada, se produjeron asesinatos por las calles de la ciudad, sobre todo a cargo de legionarios marroquiés. El mismo día 14, Yagüe ordenó el confinamiento de todos los prisioneros -la mayoría civiles- en la plaza de toros».
El 15 de agosto, el enviado de Le Temps, Jacques Berthet, enviaba su crónica:
«…alrededor de mil doscientas personas han sido fusiladas (…) Hemos visto las aceras de la Comandancia Militar empapadas de sangre (…) Los arrestos y las ejecuciones en masa continúan en la Plaza de Toros. Las calles de la ciudad están acribilladas de balas, cubiertas de vidrios, de tejas y de cadáveres abandonados. Sólo en la calle de San Juan hay trescientos cuerpos (…)».
El 18 de agosto, Le Populaire publicaba:
«Elvas, 17 de agosto. Durante toda la tarde de ayer y toda la mañana de hoy continúan las ejecuciones en masa en Badajoz. Se estima que el número de personas ejecutadas sobrepasa ya los mil quinientos. Entre las víctimas excepcionales figuran varios oficiales que defendieron la ciudad contra la entrada de los rebeldes: el coronel Cantero, el comandante Alonso, el capitán Almendro, el teniente Vega y un cierto número de suboficiales y soldados. Al mismo tiempo, y por decenas, han sido fusilados los civiles cerca de las arenas».
El martes 18 de agosto, el Premio Nobel de Literatura francés François Mauriac, publicó en primera plana de Le Figaro un artículo sobre los sucesos de Badajoz que conmocionó a Europa.


Fusilamientos en masa junto al cementerio de Badajoz


Fuentes:

* Enrique González Duro. "Las Rapadas". Ed. Siglo XXI, 2012
* https://kaosenlared.net/la-matanza-de-badajoz-un-ano-mas-contra-el-olvido-y-la-memoria


7 de noviembre de 2018

La tragedia del Cabo Machicaco

En noviembre de 1893, un incendio en el barco de vapor Cabo Machichaco, atracado Santander, provocó la mayor catástrofe civil del siglo XIX español, con cerca de seiscientos muertos y alrededor de dos mil heridos.

El barco fue construido en 1882 en un astillero de la ciudad inglesa de Newcastle. Era majestuoso, con un pesado casco de hierro, y de grandes dimensiones: más de 78 metros de eslora y 10 metros de manga y, sobre todo, muy rápido, ya que podía alcanzar una velocidad de ocho nudos. Tres años más tarde el buque fue adquirido por la compañía Ybarra. Su función era el transporte de mercancías entre Bilbao y Sevilla, con escala en el puerto de Santander. De este modo, el 24 de octubre de 1893 el Cabo Machichaco partió del puerto de Bilbao rumbo a Santander, donde llegó tras una travesía de aproximadamente seis horas.

Llevaba 1.616 toneladas de carga, repartidas entre barras de hierro, lingotes, cubos de hierro, clavos, raíles, hojalata, así como cantidades nada desdeñables de harina, vino, papel, tabaco, madera, licores, aceite.... Y lo más peligroso: 12 toneladas de ácido sulfúrico en toneles de vidrio y 1.720 cajas de dinamita, cuyo peso neto se estima en unas 43 toneladas. Al llevar las bodegas repletas, el capitán había decidido estibar las garrafas de ácido sulfúrico en la misma cubierta del barco.

El buque debía cumplir unos días de cuarentena ya que había una epidemia de cólera en Bilbao, por lo que al llegar a Santander las autoridades portuarias lo enviaron a fondear al final de la bahía, frente al lazareto de Pedrosa. Pero sin llegar a completar la cuarentena las autoridades del lazareto se dieron por satisfechas, autorizando al Cabo Machichaco a acercarse a la ciudad de Santander para descargar. Oficialmente, existía un reglamento según el cual un barco que transportara material explosivo debía declararlo ante las autoridades, pero, en este caso, parece ser que no se hizo.

El viernes 3 de noviembre fue un día soleado que invitaba a pasear a las familias burguesas de la ciudad. Hacia las 13:30 horas se hizo visible una columna de humo. Unas versiones afirman que fue provocado por una de las garrafas de ácido sulfúrico estibadas en la cubierta, en tanto que otros escribieron que se inició en una sentina de la bodega nº 2 de proa. Lo cierto es que al darse la alarma rápidamente se desplazaron al barco los escasos medios contra incendios del puerto: el remolcador Santander, los carruajes a caballo que llevaban cisternas con agua, el ganguil (barcaza) San Emeterio y la lancha Julieta. También acudieron los oficiales y tripulaciones de varios barcos españoles y extranjeros atracados en el muelle o fondeados cerca. El que más personal aportó fue el vapor Alfonso XIII.


El espectáculo del gran barco ardiendo y las labores contra incendios motivaron que numeroso público se acercase a ver qué ocurría; también se aproximaron la práctica totalidad de las autoridades de la ciudad. Al cabo de un rato se comunicó que entre la carga había explosivos, lo que hizo que cundiera el pánico entre los centenares de curiosos que miraban el espectáculo. Pero al ver que las autoridades permanecían en el barco y en sus inmediaciones, los curiosos regresaron al muelle para continuar contemplando las labores de auxilio.

Hacia las cuatro de la tarde, y ante la imposibilidad de sofocar el fuego, se decidió hundir el buque. Para ello se colocó al costado del Cabo Machichaco al remolcador Santander. Desde allí se golpeó el casco metálico hasta provocar una vía de agua, comenzando a hundirse la nave hacia las 16:30 horas. Pero unos minutos después explotaba la proa del navío. La mezcla de dinamita con ácido sulfúrico provocó una descomunal explosión, que lanzó como metralla las piezas de hierro, cartuchos de rifle y toda clase de piezas del barco. La práctica totalidad de las autoridades de la ciudad, así como decenas de marinos de los barcos perecieron, encontrándose algunos de sus miembros despedazados a kilómetros de distancia.

La tromba de agua provocada por la explosión del Cabo Machichaco arrastró al mar al gentío que estaba en el muelle, pereciendo unos ahogados y otros masacrados por la metralla. Unos pocos pudieron ser rescatados del agua por embarcaciones. Familias enteras murieron. El balance final fueron 590 muertos, así como más de 500 heridos (otras crónicas elevan los heridos a 2000). Si se tiene en cuenta que la población de Santander era de unas 50.000 personas, el 2% resultó muerto o herido por la explosión del Cabo Machichaco. Todas las calles adyacentes resultaron arrasadas. La potencia de la explosión fue de una magnitud tal, que se llegaron a encontrar grandes piezas del barco hasta a ocho kilómetros de distancia y una ermita románica situada a varios kilómetros llegó a derrumbarse. La tragedia provocó una enorme ola de solidaridad entre una población que había perdido a prácticamente todas las autoridades civiles y militares, siendo la iniciativa ciudadana la que organizó los auxilios.

Dado que la dinamita estibada en popa no había explosionado, en las siguientes semanas se procedió a desguazar la superestructura que había resistido tras la explosión del Cabo Machichaco. Se procedió a desmontar el barco hundido, que se apoyaba en el muelle. Pero el 21 de marzo de 1894 hubo una segunda explosión entre los restos de la popa, falleciendo 15 operarios que se encontraban allí trabajando. Unos días después, el 29 de marzo, los responsables decidieron explosionar lo que quedaba del buque ‘maldito’ para evitar que se produjesen más muertes entre los que trataban de vaciar sus contenidos. Dado que no había ya edificaciones cerca, poco daño causaría una explosión más, esta vez, controlada.

La tragedia de la explosión del Cabo Machichaco se considera la mayor acaecida en España en el siglo XIX.


Fuentes:
* espanafascinante.com/leyenda-de-espana/leyendas-de-cantabria/la-gran-explosion-del-cabo-machichaco
* www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-contemporanea/explosion-del-cabo-machichaco


1 de mayo de 2018

El movimiento obrero en España

El movimiento obrero surge de la Revolución industrial como consecuencia de la falta de derechos que los trabajadores tenían en las fábricas. La lucha de los obreros contra situaciones de injusticia fue el germen del futuro movimiento obrero que se concretará en la asociación de campesinos y obreros con el fin de conseguir una mejora de su situación mediante la actividad política y social. El proletariado industrial será el impulsor del movimiento obrero organizado.

Durante la primera etapa de la industrialización, los empresarios tenían plena libertad para fijar las condiciones laborales de sus trabajadores. Los salarios eran tan bajos que no alcanzaban para una vivienda digna o para poder subsistir todos los miembros de una familia. Si por enfermedad, accidente o despido perdían su empleo, no existía ningún tipo de subsidio público para estos casos.

Se inició en Inglaterra. Cuando surgió la revolución industrial una de las primeras consecuencias fue la creación de fábricas en las que se buscaba rentabilizar al máximo la producción, por lo que había un exceso de mano de obra disponible para trabajar. Al no existir todavía ningún tipo de legislación que regulase la actividad industrial, los trabajadores se veían obligados a realizar unas jornadas de trabajo de más de doce horas, los niños también trabajaban y, además, eran unos de los objetivos más atractivos para los empresarios porque sus salarios eran sustancialmente inferiores a los de los adultos.

Una de las primeras reacciones contra este mercantilismo fue la destrucción de máquinas, a las que se responsabilizaba de la pérdida de la capacidad adquisitiva del pequeño artesano y las hacían culpables del paro. La máquina simbolizaba todo aquello que el trabajador rechazaba y su destrucción era un buen modo de presionar a los empresarios.

Quizá el concepto más significativo en el que se basó el crecimiento del movimiento obrero organizado fue la lucha de clases. Esta supuso la toma de conciencia de los trabajadores de que pertenecen a una clase social diferente que sus patronos y que para mejorar su situación el camino más adecuado era el de la lucha. Sin duda, la principal arma obrera en esta lucha de clases ha sido la huelga.


En España, donde la industrialización se produjo más tarde que en otros países, las primeras acciones obreras tuvieron lugar en Barcelona en 1823, cuando –según la prensa de la época– «grupos de sediciosos saquearon los almacenes de los hacendados y de los comerciantes». Surgieron así enfrentamientos entre obreros y patronos de nuevo en 1827 y 1831 con motivo de los salarios del tiraje de piezas textiles.

El 6 de agosto de 1835, la fábrica de telas «Bonaplata y Compañía» y «El vapor» fueron incendiadas en Barcelona. Al día siguiente fue ejecutado el obrero Pardiñas como presunto autor del incendio y el 11 de agosto tres obreros más. A partir de 1838 los obreros comenzaron a asociarse y acudieron al Capitán General de Cataluña, representante de la Comisión de Fábricas, pidiéndole autorización para asociarse. Los patronos estaban asociados desde 1833 en dicha Comisión de Fábrica, pero los obreros no obtuvieron la autorización solicitada.


EL 28 de febrero de 1839, el Gobierno concedió la autorización de sociedades mutualistas y cooperativas, aunque dejaba a los dirigentes políticos regionales su reconocimiento. Se fundó, en 1839, una «Sociedad de Tejedores del algodón», no tolerada. El 17 de marzo de 1840, bajo la inspiración del tejedor Juan Munts, se fundó la «Asociación mutua de obreros de la industria algodonera». Ambas asociaciones, en realidad eran la misma con dos caras. La primera efectuaba la resistencia activa; la segunda era una pura mutualidad. Se apoyaba en el Decreto de 1839 según el cual fueron reconocidas por el Gobierno Civil, que el 25 de mayo de 1840 prohibió las reuniones obreras fomentadoras del asociacionismo.

Sin embargo, continuaron su actividad las asociaciones obreras clandestinamente y obligaran a la patronal a reunirse con los representantes obreros en un comité paritario. El 6 de enero de 1841 el Regente, general Espartero, a instancia de los patrones catalanes disolvió las asociaciones obreras. Los obreros continuaron actuando en la clandestinidad, hasta que las autoridades catalanas publicaron un Decreto autorizando las sociedades mutualistas de los trabajadores. Pero el 9 de diciembre de 1841 el Gobierno dictó una segunda orden de disolución de la «Sociedad de Tejedores del algodón». De la firme resolución de los trabajadores es buena muestra el Manifiesto que se publicó contra esta segunda disolución:
«Tejedores y demás jornaleros asociados, no os dejéis sorprender. Nuestra Asociación no necesita de la aprobación ni de la reprobación de nadie; con los derechos que nos concede la naturaleza y la ley, tenemos bastante, y los que digan lo contrario son los perturbadores. Por consiguiente, nuestra asociación es un acto voluntario y recíproco que no está sujeto a disolución. Mucha firmeza y mucho silencio es lo que debemos guardar y vengan decretos.»
Los acontecimientos revolucionarios de diciembre de 1842 dieron pie a que el Gobernador Civil de Barcelona dictara una orden disolviendo la «Sociedad de Tejedores», bajo cualquier modalidad o denominación que presentara, fuera pública o clandestina. Esta suspensión tampoco consiguió acabar con la asociación, cuyo núcleo dirigente se respaldaba en la cooperativa «Compañía Fabril de Tejedores de Algodón», en cuya dirección seguía Juan Munts. Sin embargo, los sucesos de 1843, asestaron un golpe fatal a la asociación y supusieron un debilitamiento del movimiento obrero que no volvió a resurgir hasta 1854.

Esta lucha por el derecho de asociación de la clase obrera no sólo se dio en Barcelona, sino en toda la Cataluña textil. De 1844 a 1854 la actividad asociacionista se desarrolló en plena clandestinidad y, a pesar de la represión, continuaron los conflictos laborales, como lo demuestran las circulares de los gobernadores civiles de 23 de febrero de 1850, la de 1851 y la resolución de 1853 prohibiendo las asociaciones obreras. En 1850, en Igualada, los tejedores a mano presentaron la primera reivindicación colectiva a los patronos del gremio. En 1854 la colocación de numerosas máquinas automáticas produjo numerosas huelgas organizadas por comisiones de trabajadores. En 1854 apareció en Barcelona la primera Confederación de Sociedades Obreras de España. Su denominación fue «Unión de clases».


En 1855 comenzó la primera Huelga General en España. La motivación fue la orden cursada por el Capitán General, general Zapatero, el 24 de julio, disolviendo las asociaciones obreras ilegales y poniendo bajo el control militar todas las asociaciones de socorros mutuos permitidas. Asimismo se sometía a la ley marcial a «todo el que directa o indirectamente se propasase a coartar la voluntad de otro para que abra sus fábricas o concurra trabajar en ellas si no accede a las exigencias que colectivamente se pretenda imponer». La huelga general que duró del 2 de julio al 11 del mismo mes fue masivamente seguida. El lema de la huelga era «asociación o muerte». Además de la libertad de asociación, se pedía la reducción de la jornada de trabajo y el aumento del salario. La «Unión de clases» publicó un Manifiesto en el que, dirigiéndose a la clase obrera de Cataluña, se la exhortaba a sumarse a la acción huelguística. Se envió una comisión de trabajadores a Madrid para entrevistase con el Regente, general Espartero, y conseguir el reconocimiento del derecho de asociación. El general Espartero no recibió a la Comisión. Entretanto, en Barcelona la autoridad militar aplicaba severas sanciones: entre ellas prisión, deportación, castigos corporales y amenazas de pena de muerte. El 8 de julio la fragata «Julia» zarpó con rumbo a La Habana con 70 militantes obreros deportados. El día 9 de julio Barcelona fue tomada militarmente y el general Espartero envió a su ayudante, Sanabria, con un documento lleno de vagas promesas. La huelga general se extinguió el 11 de julio.

Simultáneamente con el movimiento obrero industrial comenzó a desarrollarse en algunas regiones españolas el movimiento obrero campesino. Su principal historiador –Díaz del Moral– hablaba de «un socialismo indígena» en el campo andaluz y decía que «ese socialismo era una vaga tendencia de pobres contra ricos». Socialismo vino a significar, para unos y para otros, el reparto de la propiedad de los primeros entre los segundos. Ser socialista valía tanto como aspirar al reparto. En ese sentido, se puede hablar de movimiento obrero campesino en esa época, pues aunque revueltas y sublevaciones campesinas ha habido muchas a lo largo de la historia, a principios del siglo XIX tenían ya un cierto sentido socialista.


Fuentes:
* https://biombohistorico.blogspot.com.es/2014/10/los-inicios-del-movimiento-obrero-en-la.html
* http://www.nodulo.org/ec/2006/n052p06.htm
* http://ocw.innova.uned.es/epica/his_contempo/contenidos/html/unidad2/unidad002.html
* https://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/el-movimiento-obrero-origen-ludismo-sindicatos-y-cartismo


15 de abril de 2018

Libro: Fernando VII. Un rey deseado y detestado (Emilio La Parra)

Fernando VII (1784-1833) ha sido considerado uno de los monarcas más nefastos de la historia de España, tanto por su carácter, muy influenciable, determinado por su doblez y desconfianza hacia todo y hacia todos, como por sus actuaciones. Autoritario y cruel, ejerció un acusado poder personal y reprimió toda disidencia. Entre otras consecuencias, ello supuso la pérdida de casi la totalidad de las colonias americanas y el declive de España como potencia internacional.

Basado en múltiples fuentes y documentos, en los relatos de la época y en las interpretaciones de la historiografía actual, Fernando VII. Un rey deseado y detestado traza la biografía de este contradictorio monarca, mitificado por algunos de sus contemporáneos, que lo convirtieron en el rey virtuoso e inocente, y detestado al mismo tiempo por casi todos. Su reinado marcó el final de una época y el inicio de la política moderna en España.

25 de enero de 2018

La Primera República española

El primer proyecto republicano en la historia de España se desarrolla en un periodo corto de tiempo, pues tan solo estuvo vigente durante once meses, entre los años 1873 y 1874, dentro de una etapa conocida como el Sexenio Democrático.

Los antecedentes a esta Primera República española hay que buscarlos en el reinado de Isabel II (1868). Tras su destronamiento empezaron a aflorar los primeros ideales republicanos, debido al desgaste de la monarquía. Amadeo de Saboya fue el elegido para llevar las riendas del Estado. Sin embargo, su mala gestión provocó su abdicación en 1873, año en el que acabó proclamándose la Primera República Española.

Proclamación de la Primera República Española

Fueron cuatro los presidentes del Estado durante estos pocos meses, lo que corrobora la inestabilidad política del momento. Pero de los cuatro, solo dos intentaron realizar algún cambio importante para el país: Estanislao Figueras y Francisco Pi i Margall.

Figueras apenas contó con apoyos sociales, ni por parte de la burguesía, que tan solo quería una democratización sin cambios drásticos, ni por parte de los obreros y campesinos, que reclamaban un mejor reparto de tierras y reducciones en sus jornadas laborales. Así, fueron numerosas las revueltas de campesinos en Andalucía y las movilizaciones populares en Cataluña.

A nivel internacional, solo Estados Unidos reconoció este nuevo régimen político, por lo que se podría afirmar que la República, ya desde su aparición, estaba llamada al fracaso. Así las cosas, Estanislao Figueras dimite pasando el gobierno a Francisco Pi i Margall el cual fue, entre otras cosas, el encargado de redactar un nuevo proyecto de Constitución. Dicha Constitución nunca entró en vigor, pero tenía algunos aspectos destacables, como por ejemplo la creación de una República Federal compuesta por 17 estados, incluyendo a Cuba y Puerto Rico, así como los territorios de ultramar.

Los cuatro presidentes de la Primera República

La República, a pesar de su brevedad en el tiempo, se enfrentó a varios problemas. En primer lugar la Tercera Guerra Carlista, pues el inicio de la República supuso el retorno al conflicto, y durante el verano de 1873 la lucha se propagó por buena parte de Cuenca, Teruel y Cataluña. Asimismo se inició la guerra en Cuba, porque muchos de los burgueses españoles que vivían en la isla se oponían a las medidas impuestas por el republicanismo.

Pero la realidad más grave a la que se enfrentó el Estado fue la sublevación cantonal. Los cantones eran territorios que querían proclamar su independencia y establecer una legislación propia. Pi i Margall reconocía el federalismo como nueva forma de gobierno; sin embargo, lo que iba a ser un acuerdo entre cantones se convirtió en un verdadero desorden territorial. Esto supuso el fin de Pi i Margall como presidente y su sustitución por Nicolás Salmerón. Los dos grandes objetivos de Salmerón eran neutralizar el cantonalismo y parar el avance carlista. Dichos objetivos fueron conseguidos por la Guardia Civil; sin embargo, en las cortes se desataron grandes polémicas que acabaron con su dimisión.

Con el último presidente, Emilio Castelar, la República dio un giro conservador abandonándose todas las intenciones reformistas. No obstante, esto no convenció a las Cortes, de modo que gobernó de manera autoritaria. Ante esta situación, varios diputados propusieron una moción de censura, forzando así su dimisión tras el golpe de Estado perpetrado por el general Pavía el 3 de enero de 1874, hecho que supuso el fin de la Primera República Española y, por ende, el final del Sexenio Democrático.


Fuentes:
* http://www.estudioteca.net/bachillerato/historia/historia-de-espana/la-primera-republica-1873-1874
* https://www.unprofesor.com/ciencias-sociales/primera-republica-espanola-resumen-1819.html


28 de septiembre de 2017

La Semana Trágica de Barcelona (1909)

En 1909 España estaba regida por una monarquía parlamentaria bajo el reinado de Alfonso XIII, y regulada por la Constitución de 1876. El parlamento era elegido por sufragio universal desde 1885, pero bajo esta apariencia democrática se escondía un sistema oligárquico controlado por dos partidos, el liberal y el conservador, que llevaban casi 30 años turnándose en el poder. Se utilizaba un sistema de elecciones amañadas por los diversos caciques locales. A partir de la crisis internacional de 1898 que dio lugar a la pérdida de las colonias, surgió un movimiento intelectual conocido como regeneracionismo, cuyo máximo exponente fue el político Joaquín Costa. Este movimiento trató de reformar el corrupto sistema electoral. Pero las medidas regeneracionistas no atacaron la raíz del problema, que no era otra que el sistema estaba montado de forma que la oligarquía formada por la alta burguesía, la aristocracia, el ejército y la Iglesia se mantuviera en el poder haciendo oídos sordos a la voluntad del pueblo.

Ciudadanos levantando una barricada

La decadencia del régimen se produjo principalmente por tres factores. En primer lugar la falta de líderes carismáticos al frente de los dos partidos que se turnaban en el poder. Antonio Maura (conservador) y José Canalejas (liberal) no estaban a la altura. En segundo lugar, la pretensión de Alfonso XIII de influir en las decisiones políticas, lo que originó graves crisis. Y en tercer lugar, la promulgación de la Ley de Jurisdicciones, que dictaba el sometimiento a la justicia militar de los implicados en delitos contra la patria, lo que produjo una intromisión militar en la vida política y civil.

En este contexto tuvo lugar el grave conflicto colonial en Marruecos, donde tribus rifeñas atacaron en Melilla las obras del ferrocarril. La resistencia rifeña y la derrota del Barranco del Lobo en el monte Gurugú, obligó al envío de reservistas a la zona.

Cabe destacar que en aquella época, el que era rico y podía pagar 6.000 reales se libraba de la llamada a filas. El que no disponía de ese dinero (el sueldo de un obrero no pasaba de los 10 reales al día) estaba obligado a abandonar familia y trabajo para incorporarse al ejército, quedando la familia en la miseria.

Los reservistas que el Gobierno decidió enviar a Marruecos eran mayoritariamente de Cataluña. Los primeros embarcaron en el puerto de Barcelona en naves propiedad del marqués de Comillas, y algunas damas de la aristocracia les regalaban escapularios y detentes, que eran piezas de ropa con la imagen de Jesucristo y la inscripción "detente, bala", para que los soldados se los pusieran en el pecho y librarse así de las balas enemigas.

Embarque de reservistas en el puerto de Barcelona

En este escenario fue convocada una huelga general el lunes 26 de julio, para protestar contra la política del Gobierno en Marruecos. La huelga se inició de madrugada y se fue extendiendo desde la periferia de la ciudad hacia las fábricas del centro. Junto con la huelga se convocaron manifestaciones que degeneraron en una revuelta popular de carácter antimilitarista y anticlerical, llegando a quemarse algunos conventos y parroquias. En muchos casos se dejó marchar a las comunidades religiosas antes de prender fuego a los edificios. El Gobierno entonces decretó el "estado de guerra" y reforzó a la policía con la Guardia Civil.

La revolución finalizó el sábado 31 de julio, dejando un balance de 87 muertos y 81 edificios asaltados. Terminada la revuelta, la represión por parte del Gobierno fue importante: hubo más de 2.000 personas detenidas, se clausuraron más de 130 centros y entidades considerados subversivos, entre los que había escuelas laicas y sedes republicanas, y 1.725 personas fueron procesadas en tribunales militares.

Se dictaron 59 cadenas perpetuas y 17 condenas a muerte, 12 de las cuales se conmutaron por cadena perpetua. Finalmente hubo 5 ejecuciones: Josep Miquel Baró, líder de la revuelta en Sant Andreu; Antoni Malet Pujol, acusado de quemar objetos de una iglesia; Eugeni del Hoyo, guarda de seguridad que disparó contra el ejército; Ramon Clemente García, un carbonero con deficiencia mental que bailó con el cadáver de una monja, y Francesc Ferrer i Guàrdia, que a pesar de quedar claro y comprobado que no tuvo ningún tipo de participación, fue condenado.

Flores para el carbonero discapacitado que fue condenado a muerte y ejecutado

La Semana Trágica se llevó por delante al presidente Maura, que tuvo que dimitir. A partir de entonces se estableció un estado de crisis permanente en los partidos de turno. El cinismo político posterior a la revuelta, facilitó la entrada en 1923 del dictador Miguel Primo de Rivera.


Fuentes:
* http://semanatragicadebarcelona.blogspot.com.es
* http://lameva.barcelona.cat/barcelonablog/es/insolito/la-semana-tragica-de-1909
* http://www.laalcazaba.org/la-semana-tragica-de-barcelona
* http://iris.cnice.mec.es/kairos/ensenanzas/bachillerato/espana/alfonsoXIII_02_01.html

Fotos: Archivo Fotográfico de Barcelona


16 de enero de 2017

La Guerra del Rosellón

La Guerra del Rosellón, también denominada Guerra de los Pirineos o Guerra de la Convención, fue un conflicto que enfrentó a España y la Francia revolucionaria entre 1793 y 1795 (durante la existencia de la Convención Nacional francesa), dentro del conflicto general que enfrentó a Francia con la Primera Coalición. Tras la ejecución de Luis XVI de Francia (21 de enero de 1793), Manuel Godoy, hombre fuerte del gobierno español, firmó con Gran Bretaña su adhesión a la Primera Coalición en contra de Francia.

Esta guerra fue desastrosa para España, tras unos inicios esperanzadores. La frontera se distribuyó entre tres cuerpos de ejército: el navarro-guipuzcoano, el aragonés y el catalán. Los dos primeros tenían una función defensiva, de modo que la iniciativa le correspondió al de Cataluña, bajo el mando del general Ricardos. En poco tiempo se ocupó parcialmente el Rosellón, pero las acciones españolas, faltas de objetivos políticos o territoriales, se limitaron a actos simbólicos, como quemar los decretos de la Asamblea, talar el árbol de la libertad o sustituir la bandera tricolor por la blanca de la casa de Borbón. La actitud pusilánime del general Ricardos evitó la ocupación de Perpiñán, y ya a fines de 1793 sus tropas habían perdido la iniciativa, frente a un ejército francés reorganizado y dinamizado por los llamados representantes del pueblo, individuos comisionados por la Convención para, con su fogosidad y sus amenazas, animar a la población civil y a los generales, poner fin al desorden y a las deserciones de los primeros meses y lograr una férrea disciplina mediante el uso frecuente de la guillotina.

Los españoles habían perdido dos enclaves a poco de declararse la guerra. A fines de marzo, los franceses ocuparon el Valle de Arán, que fue anexionado a su territorio al considerarlo una demarcación española en territorio francés sin justificación geográfica alguna. El otro enclave que fue ocupado por las tropas republicanas fue la Cerdaña, cayendo Puigcerdá en agosto. En la Cerdaña se efectuaron acciones de adoctrinamiento, imprimiéndose en catalán la Declaración de los derechos del hombre y concediéndose a la población la exención del pago del diezmo.
Las fronteras aragonesa y vasco-navarra no conocieron a lo largo de 1793 ninguna acción militar de relieve, reduciéndose todo a escaramuzas ventajosas para España, como la destrucción del fuerte de Hendaya, el control del río Bidasoa o la ocupación de las cimas de las montañas fronterizas.


También en ese mismo año, en colaboración con la flota británica, la armada española intentó apoderarse del importante puerto de Tolón, con la intención de crear allí un enclave monárquico. Ingleses y españoles creían que el descontento con la República en el mediodía francés estallaría en insurrección contra París sí se les posibilitaba ocasión. El cónsul José Ocáriz elaboró un plan "para la más fácil extensión del partido realista en Francia desde Tolón". En dicho plan se debía financiar al partido contrarrevolucionario, acuñar moneda con la efigie de Luis XVII y, sobre todo, cortar las relaciones entre los banqueros genoveses y la República.

En agosto, el estratégico puerto del Var estaba bajo control de las fuerzas combinadas anglo-españolas bajo el mando del almirante Hood, pero las diferencias entre ingleses y españoles y la derrota de los insurgentes provenzales impidieron la consolidación de esta cabeza de puente contrarrevolucionaria. Mientras que el Comandante General de la escuadra española, Juan de Lángara, aceptó la propuesta realista de que el conde de Provenza acudiera a Tolón para ser proclamado regente de Francia, los ingleses la rechazaron por considerarla inoportuna, y cuando las tropas revolucionarias iniciaron la reconquista de la ciudad los españoles acusaron a los británicos de inactividad. Después de tres meses de asedio, ingleses y españoles decidieron abandonar Tolón a principios de 1794, pero también en el momento de la retirada surgieron entre ellos serias discrepancias. Mientras los ingleses proyectaban la destrucción total de la ciudad, el Comandante General Lángara era partidario de íncendiar sólo los arsenales y los buques de guerra franceses surtos en la rada. "Ver a Tolón fue ver a Troya", manifestó Lángara tras dar por cerrada la operación naval más importante de la guerra.

Unos 2.000 realistas franceses acompañaron a los españoles en la retirada de Tolón, siendo distribuidos por algunas ciudades costeras del Mediterráneo español, Cartagena sobre todo. La hostilidad de la población hacia estos emigrados, fruto de la galofobia que se había extendido por España, decidió a muchos de ellos a trasladarse a Italia.
En 1794 y 1795, las campañas fueron totalmente desgraciadas para los intereses españoles. La muerte del general Ricardos y su sustitución en el mando de las operaciones en el frente oriental por el conde de la Unión, que fallecería también poco después, coincidió con ataques franceses en territorio catalán, con la ocupación de la Seo de Urgel y, tras avanzar por el cauce del río Ter, las poblaciones de Camprodón, San Juan de las Abadesas y Ripoll. En el otoño de 1794 el grueso del ejército español se encontraba replegado en torno a Gerona, y a fines de noviembre se produjo el asedio de Rosas por 30.000 franceses y la capitulación del fuerte de San Fernando de Figueras, de gran resonancia por su importancia militar y por lo que se consideró cobardía de la tropa y falta de energía de la oficialidad. La desmoralización y el descontento causado por el desastre de Figueras fue inmenso. Los grandes sacrificios que se soportaban no tenían compensación en los resultados obtenidos.

En el frente occidental también los republicanos se lanzaron a la ofensiva una vez llegado el buen tiempo. En julio de 1794 ocuparon el valle del Baztán y el 2 de agosto ocuparon Fuenterrabía, quedando abierto el camino hasta San Sebastián, que se rindió dos días después tras haber decidido su Ayuntamiento no ofrecer resistencia, a pesar de que se difundieron noticias de profanaciones en edificios religiosos de Fuenterrabía, donde habían vestido a un santo de guardia nacional y con un fusil le han puesto de centinela en la muralla o se habían limpiado los zapatos con los óleos sagrados. El hundimiento de la línea de contención española no fue aprovechada en todas sus posibilidades por el ejército invasor. Sólo fueron ocupadas Vergara y Azpeitia, pero los franceses detuvieron su avance hacia Pamplona, Vitoria y Bilbao ante la llegada del mal tiempo. Tras el invierno, el avance se efectuó en dos frentes: hacia Bilbao, que se rindió en el verano de 1795, y hacia el sur, alcanzando el alto valle del Ebro tras ocupar Vitoria. El temor de los responsables militares franceses a alejarse excesivamente de sus fuentes de suministros y tener que defender frentes excesivamente amplios, además de la falta de medios de transporte adecuados, detuvo su avance en Miranda de Ebro.
En el frente catalán, en febrero de 1795, tras la capitulación de Rosas y la consiguiente ocupación del Ampurdán, cuya población huyó masivamente, Barcelona quedó al alcance del ejército de la Convención. Sólo la falta de hombres y suministros, y las enfermedades que afectaban a los soldados franceses, les obligaron a estabilizar el frente a lo largo del cauce del río Fluviá, puesto que los soldados del ejército regular español se encontraban, por entonces, cansados, descalzos, fatigados y tímidos, según señalaba en uno de sus informes José Simón Pedro, comandante del ejército de Navarra.

Tampoco la guerrilla, organizada como somatén y activa sobre todo en la Cataluña ocupada, logró resultados apreciables. Con características que se reiterarán durante la Guerra de la Independencia, el somatén de 1794-95 pudo contar entre sus miembros a elementos del clero, que actuaron en ocasiones como cabecillas, como el franciscano del convento de Figueras Cosme Bosch, que fue comandante del somatén y que se vestía "de corto llevando interiormente la túnica y capilla a fin de que pueda hacer sus correrías con más ligereza". Las crueldades del somatén fueron destacadas por la propaganda francesa como prueba de la barbarie fanática de los españoles, y las noticias de sus atrocidades y desmanes son muy similares a las propaladas durante la Guerra de la Independencia, como las que hablan de soldados franceses asados, despellejados, colgados por los pies o atravesados con un hierro desde los genitales al cuello.

La magnitud de la derrota, el lastimoso estado en que comenzaba a encontrarse la Hacienda española y un descontento popular creciente, con la reaparición de sentimientos catalanistas y vasquistas ante la inoperancia de las autoridades madrileñas, hicieron deseable llegar a una rápida paz negociada, en la que también estaba interesada la República francesa, agobiada por tener que sostener la guerra en distintos frentes.


Fuentes:
* http://www.artehistoria.com/v2/contextos/6845.htm
* http://www.mundohistoria.org/temas_foro/historia-la-edad-moderna/la-guerra-del-rosell-n-o-guerra-la-convenci-n-1793-1795


9 de diciembre de 2016

Don Carlos de Austria, el príncipe sádico

Don Carlos de Austria

Se dice que la locura entró en la casa de los Austrias de la mano de Juana la Loca, que se casó con el primer Habsburgo de España, el conocido como Felipe el Hermoso. A partir de ahí, los matrimonios consanguíneos repetidos por razones de Estado fueron socavando el linaje de los Austrias.

Hijo de Felipe II y María Manuela de Avis, los cuales eran primos hermanos por parte de padre y madre, el príncipe Don Carlos sólo tenía cuatro bisabuelos cuando lo normal es tener ocho. Según estudios recientes, la sangre de Don Carlos portaba un coeficiente de consanguinidad de 0,211 -casi el mismo que resulta de una unión entre hermanos, sólo superado por Carlos II con un 0,254-.

Como le ocurrió a Felipe II, el príncipe heredero se crió lejos de sus padres. Huérfano de madre a los cuatro días de nacer, Carlos quedó bajo la custodia de sus tías, las hijas de Carlos V que todavía no tenían compromisos matrimoniales. Desde el principio revela el infante instintos singulares: no sólo mordía sino que, según se dice, se comía el pecho de sus nodrizas(1). Tres de ellas fueron víctimas de la bulimia del pequeño ogro. Hasta la edad de 3 años no sele oyó pronunciar una sola sílaba, al extremo de llegar a creerlo mudo. La primera palabra que salió de su boca fue ¡no!

Cuando contaba 11 años una plaga de malaria asoló la Corte y afectó al joven, quizá más vulnerable que el resto por sus deficientes genes. En esa época su régimen de vida estaba perfectamente reglamentado. Se dedicaba a los deportes en uso entonces: jugaba a los trucos, al tejo, practicaba algo de esgrima. Algunas veces montaba a caballo, pero como "era demasiado aturdido para hacerlo sin peligro"(2) raramente se le permitía practicar este ejercicio. La enfermedad provocó en el príncipe un desarrollo físico anómalo en sus piernas y en su columna vertebral. Tenía un hombro más bajo que el otro.

Don Carlos fue enviado a la Universidad de Alcalá de Henares, donde estudió junto a su tío, Don Juan de Austria, y Alejandro Farnesio, que contaban prácticamente su misma edad. No destacó en los estudios sino todo lo contrario, pero al menos participó del ambiente juvenil y saludable del lugar. En 1560 Felipe II, juzgando aceptable su comportamiento, le reconoció como heredero al trono por las Cortes de Castilla.

A los 18 años, cuando bajaba las escaleras de su residencia en Alcalá de Henares persiguiendo a una cortesana, el príncipe resbaló y cayó de cabeza. La violencia del golpe hizo que perdiera el conocimiento. Se le apreció una herida de una pulgada y contusión del pericráneo. Los médicos lo daban por muerto. No obstante, consiguieron salvarle mediante una trepanación con la que limpiaron la herida. En un convento cercano se veneraban los huesos de un fraile llamado Diego por quien Don Carlos sentía una especial devoción. Se sacó el cadáver del féretro y se colocó en la cama en la que yacía el príncipe, para que estuviera en contacto con el enfermo. Al manifestarse una mejoría en su estado, ésta se atribuyó al bienaventurado Diego.

Pero tras la caída nunca volvió a ser el mismo. Las fiebres que le afectaban periódicamente empezaron a repetirse con demasiada frecuencia. El embajador imperial en España designado en 1564 apuntaba que "Tiene un temperamento impulsivo y violento. A menudo pierde los estribos y dice lo primero que se le pasa por la cabeza".


La crueldad del príncipe

Existen datos de la crianza del príncipe, así como de sus aficiones, pero lo que más destaca de sus antecedentes es su extrema crueldad. Parece ser que gustaba de maltratar y torturar animales. Se distraía quemando liebres y conejos vivos, e incluso en una ocasión dejó ciegos a los caballos de las cuadras reales.

Arrojó por una ventana a un paje cuya conducta le molestó, e intentó, en otra ocasión, lanzar a su guarda de joyas y ropa.

Arrancó de un mordisco la cabeza de una tortuga que tenía como mascota porque le había mordido en un dedo.

Una noche que paseaba por la calle, no oyó la voz de aviso de alguien que vaciaba un orinal por la ventana, como era costumbre en la época. Ordenó que todos los habitantes de la casa fuesen muertos y la casa quemada. Afortunadamente aquella orden no se cumplió.

Mandaba azotar a muchachas de la Corte para su sádica diversión, teniendo que pagar después compensaciones a los padres de las chicas.

También trascendió su intento en público de acuchillar al Gran Duque de Alba, al que acusaba de inmiscuirse en los asuntos de Flandes.


Intento de fuga a Flandes

Los conflictos entre el rey y su hijo no tardaron en llegar. Felipe II nombró a Don Carlos miembro del Consejo de Estado en 1564, en un último intento de fingir normalidad y barajó la posibilidad de casarlo con María Estuardo o con Ana de Austria, la cual sería posteriormente la cuarta esposa del rey. Pero en la mente de Don Carlos las prioridades eran otras. Obsesionado con los Países Bajos -en ese momento en rebeldía contra Felipe II-, contactó con varios de los líderes rebeldes para organizar un viaje a Bruselas, donde pretendía proclamarse su soberano. En efecto, el rey en el pasado había sopesado la posibilidad de que su hijo gobernase allí, pero la salud mental del príncipe descartaba por completo esta opción. En una reunión mantenida con Don Juan de Austria, su tío y amigo, el príncipe le comunicó sus planes y le pidió ayuda para fugarse a Italia. Don Juan informó inmediatamente al rey.

El 18 de enero de 1568, el monarca más poderoso de su tiempo condujo a un grupo de cortesanos y hombres armados por los pasillos del Real Alcázar de Madrid hasta el aposento del príncipe Carlos. Al despertarse y hallarse rodeado de hombres armados Don Carlos exclamó: "¿Qué quiere Vuestra Majestad? ¿Quiéreme matar o prender?" "Ni lo uno ni lo otro, hijo", contestó Felipe II. El joven heredero fue arrestado y acusado de conspirar contra la vida de su padre.

El cautiverio, lejos de calmar a Don Carlos, empeoró su salud mental y terminó costándole la vida a los 23 años de edad. En medio de una huelga de hambre, el heredero se acostumbró a calmar sus calenturas volcando nieve en su cama y bebiendo agua helada, lo cual terminó consumiendo su quebradiza salud.

La propaganda holandesa acusó directamente al rey de ordenar el asesinato de su hijo y argumentó que lo único que quería Don Carlos era acabar con la tiranía de su padre en los Países Bajos.

Siglos después, Giuseppe Verdi compuso inspirado por este capítulo de la historia una de sus óperas más famosas: "Don Carlo".


(1) Relación hecha al Senado de Venecia el 19 de enero de 1563.
(2) Carta de don García de Toledo, de 27 de agosto de 1557.


Fuentes:
* http://gatopardo.blogia.com/2005/042301--i-la-locura-de-don-carlos-hijo-de-felipe-ii.php
* https://pacotraver.wordpress.com/2014/01/06/la-locura-de-los-austrias-don-carlos/
* http://www.abc.es/espana/20150122/abci-hijo-felipe-maldito-enfermo-201501211850.html
* http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2008/01/don-carlos.html


6 de diciembre de 2016

El Tribunal de Tumultos

III Duque de Alba
La sucesión de Carlos V por Felipe II supuso para los Países Bajos la dependencia de un monarca extranjero y de la política española. Sin embargo, los problemas no nacieron ahora. La penetración del luteranismo desde 1518 provocó la represión del emperador, que inició su persecución por todos los medios. El particularismo político y fiscal de estas provincias, descontentas con una política imperial que en buena parte financiaban ellas, se manifestó en una clara resistencia desde los años treinta. La hábil política de la gobernadora María de Hungría impidió que los asuntos pasaran a mayores, pero el apego a las libertades del país y la expansión del calvinismo desde mediados de siglo explican la oposición posterior al gobierno español.

Las necesidades financieras crecientes de la Monarquía española, que terminan obligando a la primera bancarrota, llevaron a Felipe II a intentar conseguir de los Países Bajos la mayor cantidad de impuestos, a pesar del conocimiento directo que poseía de sus circunstancias, debido a haber residido allí desde 1556 a 1559. Para ello tuvo que utilizar métodos de gobierno más absolutos que los hasta ahora existentes. A incrementar el malestar se unió la ofensiva católica contra el calvinismo y la propagación del anabaptismo, lo que se reflejó en la creación de 14 obispados y tres arzobispados.

Felipe II de España
Cuando en 1566 la hermana del rey, Margarita de Parma, se manifestó incapaz en sosegar las cada vez más exaltadas muestras de rebelión, Felipe II decidió sustituirla como gobernadora general en las provincias de Flandes. El más enérgico defensor de la intervención armada, Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, fue el designado para tomar el relevo de la ninguneada Margarita de Parma. Curiosamente, a cuenta de su avanzada edad, 61 años, el Gran Duque trató de evitar por todos los medios hacerse cargo de una misión, que se convertiría en la única mancha de su impresionante hoja de servicios.

El rey trazó junto al veterano general una definida estrategia –parecida a las que luego aplicaría en Portugal y en Aragón–. Primero, el Duque de Alba golpearía con fuerza sobre la rebelión a base de una intensa represión; tiempo después, Felipe II se desplazaría en persona a Flandes enarbolando el perdón general.

El duque de Alba sembró el terror a través del Tribunal de Tumultos, con poderes absolutos para la represión de la herejía y la disidencia política. La ejecución de los principales cabecillas de la rebelión, los condes de Egmont y Horn, fue continuada por el enjuiciamiento por parte del tribunal de 12.000 personas y la condena de más de 1.000 en los años siguientes. Guillermo de Orange abanderó la rebelión, reclutando un ejército en Alemania, con el que inició los ataques en 1568. El Sur permaneció fiel a Alba, sin rastros de rebelión popular, pero en el Norte la insurrección se generalizó y los piratas de aquellas provincias, los "gueux" o mendigos del mar, atacaron las costas y obstaculizaron las comunicaciones con la Península Ibérica.

Margarita de Parma
Ante su fracaso frente a los rebeldes del Norte, el duque de Alba fue sustituido en 1574 por don Luis de Requesens, proclive a los métodos moderados, aunque sin variar los objetivos. Aun así, las dificultades no se aminoraron: los motines del ejército español, impagado, se repetían, mientras se multiplicaban las revueltas y los calvinistas del Norte se hacían fuertes. En 1576, Holanda y Zelanda se dieron un poder político y militar único, que entregaron a Guillermo de Orange. En noviembre, los católicos del Sur y los calvinistas del Norte llegaron a un acuerdo, la Pacificación de Gante, por el que exigían la retirada de las tropas extranjeras.

En ese mismo año don Juan de Austria se convirtió en el nuevo gobernador. Por el "Edicto Perpetuo" de 1577, impuesto por los Estados Generales, aceptaba la mayor parte de las reivindicaciones de los rebeldes, iniciando la evacuación de su ejército.

Guillermo de Orange
Sin embargo, la pervivencia de la oposición le llevó a volver a la línea dura y solicitó más tropas. En 1578, los refuerzos militares enviados al mando de Alejandro Farnesio se impusieron al ejército de los Estados Generales. La inesperada muerte de don Juan de Austria ese año convirtió en gobernador a Farnesio, que fomentó la división entre el Norte, calvinista y democratizante, y el Sur, católico y nobiliario. Por la Unión de Arras de 1579 las provincias del Sur (Artois, Henao y Douai) reconocieron el poder real y la fe católica y poco después el gobernador prometía el respeto a las libertades tradicionales. Las siete provincias calvinistas del Norte (Holanda, Zelanda, Frisia, Güeldres, Utrecht, Overijsel y Groninga) se confederaron en la Unión de Utrecht (1579), oponiéndose a la soberanía española y declarándose independientes.

En los años siguientes, Farnesio deshizo la conspiración de Orange, Isabel I y el duque de Alençon, hermano del rey de Francia, para deponer a Felipe II y se impuso militarmente sobre los focos de resistencia del Sur, conquistando Bruselas y Amberes (1585), aunque el Norte resultó inexpugnable.


Fuentes:

* http://www.unapicaenflandes.es/Guerra-de-Flandes.html
* http://www.artehistoria.com/v2/contextos/1791.htm
* http://aracelirlunpocodehistoria.blogspot.com.es/2015/09/el-tribunal-de-la-sangrefernando.html


17 de octubre de 2016

Agrupación Mujeres Libres: la lucha de la mujer por la libertad

Desde los primeros compases de la II República, se fueron gestando algunos movimientos anarcofeministas, principalmente en Cataluña y muy en especial en su capital Barcelona, núcleo duro del anarquismo español, en donde nuevas generaciones de jóvenes siguieron la brillante estela dejada por Teresa Claramunt (1862-1931) y Soledad Gustavo (1865-1939), dos de las figuras más representativas del anarquismo español.

En abril de 1936 nace la organización feminista más representativa del anarcosindicalismo español, Mujeres Libres, creada por tres grandes intelectuales de la época, Lucía Sánchez Saornil, Amparo Poch y Gascón y Mercedes Comaposada Guillén. A lo largo de su existencia participarán muy activamente multitud de activistas comprometidas con la lucha feminista: Lola Iturbe, Pilar Grangel, Libertad Ródenas, Áurea Cuadrado, Suceso Portales, Sara Berenguer, Concha Pérez Collado y muchas otras más.

Ya en 1934 se había creado en Barcelona el Grupo Cultural Femenino que junto con el grupo redactor de la revista Mujeres Libres de Madrid será el embrión de la futura organización. La idea de la revista surgió de la mano de la militante anarquista Lucía Sánchez Saornil, a la que luego se unieron Mercedes Comaposada y Amparo Poch y Gascón. Lucía y Mercedes habían enseñado en cursos de instrucción elemental para obreros y obreras, promovidos por la CNT de Madrid en los años 30. Vieron la necesidad de realizarlos específicamente para las mujeres, dada la misoginia y los prejuicios existentes.

En el Grupo Cultural Femenino, formado en su mayoría por militantes de la CNT y de otros organismos libertarios como los ateneos y las Juventudes Libertarias, conocían la revista que se hacía en Madrid. Mercedes Comaposada se presentó en la capital catalana con los estatutos de una Federación Nacional. Les informó de que en Madrid y en Guadalajara ya se había constituido una agrupación con los mismos objetivos. Habían llamado a esta organización Federación Nacional de Mujeres Libres y propuso que Cataluña formara parte de la misma. Las catalanas aceptaron entusiasmadas.

Mujeres Libres desarrolló una combativa e infatigable actividad en pro de un mundo más justo durante tres intensos años, que abarcan desde poco después del triunfo del Frente Popular, hasta la caída de Barcelona en manos del ejército sublevado de Franco (Febrero 1939). Y entre 1937 y 1938 llegó a contar en sus filas con más de 20.000 mujeres.

Hicieron frente al alzamiento militar fascista, lucharon como milicianas en los frentes de batalla y en las retaguardias, mostraron al mundo su valentía y espíritu libertario y finalmente la dura derrota final les condujo a un irremediable y extenuante exilio.

Durante las décadas posteriores al fin de la guerra civil, mujeres exiliadas en Francia y Gran Bretaña  se agruparon y organizaron cierta actividad continuando la línea de Mujeres Libres, aunque no tuvieron la continuidad y el seguimiento de la época dorada de la organización. 

Tras la muerte del dictador, Mujeres Libres volvió a reaparecer en Barcelona (1976) donde nuevas generaciones se mezclaron con las incombustibles figuras de Sara Berenguer y Suceso Portales, lo cual provocó tensiones debido a las diferentes formas de entender el mundo anarquista y feminista y de afrontar las nuevas realidades de finales de los 70.


Fuentes:
* http://mujereslibres.cgtvalencia.org/2011/11/historia-de-la-agrupacion-mujeres.html
* http://www.portaloaca.com/historia/ii-republica-y-guerra-civil/5052-mujeres-libres.html
* http://civwiki.wikifoundry.com/page/Mujeres+Libres%3A+Un+Grupo+Feminista+de+Mujeres+Espa%C3%B1olas


1 de julio de 2016

El testamento incumplido de Isabel la Católica

Isabel la Católica
El 26 de noviembre de 1504 fallecía en Medina del Campo Isabel la Católica. Hacía meses que circulaban rumores sobre la mala salud de la reina. Pedro Mártir de Anglería, erudito italiano que enseñaba latín y otras disciplinas en la corte, escribía en una carta pocas semanas antes: "Todo su cuerpo está dominado por una calentura que la consume, rehúsa toda clase de alimentos, sufre una sed que la devora y la enfermedad parece que va a terminar en hidropesía".

A los 53 años, la salud de la reina estaba muy quebrantada. A las fatigas que había afrontado desde su juventud se añadían grandes disgustos de índole familiar. En 1497 vio morir a su único hijo varón, el príncipe Juan. Al año siguiente moría la mayor de sus hijas, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. El hijo de esta pareja, el príncipe Miguel, que había sido jurado heredero de las coronas de Castilla, Aragón y Portugal, también falleció cuando contaba tan sólo dos años de edad. También desasosegaban a la reina los problemas con su hija Juana, llamada a la sucesión tras la muerte de sus hermanos.

Poco antes de morir, la reina era consciente de que su final se acercaba y decidió otorgar testamento. En él se estipulaba que la heredera de castilla sería su hija Juana, pero el reino lo gobernaría a título de regente su esposo, Fernando el Católico. Isabel no indicaba abiertamente que su hija tuviera problemas de cordura, pero contemplaba la posibilidad de que no estuviera en condiciones de reinar. El párrafo en el que designa como regente a Fernando es revelador:
"Cuando la dicha princesa, mi hija, no estuviere en estos dichos mis reinos, o [...] en algún tiempo haya de ir y estar fuera de ellos, o estando en ellos no quisiere, o no pudiera entender en la gobernación de ellos, que [...] el Rey mi señor rija, administre y gobierne [...] hasta en tanto que el infante don Carlos, mi nieto, hijo primogénito heredero de los dichos príncipe y princesa, sea de edad legítima [...] para regir y gobernar"
Tras la muerte de la reina, pronto surgieron conflictos familiares y tensiones entre el regente y algunos nobles castellanos. Fue un tiempo presidido por la incertidumbre política que culminaría, ya en el reinado de Carlos I, en la conocida como Guerra de las Comunidades, una sublevación de Castilla contra el nuevo monarca.

Juana I de Castilla
En cumplimiento del testamento de la reina, y al estar Juana ausente por encontrarse en Flandes con su esposo Felipe, Fernando el Católico asumió la regencia de Castilla.

Cuando llegó a Flandes la noticia de la muerte de la reina y se conoció el contenido del testamento, Juana y Felipe no lo aceptaron. Felipe reclamaba su derecho a reinar, aunque sólo podía hacerlo en condición de consorte de Juana. La pareja contaba con el apoyo de una importante parte de la nobleza del reino.

El primer incumplimiento del testamento tuvo lugar poco después. El 24 de noviembre de 1505 se firmaba la Concordia de Salamanca, un acuerdo entre el Católico y su yerno, según el cual Felipe asumiría el papel de rey junto a su esposa, pero Fernando continuaría como gobernador de Castilla.

Juana y Felipe llegaron a Castilla en la primavera de 1506. Desembarcaron en Coruña, donde fueron recibidos con alegría por sus partidarios. Era el momento que habían estado esperando para desplazar a Fernando. Felipe quería que abandonase el gobierno de Castilla y se retirase a su reino de Aragón. Por otro lado Felipe, que sólo era rey consorte, buscaba inhabilitar a su esposa. Afirmaba que Juana había dado muestras de inestabilidad mental. Los arrebatos pasionales de Juana dejaban paso a accesos de cólera incontrolados que evidenciaban ciertos desequilibrios. Pero la hija de los Reyes Católicos ofrecía pruebas de sensatez y madurez que permitían refutar que estuviera loca. Su esposo no consiguió inhabilitarla y encerrarla, al negarse las Cortes a incapacitarla como reina.

Una vez en Castilla, Juana y Felipe plantaron cara a Fernando convirtiendo en papel mojado la cláusula del testamento de Isabel. A finales de Junio, Fernando y su yerno firmaron la Concordia de Villafáfila, y el 12 de julio Juana y Felipe eran jurados como reyes de Castilla por las Cortes. Por las mismas fechas Fernando cruzaba la frontera de Aragón con Germana de Foix, su nueva esposa.

En el transcurso de un viaje a Nápoles, Fernando recibió la noticia de la muerte de su yerno Felipe. Oficialmente había muerto a consecuencia de unas calenturas sobrevenidas después de beber agua helada, pero corrió el rumor de que fue víctima de un envenenamiento, y de que detrás de su muerte estaba la mano de su suegro. Ante Fernando se abría ahora la perspectiva de asumir de nuevo la regencia de Castilla, que provisionalmente desempeñaba el cardenal Cisneros.

Fernando el Católico
El rey regresó de Nápoles y se encaminó hacia Burgos. Antes de llegar tuvo un encuentro con su hija Juana, que llevaba un año recorriendo la meseta sin separarse del féretro de su esposo. Su pasión y su cólera se habían convertido en "locura de amor". Su padre decidió entonces recluirla en Tordesillas.

Durante su segunda regencia entre 1507 y 1515, Fernando ajustó cuentas con algunos nobles que habían apoyado a su yerno Felipe. Durante esos años el rey logró domeñar a la levantisca nobleza castellana. Privó a ésta de parte de su peso político, pero no pudo reducir su poder económico ni su influencia social.

En los últimos años de la regencia se evidenció la senectud del rey, cada vez más decrépito, sobreviniéndole la muerte el 23 de enero de 1516 en Madrigalejo. Asumió de nuevo la regencia el cardenal Cisneros en nombre del príncipe Carlos, que tanto para castellanos como para aragoneses era un desconocido, porque nunca había pisado la península ibérica.


Fuente:
* José Calvo Poyato. "Tiempo de tensiones". Historia y Vida nº 570. Pág. 30-37


26 de junio de 2016

Personajes históricos: El Conde-Duque de Olivares

El Conde-Duque de Olivares a Caballo
(Velázquez)
Gaspar de Guzmán y Pimentel, más conocido como el Conde-Duque de Olivares, nació en Roma, donde su padre era embajador, el 6 de enero de 1587. Su padre, Enrique de Guzmán, conde de Olivares, estaba emparentado con la casa de Medina-Sidonia, grandes de España, aunque él no poseía este título. Su madre fue doña María de Pimentel y Fonseca.

De joven realizó estudios eclesiásticos en la Universidad de Salamanca, llegando a ser nombrado rector por sus compañeros en 1603. Dejó los estudios cuando sus hermanos mayores fallecieron y acudió a la corte con su padre. Al fallecer éste en 1607, se hizo cargo del mayorazgo y recibió el título nobiliario perteneciente a su padre.

Se estableció en Sevilla, donde se dedicó al mecenazgo de artistas. Contrajo matrimonio con Isabel de Velasco, dama de honor de la reina Margarita, lo cual le abrió las puertas del círculo cortesano, y en 1615 ingresó en la corte al servicio del futuro rey Felipe IV.
Protegido por su tío Baltasar de Zúñiga fue ganando poder y prestigio, ganándose el favor del futuro rey y observando la caída en desgracia del duque de Lerma y de los Sandoval, hechos que aprovechó para sus propios fines.

En 1621, siendo ya Felipe IV rey, es nombrado sumiller de corps y un año más tarde se le nombraba caballerizo mayor, puestos desde los que obtiene un poderoso control sobre la corte. Ya en 1623, durante la visita del príncipe de Gales aparece como valido del rey, cargo que obtiene mediante favores, regalos e intrigas, y después de una encarnizada lucha con otras facciones. El cargo de valido le proporcionó una gran fortuna, consiguiendo extensos territorios, rentas y títulos.

Felipe IV de España (Velázquez)
España se encontraba entonces inmersa en una gran crisis. La monarquía había perdido el poder que tuviera en el pasado y se habían ido perdiendo territorios en el continente europeo. Por ello, Olivares decidió poner en marcha el Gran Memorial, un programa centrado en tratar de recuperar el poder de la monarquía y concentrarlo en la figura del propio valido. Consistía en reorganizar el uso de los recursos para que todos los territorios sufragaran por igual los gastos, y no únicamente Castilla como venía sucediendo. Esto se haría mediante la Unión de Armas.

Las reformas no funcionaron debido a la oposición que se encontró en los diferentes territorios del reino. Por este motivo hubo que endeudarse para pagar la guerra de Flandes. En 1627 se produjo la bancarrota.

En 1629 tuvieron lugar los Sucesos de Mantua, que permitieron al Conde-Duque ejercer el poder de forma autoritaria. Así, durante los siguientes cinco años puso en práctica un gran programa de reformas. Sin embargo, tuvo que ponerles fin al romper las relaciones con Francia.

Debido a su mal gobierno estuvo a punto de ser depuesto en varias ocasiones, pero su don de gentes le permitió conservar el cargo. La victoria de Fuenterrabía le ayudó a mantenerse en su puesto, pero esto supuso un daño aún mayor a las arcas reales. Esto provocó el descontento entre la población y el levantamiento del pueblo catalán. Además, se produjo la separación del reino de Portugal en 1640. Finalmente, en 1643 Felipe IV decidió destituirle. Se retiró a Loeches para pasar sus últimos años y falleció el 22 de julio de 1645 en la localidad de Toro.

Fuentes:
* http://redhistoria.com/biografia-del-conde-duque-de-olivares/#.V26tmriLSUk
* http://www.artehistoria.com/v2/personajes/6250.htm
* http://www.phistoria.net/reportajes-de-historia/EL-CONDE-DUQUE-DE-OLIVARES-&-SU-EPOCA_98.html


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