En el antiguo Japón, un grupo de temerarios guerreros tenían el rol de comandar la defensa de la nación y fueron tan efectivos en la práctica, que se convirtieron en una verdadera leyenda: los samurái.
Vamos a ver algunas curiosidades sobre ellos.
1. Eran bastante numerosos
En un principio, los samurái eran quienes defendían a la nobleza, pero con el tiempo se convirtieron en una clase social, una especie de élite de soldados por sobre el común. Se cree que, en el momento de mayor apogeo de estos guerreros, el 10% de los japoneses era samurái.
2. Podían ser de cualquier sexo y edad
Las mujeres y los niños también podrían ser parte de esta casta de guerreros valientes, aunque con diferentes roles. Las mujeres recibían entrenamiento en artes marciales y de ser necesario, también acudían al campo de batalla. Por su lado, los niños comenzaban su entrenamiento a temprana edad.
3. La homosexualidad era común entre los samurái
Las relaciones entre dos hombres samurái o entre un samurái y el joven que entrenaba, eran comunes y aceptadas. De hecho, se cuestionaba a un samurái si no mantenía relaciones sexuales con su aprendiz, ya que era parte importante de la formación del lazo. Esta practica, era conocida como wakashudo.
4. Los samurái probaban sus espadas en los cadáveres de sus enemigos
Era importante que la espada de un samurái fuera precisa y tuviese el filo necesario. Para probarlo, usaban un método poco tradicional. Colgaban el cadáver de un enemigo en un árbol y realizaban 16 cortes sistemáticos por sobre su cuerpo. En ocasiones, también se las probaba con criminales, vivos, claro.
5. El suicidio era honorable
Si un samurái caía en manos de un enemigo, se suicidaba realizando cortes paralelos sobre su estómago. Si éste perdía su honor o caía en desgracia, lo honorable era suicidarse. Esto se realizaba mediante una ceremonia en la que, primero comía su plato favorito y luego se le entregaba una daga.
El samurái, expresaba sus últimas palabras mediante un poema y luego se suicidaba. Otros podían asistirle cortándole la cabeza para acelerar el proceso. Suicidándose, podía volver a recuperar el honor perdido. El suicidio del samurái recibía el nombre de harakiri y lejos de la infamia, esta era una práctica sumamente noble.
6. Las armas del samurái
Los samurái utilizaban diferentes armas para el combate, siendo la katana la más importante y conocida. Asimismo, se armaban con espadas, lanzas y a partir del siglo XVI, utilizaban cañones gracias a la pólvora. A diferencia del resto de las armas, sólo un samurái podía usar una katana.
7. Existieron samurái occidentales
Si bien los samurái eran japoneses pertenecientes a un cuerpo de élite, unos cuantos hombres occidentales también ostentaron ese honor. Los europeos William Adams, Jan Joosten van Lodensteijn, Eugene Collache y Edward Schnell, fueron ungidos como samurái gracias su cooperación e influencia en la cultura bélica del Japón.
Fuente:
Ojocurioso
Más información:
Breve historia de los samuráis. Vincent Hawkins, Carol Gaskin. Nowtilus, 2004
National Geographic. Samuráis

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Hermosas marionetas
Sin embargo no pasaban de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en las tumbas. La vida útil de las geishas era corta, pues rápidamente quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca llegaban a independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera servido demasiado lograrlo, pues la piel manchada las estigmatizaba para siempre.
Debían dedicar varias horas a vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello (también se pintaban la nuca, que era considerada la parte más seductora). Después de colocarse la pasta blanca, pasaban un trozo de madera quemada para ennegrecer las cejas y delineaban los ojos con pintura roja para resaltar los ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con polvo de flores) y los labios.
Untaban el cabello con un ungüento grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y bien peinado durante una semana. Luego se ponían una serie de kimonos a modo de enaguas y sobre ellos el de geisha. Finalmente, un anciano -el hakoya- les envolvía fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al atuendo.
Todo realzaba la apariencia de marioneta que mostraban también con sus modales y su manera delicada de hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo aprendizaje: se consideraba de mal gusto la expresión de cualquier sentimiento, tanto de tristeza o nostalgia como de alegría excesiva.
Una historia
Un cronista japonés recogió la historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de buen pasar, pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos la vendieron a una okiya cuando tenía ocho años. Allí convivió con la administradora (una ex geisha), ocho geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis niñas eran las oshakus (doncellas). La administradora llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida y educación de cada discípula.
Además de estudiar todo el día desde las cinco de la mañana, el método para estimular el aprendizaje de las niñas consistía en tener un trato diferencial entre geishas y oshakus: éstas debían bañarse con agua fría y no estaban tan bien alimentadas como las otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.
Una mañana, cuando cumplió dieciocho años, Umechiyo fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y le sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de vestirse, la administradora le dio un kimono espléndido y el hakoya le puso una faja bordada con hilos de oro.
Era su debut, aunque todavía no era una verdadera geisha. Fue con sus compañeras a un gran salón de fiestas, donde tuvo mucho éxito. Esa noche un comerciante sesentón decidió comprarla por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los gastos anotados en el cuaderno durante los diez años de estudios).
Aunque ella siguió viviendo en la okiya, tuvo una especie de boda: recibió de su dueño un anillo de brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los personajes y las cortesanas más importantes del lugar y cambió su nombre por el de Umeya cuando se inscribió en el registro de geishas.
Para el hombre, ser dueño de una joven bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y Umeya eran invitados a todas las fiestas importantes y los conocimientos políticos de la joven atraían el interés de personajes influyentes, lo que se traducía en prestigio para el patrón.
Un par de años después el comerciante volvió a pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no se podía tener dos geishas a la vez y las complicadas convenciones exigían que el comerciante adquiriera otra para demostrar que era cada vez más poderoso, pero no podía correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya vendía a Umeya a alguien de menor condición social.
Instalada en una linda casa, con dos mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya perdió contacto con el mundo exterior. Como concubina, una vez al año debía someterse a la humillación de presentar sus respetos a la esposa de su patrón (aunque no podía hablar, pues su voz habría ofendido la casa), quien le regalaba un kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los sitios donde había estado parada la concubina.
Cuando su dueño murió ella no se enteró: sólo lo supo cuando envió a una sirvienta a preguntar por su ausencia. Pero el dinero que la viuda le envió no alcanzaba para la supervivencia de ella y del hijo que había tenido.
Así las cosas, comenzó su decadencia: volvió a la okiya, donde sirvió a distintos patrones, y cuando se sintió vieja comenzó a dar clases, pero finalmente fue a parar al asilo. Su hijo se mandó a mudar en cuanto pudo, pues su origen era vergonzante.
Pero ni en el asilo tuvo tranquilidad. Sus modales, la calvicie y las manchas en la cara la delataban; sus propios compañeros la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una vez al año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a vestirse como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo: ante ese auditorio de indigentes, Umeya sentía que recuperaba su antiguo brillo.
Las geishas, hoy
En la actualidad no son esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y las pelucas les evitan los estragos de antes. A pesar de la prohibición, existen algunas okiyas adonde pueden ir a formarse, pero casi no quedan salones de fiestas, y los que hay son muy caros.
Su trabajo se parece más al de una anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales o comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un espectáculo exótico o que mantienen el hábito de separar la vida familiar de los negocios y la política.
Algunas aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows para turistas. Ahora muchas hablan varios idiomas, saben jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha ocasión de desplegar sus habilidades: trabajar en un club nocturno o en un restaurante de lujo es tanto o más rentable y no obliga a ningún tipo de educación especial. Sin embargo se muestran orgullosas de su profesión y una vez al año, hacia la primavera, realizan en las calles el "desfile de las geishas": allí, vestidas con sus ricos quimonos, regalan a la gente la fascinación milenaria de su arte •








