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4 de abril de 2018

Pelusio, la batalla que ganaron los gatos

En el siglo VI antes de Cristo los persas vivieron una vertiginosa expansión después de que Ciro el Grande unificara Persia y Media hacia el año 550 a.C. Estos pueblos, de etnia irania, llevaban en la zona desde principios del primer milenio antes de Cristo, permaneciendo en un discreto segundo plano hasta el gobierno de Ciro. Tras obtener Persia y Media, los reyes persas se fijaron dos nuevos objetivos: el milenario Egipto y la cultivada Grecia.

Cambises sucedió a su padre, Ciro el Grande, hacia el 530 a.C. Lo primero que hizo fue ponerse manos a la obra para llevar a cabo la colosal tarea que le habían encomendado: conservar y agrandar el imperio más grande del mundo conocido. Mientras tanto, Egipto estaba de capa caída. Tras dos milenios de existencia, en los que tuvieron buenas y malas épocas, Egipto se había desplomado, perdiendo gran parte de su capacidad económica y militar.

Cinco años después de que Cambises accediera al trono, Psammético III se convirtió en el faraón de Egipto. El rey persa conocía la debilidad egipcia y que la alianza del país del Nilo con los mercenarios griegos era muy débil, por lo que si se ganaba a estos los egipcios quedaban aislados, por lo que decidió no esperar más para atacarles. La noticia de la expedición persa no pilló a Egipto desprevenido ya que desde la campaña expansiva sin precedentes de Ciro se esperaba un ataque de los persas.

La primera mala noticia para Psammético llegó pronto: los griegos le habían abandonado. Incluso el tirano de Chipre había decidido apoyar a Persia.

El objetivo del ataque persa era la estratégica ciudad de Pelusio, situada en al nordeste del Delta del Nilo vigilando la entrada de Egipto desde el desierto de Sinaí. Pese al abandono de los griegos, el faraón logró reunir un pequeño ejército para enfrentarse a los persas, pero la victoria era casi imposible.

A Cambises, que conocía perfectamente las costumbres, los dioses y la cultura de los egipcios, se le ocurrió una idea genial. Sabía que para los egipcios los gatos eran sagrados, como reencarnación de la diosa Bastet, así que mandó pintar en los escudos una imagen de Bastet. De esta forma consiguió que los soldados egipcios, temerosos de profanar la imagen de su diosa, luchasen desmoralizados. Según el historiador griego Ctesias, murieron en la batalla cincuenta mil egipcios.

Los supervivientes corrieron a esconderse a la cercana fortaleza de Pelusio. Cambises no quería enfrentarse a un largo y penoso asedio, máxime cuando tenía que conquistar un país árido y hostil. Tenía que vencer a los atrincherados y debía hacerlo cuanto antes. El rey persa dio una nueva muestra de su genialidad y ordenó a sus hombres que capturaran cuantos gatos fueran posibles. Posteriormente empezó a lanzarlos contra el interior de la fortaleza.

Cundió el pánico entre los egipcios, temerosos de herir a uno de aquellos animales sagrados. Los arqueros no se atrevían a disparar a sus enemigos. El impacto moral fue brutal, por lo que los egipcios se rindieron y la fortaleza cayó en las manos de Cambises. El monarca persa supo aprovechar el respeto y veneración existente en el antiguo Egipto hacia estos animales.


Psammético fue capturado pero en un principio le fue perdonada la vida. Cambises se autoproclamó faraón, tomó los títulos tradicionales de la realeza egipcia y tomó todo el país, proyectando incluso descender e invadir el país de los nubios. Psammético comenzó a tramar una revuelta para recuperar su corona pero fue descubierto y ejecutado por los persas. Cambises murió tres años más tarde pero se desconoce si se suicidó debido al éxito de una revuelta en Persia que había alzado al trono a un mago llamado Gaumata o si se debió a un accidente. Cambises fue sucedido por otro gran rey: Darío, el monarca que fue derrotado por los griegos en Maratón.


Fuentes:
* https://bellumartis.blogspot.com.es/2015/03/batalla-de-pelusium-525ac.html
* https://eltemplodelahistoria.wordpress.com/2015/09/29/la-batalla-que-fue-ganada-por-gatos


2 de noviembre de 2017

Batalla del puente Milvio

La batalla del Puente Milvio (312 d.C.) catapultó al poder a la dinastía Constantiniana, que gobernó Roma durante buena parte del siglo. En ella se enfrentaron Constantino y Majencio, aspirantes ambos al título de emperador de Occidente. Los dos eran hijos de soberanos, Constantino de Constancio Cloro y Majencio de Maximiano.

Estatua de Constantino
El emperador Diocleciano había diseñado un sistema político, la tetrarquía, en el cual el parentesco no contaba demasiado para ser emperador. Diocleciano había llegado al poder tras el asesinato de su predecesor, el emperador Numerio. Poco después cedió el Occidente a uno de sus generales, Maximiano, mientras él se dedicó a gobernar en Oriente. Los dos reinaron con el título de augusto en igualdad de condiciones. Para tratar de prevenir las crisis sucesorias que se desataban a la muerte de los emperadores, cada augusto designó en vida a alguien de su confianza como sucesor, entregándole parte de sus dominios para que los gobernara y estableciese en ellos su propia corte. Los dos sucesores (el de oriente y el de occidente) recibieron el título de césar. Diocleciano escogió para el cargo a su general Galerio mientras que Maximiano hizo lo propio con otro de sus generales, Constancio Cloro. La idea era que cuando alcanzasen el cetro imperial escogieran a su vez un nuevo césar que sería su sucesor. El sistema se puso a prueba en 305, cuando Diocleciano convenció a su colega Maximiano para abdicar. La sorpresa vino cuando los nuevos emperadores, Galerio y Constancio Cloro, escogieron como césares a Maximino Daya y a Severo II, respectivamente, en lugar de a Constantino y Majencio, que era lo que todo el mundo esperaba. Al morir Constancio al cabo de un año, sus tropas proclamaron augusto a su hijo Constantino, pese a que el puesto le correspondía a Severo. Galerio era el único augusto cuyo puesto no era discutido, por lo que se entrevistó con Constantino y le convenció de que rechazase el nombramiento como augusto. Como recompensa Severo le nombró césar designándole así como su sucesor. Mientras todo esto pasaba, en Roma Majencio ardía de celos al ver como alguien en su misma situación (hijo de augusto) lograba algo que a él le era sistemáticamente vedado: el poder. Por ello comenzó a intrigar y se autoproclamó augusto de occidente con el apoyo de la guardia pretoriana.

Esto sumió al Imperio en una gran crisis, llegando a existir hasta ocho emperadores luchando por el trono. En todo este maremágnum de inestabilidad y violencia, Constantino fue el que supo manejarse con la suficiente inteligencia como para ir eliminando a sus rivales uno a uno. El primero fue Maximiano, el augusto emérito que había intentado recuperar el poder. Maximiano había acudido a Roma a la llamada de Majencio, que le había propuesto que reinasen los dos conjuntamente. Sin embargo las cosas se torcieron pronto, y en una asamblea de notables criticó el gobierno de su hijo, al que llegó a asir de sus ropajes imperiales. Maximiano contaba con el apoyo de las tropas que, sin embargo, se mantuvieron fieles a su hijo. Por ello hubo de abandonar precipitadamente la corte de Roma y se trasladó a la Galia, donde estaba la corte de Constantino, esposo de su hija Fausta. Sin embargo, poco después aprovechó una ausencia de su yerno para hacer correr el rumor de que había muerto e intentar proclamarse emperador. Pagó muy cara la traición, ya que cuando Constantino volvió al campamento y se enteró del conato de golpe de estado le condenó a muerte obligándole a suicidarse.

Majencio había roto relaciones hacía mucho con su padre, pero su muerte le brindó una ocasión única para eliminar a Constantino en su camino hacia el poder absoluto. Se presentó como un ejemplo de amor filial y declaró que vengaría a su padre venciendo en batalla al hombre que ordenó su muerte. El lugar escogido para la lucha fue muy próximo a Roma, en las proximidades del Puente Milvio, un puente que unía Roma con la Via Flaminia, una de las principales carreteras del Imperio. Cuando Majencio se enteró de que Constantino había invadido el norte de Italia y se acercaba a Roma decidió estrechar el puente poniendo toda una serie de obstáculos con el objetivo de retrasar la llegada de los invasores y tener tiempo para prepararse para un largo asedio. Sin embargo, algo le hizo cambiar de idea y decidió salir a presentar batalla. Para cruzar el Tíber con el puente prácticamente inservible improvisaron una pequeña pasarela de madera por la que pasó su ejército, compuesto por unos 100.000 hombres. Majencio ordenó erigir el campamento en las proximidades del Tíber y allí se quedó a esperar la llegada de su enemigo.

Batalla del puente Milvio. Giulio Romano (1519-1524)

Constantino disponía de un ejército menor formado por 40.000 hombres aproximadamente. Cuando avistó a su enemigo acampado enfrente de la orilla del Tíber ordenó detener la marcha de sus hombres e improvisaron un campamento para pasar la noche. Aquí llegamos a uno de los puntos que marcaron la historia y que han sido recreados cientos de veces en el arte, la literatura y el cine. Aquella misma noche, mientras dormía, vio en sueños una cruz luminosa y oyó una voz que le dijo: «In hoc signo vinces (Bajo este signo vencerás)». Al despertar ordenó a todos sus soldados que pintasen en sus escudos las dos prieras letras de la palabra griega Christos.

Al margen de supersticiones, Constantino era un gran militar, y la geografía de la batalla fue su mayor aliada. Se dio cuenta de que Majencio había acampado muy cerca del río. Por ello ordenó una carga casi desesperada contra la caballería enemiga. Los soldados de a pie de Constantino observaron que los caballos carecían de protección por lo que se dedicaron a matarlos para desmontar a sus jinetes. El caos se apoderó de los defensores que se dirigieron a toda velocidad hacia el puente y el pontón, donde se aplastaron unos a otros, otros murieron ahogados o apuñalados por la vanguardia de Constantino. Entre los que huían estaba Majencio que murió ahogado por el peso de su armadura, su cuerpo fue identificado por las tropas de Constantino que le decapitaron. El vencedor decidió entrar en la ciudad acompañado de la cabeza de Majencio como símbolo de su victoria.

Aún quedaban emperadores en otras zonas del Imperio, Constantino no sería amo único del mundo romano hasta la deposición de Licinio en 325, pero al vencer había quedado como dueño del Imperio occidental. Durante su reinado hubo grandes transformaciones que cambiaron para siempre la historia. Abrió la puerta al cristianismo, que se convertiría en la religión oficial del Estado romano más de medio siglo después, aunque Constantino no se convirtió hasta poco antes de morir. También construyó una nueva capital en el Cuerno de Oro que recibiría el nombre de Constantinopla.


Fuentes:
* http://bellumartis.blogspot.com.es/2015/10/batalla-del-puente-milvio.html
* https://cronicasdeltiber.wordpress.com/tag/batalla-del-puente-milvio
* https://santostefanocarlosalberto.blogspot.com.es/2017/04/batalla-del-puente-milvio-2810312-in.html


8 de mayo de 2017

Batalla de Teutoburgo

La conquista de la Galia por parte de Cayo Julio César dejó el Rin como frontera del poder romano, y así permaneció durante unas cuantas décadas, mientras se sucedían las guerras civiles del final de la República. No fue hasta después de la batalla de Actium y el establecimiento del principado de Cayo Julio César Octaviano, más conocido como Augusto, con los problemas internos solucionados, que Roma volvió a interesarse por sus vecinos en diversas fronteras del imperio.

Julio César ya había atravesado el Rin durante la guerra de las Galias, para hacer operaciones de castigo contra algunas tribus germánicas, pero no había intentado ninguna conquista más allá del río. Augusto, con una Galia ya prácticamente integrada en el imperio, decidió ampliar el radio de influencia romano más allá del Rin.

Todo empezó en el año 9 a.C. cuando el gobernador romano de Germania, Publio Quintilio Varo, que se había casado con la sobrina nieta del emperador Augusto, estableció los campamentos de verano de sus tres legiones (la XVII, XVIII y la XIX, de unos 5000 hombres cada una) en territorio querusco. Dos legiones fueron dejadas tras el Rin. Varo se hizo muy amigo de los jefes queruscos incluido el famoso caudillo germano, Arminio. Varo no se daba cuenta de que Arminio le veía como un invasor de su país y conspiraba contra él con los jefes de otros grupos germanos. Algunos de los jefes trataron de prevenirle, pero Varo fue convencido para que concediera a los conspiradores destacamentos legionarios, que le dijeron necesitaban para guarnecer ciertos puestos y escoltar los convoyes de suministro para el ejército romano.

Augusto
Pese a no disponer de muchos datos sobre las acciones de Arminio, lo que sí es seguro es que el líder germano necesitó tiempo para reunir unos 20.000 guerreros. Eso significaba citas con los jefes de las distintas tribus y clanes, mensajes, visitas, etc; lo que conllevaba tiempo, ausencias de los campamentos, reuniones... en definitiva, datos de que algo se estaba tramando.

En septiembre Varo había llegado con sus tropas hasta el interior de Germania por el Lippe y había permanecido allí varios meses sin demasiadas novedades, por lo cual ya planeaba la vuelta a sus cuarteles de invierno. En ese momento Arminio le informó de la existencia de una supuesta sublevación algo más al norte.

Varo mandaba tres legiones, tres alas y seis cohortes auxiliares además de numerosos carros, mujeres, comerciantes, sirvientes y un largo tren logístico. Un ejército enorme al que habría que sumarle otras fuerzas esperando en los campamentos de verano. En ese momento dos decisiones tuvo que tomar Varo: una era si acudir a sofocar la revuelta o regresar para invernar en un lugar más confortable que los campamentos del Lippe. En segundo lugar creer a Arminio y la presunta rebelión o al tío de Arminio, Seginio, quien lo alertaba sobre la trama del querusco.

Ante la primera disyuntiva Varo optó por cambiar el rumbo de su ejército y dirigirse hacia el lugar de la supuesta rebelión, quizá Varo no era tan indolente como lo describen las fuentes. Respecto a la segunda creyó al equite. Es posible que la incompetencia de Varo no le hiciera captar la advertencia de Seginio; pero también es posible que tuviese en cuenta la enemistad entre tío y sobrino, como un intento de desprestigiar al joven Arminio.

Los romanos constituían un ejército profesional, con pocas tropas ligeras, basando el peso de su fuerza en las legiones y por tanto en la infantería. Esta era en su mayoría pesada y muy bien protegida. Quizá carente del arrojo inicial germano, pero sí con una enorme disciplina. No solían existir lazos de parentesco entre ellos, aunque los años y el estar muy lejos de su tierra natal les otorgaba una gran cohesión.

Mientras tanto los germanos más bien constituían una milicia de guerreros, muy fieros al principio, pero carentes de orden, disciplina, constancia y sin una cadena de mando que reemplazase a los jefes si estos caían. No obstante se les reconoce el esfuerzo de recoger a sus muertos en combate, en lugar de abandonar el campo de batalla cuando la situación se volvía peligrosa. Llevaban poca ropa o incluso iban desnudos. Portaban arcos, lanzas, venablos y otras armas arrojadizas ligeras. Las lanzas en punta de metal eran escasas, mucho más las espadas y corazas. Solían pertenecer a la misma tribu y les unía el parentesco.

No sabemos con exactitud el orden de marcha ordenado por Varo, lo que sí nos dicen las fuentes es que fue el propio de unas tierras pacificadas y no unas en rebelión como en realidad estaba esa parte de Germania. Muy probablemente Varo optó, en el mejor de los casos, por el clásico orden del ejército en aquella época.

Primero iría la caballería auxiliar germana y tras ella los arqueros, ambos con la misión de reconocer el terreno y evitar cualquier emboscada. En esto estuvo el primer error táctico de Varo o la primera victoria de Arminio. Esas fuerzas, que debían ser los ojos del general y la protección contra posibles espías, desaparecieron enseguida, unas tal vez por eliminación pero muchas otras probablemente por deserción.

Detrás iría un destacamento de infantería y caballería romana que llegado el caso podría advertir del panorama observado. Pero los germanos, quienes ya conocían esto, los fueron atacando y aniquilando.
Monumento dedicado a Arminio
junto al bosque de Teutoburgo

Después caminaban los zapadores quienes se ocuparían de delimitar y comenzar a levantar el siguiente campamento. Estas fuerzas salían varias horas antes que el grueso de las tropas. Quizá por esa razón, cuando Varo se dio cuenta de que algo estaba yendo mal el grueso de su ejército ya habría penetrado en el bosque de Teutoburgo y la trampa estaba a punto de cerrarse.

El bosque de Teutoburgo resultó ser un terreno muy abrupto, lleno de grandes raíces y árboles muy anchos que hacía difícil el avance y obligaban a los legionarios a caminar casi en línea, por unos senderos estrechos. Esto ya suponía un dificultad para un ejército que carecía de arqueros y tropas ligeras, pasadas al bando germano o eliminadas.

Marchando confiado y probablemente en cuarta o quinta línea, Varo no debió presentir el peligro y quizá no era consciente de que, una vez dentro del bosque, salir de aquella selva sería difícil, cualquiera que fuese la dirección tomada. Pero este exceso de confianza puede ser normal en una provincia considerada parte del imperio romano desde hacía unos 20 años.

La jornada comenzó con una fuerte tormenta. El viento llegó a tronchar algunas copas de los árboles, las cuales cayeron sobre los legionarios, creando confusión y rompiendo las líneas aún más. El agua debió ser copiosa haciendo más lenta la marcha.

Una vez dentro del bosque los germanos lanzaron un ataque tras otro. Flechas, venablos y algún que otro choque cuerpo a cuerpo rápido para aprovechar su mayor movilidad. Después se retiraban y los romanos no podían perseguirlos. Durante todo el día el acoso fue constante y las bajas comenzaban a crecer, pese a no saberse en la actualidad con certeza el número. Los escudos, empapados de agua, resultaban casi imposibles de mantener altos, por lo que la única defensa la proporcionaban las lorigas. La caravana era demasiado larga para defenderla toda, las pesadas lanzas romanas no alcanzaban a los germanos. Toda una retahíla de esfuerzos y frustraciones.


La noche no resultaría muy reparadora por varios factores como el miedo a saberse dentro de una ratonera, la humedad y posibles ataques. A la mañana siguiente Varo cambió por completo el orden de marcha para ir más agrupados y darse cobertura mutua. Asimismo sus hombres quemaron y destruyeron todo lo que les enlenteciera e incluso cubrieron los cencerros de los animales con vegetación para no ser delatados. Lo que indica un cambio de actitud en aquellos soldados: de ser un ejército eminentemente ofensivo habían pasado a evitar los ataques en la medida de lo posible.

Las fuentes no aclaran donde acamparon ni que ruta tomaron después, por eso la batalla estuvo siempre sumida en un mar de posibles emplazamientos, lo que sí nos cuentan es que los cambios en el orden de marcha no debieron de servir de mucho y los ataques, las bajas y la desmoralización volvieron a hacer acto de presencia con más fuerza si cabe.

Los ataques siguieron produciéndose. Ese día la caballería romana trató de huir por su cuenta, lo que dejaba a los infantes aún más en desventaja. Con esa huida habían perdido ya cualquier capacidad de perseguir a sus atacantes. El propio Varo fue herido y murió a lo largo del día, o se suicidó sabiendo las torturas que le aguardaban si era capturado, las fuentes no se ponen de acuerdo. En cualquier caso la muerte del gobernador debió ser otro golpe duro para los soldados, mucho más si este realmente se suicidó, demostrando que no veía salida.

Pese a todo siguieron avanzando por el bosque y al final del día, probablemente extenuados por la marcha comenzaron a montar el campamento. Que levantasen un segundo asentamiento y no volvieran al primero, mejor fortificado, quizá indica que al principio no veían un peligro de ataque masivo y avanzaron hasta no merecer la pena volver atrás.

Para la tercera jornada Arminio había preparado y camuflado una línea de fortificaciones cerca de Karkriese, donde unas colinas cerraban el camino por un lado y un pantano lo hacía por el otro. Probablemente con las técnicas aprendidas de los romanos, los queruscos y las otras tribus cavaron fosos, levantaron empalizadas desde las que pudieran disparar los arqueros y dejaron huecos para permitir a la infantería germana salir, atacar y volver a cubierto.

En ese angosto paso el ataque debió ser terrible y los romanos perdieron del todo la formación. Según los historiadores la mayoría se dejaron matar porque debían estar sin aliento y sobre todo sin esperanza.

Sin embargo la arqueología indica que las reacciones fueron variadas. Muchos trataron de huir por el pantano en varias direcciones, pues se han encontrado varias monedas y bolas de plomo de la época esparcidas por el lugar. Por su parte, en varios tramos de las colinas han aparecido gran cantidad de clavos utilizados en las suelas de las sandalias romanas. Lo que indica que un grupo al menos realizó un último intento de trepar por el montículo y atacar a los germanos que los mataban desde allí. Se calcula que debieron caer en aquel lugar entre 6.000 y 7.000 legionarios.

La derrota de Varo y la recuperación de Germania se convirtieron en casi una obsesión para Roma.


Fuentes:

26 de marzo de 2017

Batalla de Bannockburn

El 24 de junio de 1314 tuvo lugar la Batalla de Bannockburn, en la que las tropas escocesas bajo el mando de Robert Bruce derrotaron a las tropas inglesas comandadas por Eduardo II. Esta batalla, en la que los ingleses superaban a los escoceses por cuatro a uno, fue decisiva para garantizar la independencia de Escocia 13 años más tarde.

Eduardo contaba con unos 20.000 soldados de infantería, entre lanceros y arqueros. Los lanceros llevaban una especie de alabarda o voulge de 2,5 metros. La caballería eran unos 3.000 caballeros que incluían contingentes feudales, tropas montadas de su Guardia Real y mercenarios. El problema táctico de combinar fuerzas a pie y a caballo lo más eficazmente posible implicaba tender un puente en la brecha social existente entre las dos, y en Bannockburn esa brecha fue un factor determinante. La primera tarea de Eduardo era liberar el castillo de Stirling, que estaba siendo asediado por los escoceses. Es más, Bruce había pactado con el gobernador de Stirling, sir Tomas Mowbray, que el castillo se rendiría si no era liberado antes del verano de 1.314. El castillo dominaba el sur de Escocia y Bruce sabía que quién lo poseyera tendría la clave de acceso al norte de Escocia. Mientras los ingleses marchaban al norte, Bruce preparó a sus hombres para la inevitable batalla que decidiría el futuro del país.

El 17 de Junio, las columnas inglesas vadearon el río Tweed. El conde de Pembroke iba a la cabeza con una división de caballería, pero no encontró ninguna oposición. Dos días después llegaron a Edimburgo. Aquí esperaron hasta el 21 de Junio, para dar tiempo a llegar al tren de equipajes y provisiones, formado por más de 200 elementos, que iba muy detrás de las largas columnas de infantería y caballería.

En el cercano puerto de Leith, los barcos ingleses desembarcaron provisiones para las tropas. Antes de caer la noche del 22 de Junio, los elementos de la avanzadilla inglesa ya estaban en los alrededores de Falkirk. A menos de 16 km. El ejército de Bruce se hallaba congregado entre el ejército inglés y el castillo de Stirling.

El 24 de junio, muy temprano, el ejército inglés avanzó desde Falkirk. El condestable, encargado de la organización y conducta del ejército, solía dirigir la vanguardia o combate inicial. En Bannockburn el condestable era el conde de Hereford, aunque Eduardo II designó a su sobrino el conde de Gloucester como comandante adjunto de la vanguardia. Con tal desprecio por las cuestiones militares, Eduardo socavó la valía de Hereford y dejó la vanguardia inglesa sin una dirección decisiva.

Avanzaban desordenadamente, con gran parte del ejército rezagado y muy estirado. Mientras Hereford y su vanguardia cruzaban el valle del arroyo de Bannock, avanazando por la calzada romana hacia la entrada de New Park, su temperamental sobrino Enrique de Bohun divisó a un caballero montado dirigiendo a sus piqueros. El león con doble trechor de su sobretodo y la corona le identificaban como Bruce y solo tenía un hacha de guerra. De Bohun, convencido de que había llegado su momento de gloria, espoleó su caballo y arremetió contra él lanza en ristre. Bruce dirigió su caballo hacia el enemigo, que se le venía encima a galope tendido. Cuando estaban cerca, Bruce tiró de su caballo para esquivar la lanza de Bohun, y de pie sobre los estribos, le asestó tal golpe con el hacha que partió el yelmo del caballero inglés en dos y se la clavó en el cráneo. El mango del hacha se hizo añicos con el impacto y de Bohun se desplomó de la silla, muerto antes de tocar el suelo. Entonces la división de Bruce emergió del bosque en apoyo del grupo de piqueros y los ingleses se replegaron. Con un sonoro grito, los escoceses cargaron en tropel y la caballería inglesa se volvió y emprendió la huida, derrotados y en desorden.

Mientras tanto otra poderosa fuerza a caballo dirigida por sir Robert Clifford se adelantó y se dirigió al norte, hacia Stirling, con el objetivo de bordear New Park y llegar al castillo, rebasando el flanco izquierdo escocés. Sin embargo, una división de escoceses estaba apostada cerca de St. Ninian para proteger el camino principal hacia el norte de un movimiento de este tipo, y se apresuró cerrar el paso a Clifford. Al ver a los escoceses saliendo en tromba de New Park, los ingleses aguardaron sobre sus caballos y les dejaron que se acercasen y se alejaran de la protección del bosque. El comandante de la división escocesa vio el riesgo que corrían y ordenó volverse a las filas de para adoptar la formación de schildron. La caballería inglesa rodeó a los escoceses, pero no fueron capaces de romper su compacta y disciplinada formación. Los escoceses empalaban con sus picas a los caballos que se acercaban y mataban a los jinetes al caer, mientras que otros salían como flechas de entre las filas para golpear a los caballos con sus espadas y derribar a los caballeros. Sin el apoyo de los arqueros, los jinetes de Clifford fueron incapaces de romper el schildron escocés. Los ingleses se replegaron. Algunos de los hombres de Clifford se dirigieron hacia el castillo de Stirling; otros, incluido el propio Clifford, se unieron al bloque principal del ejército inglés.

Aquella noche, un caballero escocés al servicio inglés, sir Alexander Seton, se dirigió al cuartel general de Bruce. Senton contó a Bruce el estado de desorganización de los ingleses, y juró por su vida que si Bruce atacaba por la mañana obtendría la victoria. El rey reunió a sus oficiales en consejo de guerra, y en una muestra de valentía votaron al unísono para atacar.

Atacaron, y a media mañana la batalla estaba perdida para los ingleses, que solo pensaban en sobrevivir y escapar. Cuando los líderes ingleses vieron que todo estaba perdido, el conde de Pembroke y Sir Giles d’ Argentan, que estaban en el bando del rey Eduardo, se dieron cuenta de que su seguridad era vital y que el monarca no debía caer en manos escocesas, pues traería unas consecuencias impensables. En el último momento, sacaron al rey del campo de batalla y lo condujeron a salvo al castillo de Stirling. Tan pronto como vio que el rey estaba fuera de peligro, sir Giles d’ Argentan, temeroso por su honor y para quien la huida no era una opción, se dio media vuelta y se lanzó al galope al núcleo de la pelea, donde perdió la vida.

Roberto Bruce

La huida de Eduardo del campo de batalla supuso la desbandada total del ejército inglés. Algunos siguieron al rey hasta Stirling, otros huyeron hacia el río Forth, pero era difícil de cruzar y muchos murieron ahogados en el intento. Otros huyeron al sur e intentaron cruzar el arroyo de Bannock, aquí fue donde sufrieron sus mayores pérdidas, incluido el senescal del rey, sir Edmundo Mauley.

Los ingleses perdieron unos 9.000 hombres, de los cuales 700 serían caballeros, mientras las bajas escocesas fueron muchas menos. Las formaciones de piqueros provocaron el principio del fin de la caballería pesada medieval.

Los escoceses habían tomado la iniciativa en las guerras contra Inglaterra, con profundas incursiones en el norte del país, llevadas a cabo en varias ocasiones y con relativa facilidad. El rey Inglés, Eduardo II, parecía incapaz de tratar con efectividad el problema, distraído además en una lucha política contra sus propios barones.


Fuentes:

* http://www.ruizhealytimes.com/un-dia-como-hoy/de-1314-se-libro-la-batalla-de-bannockburn
* https://arrecaballo.es/edad-media/guerras-anglo-escocesas/batalla-de-bannockburn-1-314


2 de noviembre de 2016

Batalla de Leipzig, el fin de Napoleón

La Batalla de Leipzig fue librada entre el ejército francés, bajo el mando de Napoleón, y un ejército de coalición formado por tropas austríacas, prusianas y rusas al mando del príncipe de Schwarzenberg. Tuvo lugar entre el 16 y el 19 de octubre de 1813 en los alrededores de la ciudad alemana de Leipzig.

Para Napoleón, 1813 empezó bajo los mejores auspicios. El 2 de mayo vencía a los ejércitos ruso y prusiano en Gross-Górschen, y semanas después lograba una nueva victoria en Bautzen, Silesia. Sin embargo, algo había cambiado. Aunque la acción de Bautzen demostró que Napoleón sabía vencer todavía, su iniciativa se había esfumado.

En octubre de 1813, Napoleón se retiró con su ejército desmoralizado hasta la ciudad de Leipzig, donde tomó posiciones defensivas. El plan era resistir el ataque sueco y prusiano hasta que lograra desbordar a los austriacos y rusos, pero un mariscal prusiano llegó antes de lo previsto y el plan se desbarató.

El 16 de octubre empezó la batalla con la llegada de refuerzos austríacos y rusos. Éstos se movieron sigilosamente y se abalanzaron contra los franceses, pero el ataque falló, permitiendo a Napoleón resistir logrando incluso que retrocedieran.

La Batalla de Leipzig (Alexander Zaureweid, 1844)

Bonaparte no consiguió reunir efectivos para un contraataque definitivo por lo que la lucha se estancó. Ambos bandos desplegaron artillería pesada provocando muchas bajas entre la infantería.

Los franceses resistían esperando que sus enemigos cometiesen un error fatal pero ocurrió todo lo contrario, cada vez estaban mejor coordinados, lo que debilitó las defensas del ejército francés.

Se construyó un puente para huir de la lucha y los días 18 y 19 de octubre el ejército de Napoleón se retiró por el puente. El día 19 parecía que Bonaparte se iba a escapar con la mayor parte de su ejército, pero entonces llegó el desastre. El oficial que estaba al mando de las cargas para volar el puente tras el paso del ejército desertó, dejando al mando a un soldado que sufrió un ataque de pánico y activó las cargas cuando el puente estaba aún atestado de soldados. Esto supuso que la retaguardia quedase atrapada sin escapatoria. Sin embargo, Napoleón logró escapar y regresó a Francia.

A partir de ese momento empezó la desintegración. La Conferencia del Rin fue disuelta, Baviera y Sajonia se separaron de Napoleón y Jerónimo Bonaparte fue expulsado de Westfalia, al igual que José de España. Los holandeses se sublevaron y a finales de 1813 los ejércitos aliados entraban en Francia.


Fuentes:
* https://historiayguerra.net/2015/01/03/la-batalla-de-leipzig-1813
* http://historiaybiografias.com/leipzig
* http://historiaguerrasyarmas.blogspot.com.es/2012/12/batalla-de-leipzig.html


1 de septiembre de 2015

Batalla de Gaugamela

Macedonia, unificada por el Rey Filipo II, se había convertido en un territorio de gran importancia y peso en el mundo antiguo. Su eficacia militar, y su riqueza basada en el oro y el comercio, llevó a los macedonios a querer expandirse y a buscar un salida al mar para dominar el Mediterráneo. Tras la muerte de Filipo en el año 336 a.C. su hijo Alejandro asumió el trono. Alejandro a los 20 años ya era un respetado líder militar y siguió con la tendencia expansionista de su padre. Esto le llevó a entrar en guerra con el Imperio Persa, amparado en una unión de pueblos griegos denominada Liga de Corinto en la que tan solo faltaba Esparta, ya que las demás polis griegas estaban representadas. Alejandro acabaría siendo conocido como Alejandro Magno, siendo uno de los personajes más importantes de la historia. Esta guerra permitía a Macedonia poder expandirse hacia el este y a las demás polis griegas vengarse de los persas por invasiones anteriores.

En el 333 a.C., tras una aplastante derrota de los persas en Issos, las conquistas llevaron a Alejandro Magno a la costa del Mediterráneo, a Egipto y Siria. Cuando el macedonio fue abriéndose camino, le volvió a tentar la idea de derrotar a su mayor enemigo, el poderoso Imperio Persa. Sin embargo, Darío III, rey de Persia, no se había quedado de brazos cruzados durante los últimos dos años, había ido reclutando hombres hasta formar un ejército lo suficientemente grande como para detener el avance de Alejandro.

Darío, a pesar de tener un ejército mucho mayor, ya había sufrido una derrota a manos de Alejandro y quería evitar a toda costa el conflicto. Estaba dispuesto a ofrecerle la mitad del imperio persa con tal de que cesara su invasión. Alejandro rechazó la oferta. A Darío no le quedó otra opción que preparar sus tropas para la batalla. Darío escogió una amplia llanura para evitar el problema que había tenido en Issos, cuando el estrecho campo de batalla limitó el despliegue de sus muchos soldados. Con 200 carros armados con guadañas y 15 elefantes de guerra era de vital importancia un terreno llano, así que envió un contingente a lo que sería el campo de batalla para allanar el terreno. Alejandro había tomado prisioneros a varios jinetes persas y por ellos se enteró del lugar elegido por Darío para la batalla y de sus tácticas. Marchó con su ejército y montó el campamento a 11 kilómetros de donde se hallaban los persas.

Moneda con la imagen de Darío III
El 1 de octubre, Alejandro marchó a enfrentarse a su enemigo. El imponente ejército persa se alzaba a lo ancho de la explanada y en el centro se hallaba Darío, rodeado de los famosos Inmortales y de sus 15 elefantes de guerra. Los soldados de Alejandro, aunque menos numerosos, eran luchadores de élite dirigidos por un hombre que nunca había sido derrotado en el campo de batalla. Utilizando una estrategia única, el ejército macedonio fue capaz de romper la línea enemiga y lanzar un ataque devastador en el centro del debilitado ejército persa.


La batalla

Alejandro se sitúa con su caballería a la derecha de Parmenio, dejando a su general en el flanco izquierdo. Inicia la batalla con un brusco y repentino avance de sus hombres. Los hombres a su derecha se mueven oblicuamente hacia el ala izquierda. Lo que pretende Alejandro es atraer al ejército enemigo para abrir una brecha en su formación. Darío cae en la trampa y envía a su caballería contra el ejército macedonio.

Alejandro continúa su marcha, Darío envía sus carros armados y elefantes de guerra contra él, en un intento de mostrar su poder. Los carros cargan contra la infantería ligera macedonia, pero quedan detenidos por una lluvia de jabalinas para después ser atacados y destruidos por la caballería de Alejandro.

Alejandro envía 400 jinetes a contraatacar a la izquierda persa, pero quedan abrumados por la enorme tropa de Darío y retroceden. Viendo una oportunidad, Darío hace cabalgar a su caballería hasta alcanzar a Alejandro y detener su avance por la derecha. Sin embargo, Alejandro envía un contraataque mayor contra los persas. Se desanta una feroz y sangrienta batalla entre los hombres de Alejandro y lo que queda del ejército persa. Hay muchas bajas en ambos bandos, pero al final las fuerzas macedonias logran reducir a las persas.

Viendo lo rápido que se acercan los soldados de Alejandro, Bessos, situado a la izquierda de Darío, envía el resto de su caballería a la batalla. Tras otra sangrienta lucha, los soldados de Bessos también se retiran. La concentración de soldados persas a la derecha ha creado exactamente lo que esperaba Alejandro, una brecha en el centro de la formación de Darío. Alejandro coloca a sus hombres formando una cuña gigante y, con él en el centro, cabalgan hacia la brecha abierta en la línea persa por el avance de sus propia caballería. El ataque sorpresa se abre camino en el frente persa y la guardia real queda abatida. Darío se da cuenta de que todo está perdido y sale huyendo del campo de batalla.

Falange macedonia

Pero la batalla aún no ha terminado. El avance ha dejado abierta una brecha en la primera línea del frente macedonio y muchos soldados persas se abren paso. No saben que su líder ha huido, llegan al campamento de Alejandro y lo saquean. Este hecho supone perder la batalla para los persas. Conocedor de estos hechos, Alejandro regresa hacia el campamento con la caballería pesada y ataca a los persas, venciéndolos. Al mismo tiempo, la falange ataca el ala derecha persa que no ha conseguido abrir brecha.

Alejandro intentó capturar a Darío pero no pudo, ya que el rey persa fue asesinado por Bessos, su comandante, que codiciaba su poder. Su muerte marcó el fin del Imperio Persa y coronó a Alejandro como "Rey de Reyes". Hoy en día, las tácticas de Alejandro Magno siguen estudiándose en las escuelas militares.


Fuentes:
* Vive la Historia Nº 20.
* http://www.batallasdeguerra.com/2013/03/la-batalla-de-gaugamela.html
* http://igorgaratu.es/batalla-de-gaugamela-331-a-c
* https://latunicadeneso.wordpress.com/2008/10/01/la-batalla-de-gaugamela


27 de junio de 2015

Batalla de Maratón

En agosto del año 490 a.C., un ejército de unos 10.000 griegos, casi todos ellos atenienses, estaba acampado al pie de las colinas que dominaban la llanura costera de Maratón. Estaban allí para defender su tierra contra la fuerza invasora persa. Desde su campamento protegían los caminos que unían Maratón con Atenas y además dominaban el campamento persa, que se encontraba en la misma llanura a un nivel algo inferior. Entre los dos campamentos se extendía una marisma que hacía difícil el camino entre uno y otro. Los dos ejércitos se estuvieron vigilando durante una semana. Los persas superaban en número a los atenienses, posiblemente hasta por tres a uno, haciendo que los atenienses fuesen reacios a salir de su posición de defensa para presentar batalla. Los persas, por su parte, no querían intentar un ataque cuesta arriba contra la fuerte posición ateniense.
Al final de la semana de espera, los atenienses se decidieron a bajar hasta la llanura para presentar batalla, y la batalla que se libró en Maratón entre atenienses y persas se iba a convertir en materia de leyenda, no sólo para los antiguos griegos sino hasta los tiempos modernos.


Antecedentes

Ciro el Grande había conquistado las poblaciones griegas de la costa de Jonia. Inicialmente, las relaciones entre persas y griegos fueron cordiales, pero pronto los persas empezaron a aplicar restricciones comerciales a los griegos, lo que afectaba a su desarrollo económico. Además de esto Persia impuso tiranos títeres para el gobierno de las ciudades estado jonias, lo que chocaba con la mentalidad independiente de los griegos. Finalmente en el 499 a.C. los jonios llevaron a cabo una revuelta contra los persas.

Liderados por Aristágoras de Mileto, intentaron en primer lugar una alianza con Esparta. Pero el rey espartano Cleómenes consideró que defender a los jonios no tenía ningún interés y declinó apoyar la revuelta. En Atenas, sin embargo, Aristágoras tuvo más suerte y los atenienses decidieron enviar un escuadrón de 20 naves de guerra.
La tropa desembarcó en Éfeso y se dirigió a la capital persa, Sardis, que fue tomada rápidamente, incendiada y arrasada. Posteriormente los griegos fueron derrotados y los atenienses decidieron regresar a casa.

Aunque la revuelta había sido sofocada con éxito, el entonces rey persa Darío I se enfureció ante la participación de los atenienses y decidió castigarlos. Para ello, Darío envió una expedición por mar de casi 600 naves.


La batalla

Al tener conocimiento del desembarco persa en Maratón, los atenienses decidieron mantener encerrados a los persas allí y no permitirles aproximarse a la ciudad.
A pesar de su desventaja numérica, los hoplitas griegos demostraron ser devastadores contra la infantería persa. Los hoplitas rodearon a los persas por los flancos y luego avanzaron hacia el centro. Algunos persas lograron escapar volviendo a sus barcos, pero muchos cayeron en la batalla.

Cuando los soldados atenienses vieron alejarse a los persas en el mar, volvieron rápidamente a Atenas para evitar otro posible desembarco en la ciudad. Finalmente, el general persa Artafernes comprendió que no tenía oportunidad de vencer y puso fin a la campaña, volviendo a casa con lo que quedaba de su ejército.


La victoria fue total para los griegos. Perdieron sólo 192 hombres (según Heródoto) que fueron enterrados en la llanura de Maratón. Esto iba contra la costumbre de la época, ya que los caídos en la guerra eran llevados a Atenas para ser enterrados en el sepulcro Cerameico.


La leyenda

Cuenta la leyenda que un mensajero ateniense llamado Filípides fue enviado desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria griega. Corrió unos 40 kilómetros, anunció la victoria y cayó muerto por agotamiento. Este es el origen de las modernas carreras de maratón.


Fuentes:
* https://unahistoriacuriosa.wordpress.com/2014/08/29/la-batalla-de-maraton-guerra-y-mito
* http://historiaybiografias.com/maraton
* http://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/batalla-de-maraton
* http://www.historiasimple.com/2009/07/la-batalla-de-maraton.html
* Maratón: El origen de la leyenda - Richard A. Billows. Ed. Ariel, 2014


20 de octubre de 2014

Las batallas más ridículas de la historia

A lo largo de la historia ha habido muchas guerras y batallas, algunas realmente curiosas o incluso rozando el ridículo. Veamos algunos casos.

1. El 5 de abril de 1242, los Caballeros Teutónicos de Livonia libraron la Batalla del Hielo, sobre el lago helado Peipus, en la República de Nóvgorod, estado medieval del norte de Rusia. El objetivo era convertir a los ortodoxos bálticos al catolicismo. Los novgorodeses, armados con un equipo ligero, consiguieron hacer huir en desbandada a los teutónicos, que corrieron desordenadamente con sus pesadas armaduras hasta que la superficie del lago se quebró. Normalmente se dice que no es buena idea atacar Rusia en invierno, pero todo indica que la primavera tampoco es una época ideal para hacerlo, a no ser que llevemos ropa cómoda y no metálica.

2. 17 de septiembre de 1788. Batalla de Karánsebes. El ejército austriaco se ataca a sí mismo, creyendo luchar contra tropas otomanas. Murieron unos 10.000 soldados. El desencadenante fue una disputa por alcohol: los húsares se negaron a compartir unos barriles de aguardiente.

3. Edward Cecil partió al frente de una flota anglo-holandesa en 1625 con el objetivo de capturar la flota del tesoro española en la bahía de Cádiz. Parecía una buena idea, pero los despropósitos se acumularon: la mayor parte de los cien buques no eran más que carboneros con cañones, repletos de reclutas con tan poca experiencia que muchos no habían usado un arma antes de embarcar. Esto último no tenía mucha importancia, ya que resultó que la munición no era del calibre adecuado y muchos mosquetes no tenían boca.

Además, Cecil decidió dejar de lado a los comandantes más veteranos y llevarse a sus amigos. Con la intención de que lo tuvieran fácil, les preparó y envió un manual de instrucciones para la batalla. Que no recibieron hasta su regreso.

Tras un bombardeo en el que los proyectiles pasaban más cerca de sus propios barcos que del enemigo, Cecil logró desembarcar, habiendo olvidado las provisiones a bordo. Envió a un grupo de vuelta a los barcos en busca de alimentos y bebidas, pero este comando de avituallamiento jamás regresó.

Las tropas de Cecil consiguieron llegaron a unos edificios abandonados, donde descubrieron barriles de jerez. Los oficiales no querían que sus hombres se emborracharan, así que intentaron quitarles la bebida, decisión que fue respondida a balazos. Al día siguiente, Cecil decidió embarcar de nuevo con sus tropas resacosas, rumbo a las islas británicas. Durante el viaje de regreso, que en algunos casos duró meses, muchos soldados murieron de hambre.

Aun así, a su vuelta Cecil fue nombrado barón y primer vizconde de Wimbledon.

4. En 1648 y durante la Segunda Guerra Civil Inglesa, los parlamentaristas de Oliver Cromwell arrinconaron a los monárquicos en las islas Sorlingas, en la costa de Cornualles, donde sobrevivían en gran parte gracias a abordar barcos holandeses, aliados de los parlamentaristas. En consecuencia, los Países Bajos declararon la guerra a los rebeldes, que se rindieron a Cromwell en 1651, por lo que los holandeses se pudieron retirar victoriosos sin necesidad de hacer un solo disparo. Eso sí, olvidaron firmar un acuerdo de paz, cosa que no se hizo hasta el 17 de abril de 1986, por lo que esta guerra sin bajas duró 335 años.

Por cierto, técnicamente la II Guerra Mundial tampoco ha terminado. Japón y Rusia tambien deberían firmar un tratado de paz.

5. El 14 de octubre de 1883 el pueblo almeriense de Líjar le declaró la guerra a Francia después de que Alfonso XII fuera abucheado e insultado en Francia por su apoyo a Prusia. El 30 de octubre de 1983 se firmó el acuerdo de paz. Líjar cuenta actualmente con unos 500 habitantes.

6. En 1810 Suecia se vio derrotada por Napoléon. El tratado de paz firmado en París obligaba a los suecos a entrar en guerra con el Reino Unido. La declaración de guerra fue un mérito trámite burocrático, ya que los ingleses seguían atracando sus barcos en los puertos suecos. En 1812 y con un nuevo príncipe, Suecia firmó la paz con los británicos.

7. Tras la muerte del sultán de Zanzíbar Hamad ibn Thuwaini el 25 de agosto de 1896, su primo Khalid ibn Barghash llegó al poder mediante un golpe de Estado. Zanzíbar era independiente desde 1866, pero el sultán tenía que ser aceptado por el cónsul del Reino Unido, que prefería a Hamud ibn Muhammad. Bargash se negó a abdicar.

A las 9 de la mañana del 27 de agosto terminó el ultimátum británico y comenzó la guerra Anglo-Zanzibariana. A las 9:40 las tropas británicas entraban en el palacio del sultán y finalizaba la guerra Anglo-Zanzibariana.

Las tropas del sultán sufrieron 500 bajas mientras que entre los ingleses sólo resultó herido un marinero. El conflicto supuso además el fin de Zanzíbar como sultanato independiente.

8. La Guerra de Secesión de Conch Republic fue aún más breve. El 23 de abril de 1982 Dennis Wardlow, alcalde de los Cayos de Florida, se hartó finalmente del punto de inspección de tráfico de la patrulla fronteriza estadounidense y declaró la guerra a Estados Unidos, mediante el inusual y poco diplomático método de golpear con una barra de pan a un hombre vestido con un uniforme de la marina. Tras un minuto de rebelión, el entonces primer ministro Warlow se rindió y exigió mil millones de dólares de ayuda internacional para reconstruir la nación tras el conflicto.

9. La Guerra del Cerdo comenzó en 1859, cuando un campesino estadounidense de las islas de San Juan mató un gorrinete que se había colado en su sembrado. Fue un acto cruel y un fiasco internacional: el bicho era propiedad de un británico, y precisamente Inglaterra y Estados Unidos llevaban tiempo disputándose la soberanía del territorio.

Esto inició una escalada militar en la que soldados de ambos bandos llegaron a cruzar un buen puñado de insultos, esperando que el enemigo fuera el primero en disparar. Para evitar que la cosa llegara a mayores, Washington y Londres negociaron una ocupación conjunta y pacífica de las islas que terminó en 1872. cuando el arbitraje de Alemania concluyó que San Juan sería estadounidense.


Fuente:
Verne

5 de octubre de 2014

Batalla del Puente Stamford, el principio del fin de la Era Vikinga


Esta batalla tuvo lugar el 25 de septiembre de 1066 entre los ingleses de Wessex y los noruegos comandados por Harald III. A pesar de su importancia, esta batalla no fue la única de este periodo, sino que forma parte de un conjunto de tensiones internas y luchas por el poder a nivel internacional, que pasando por aquí acaba por desembocar en la famosa Batalla de Hastings.

Todo este conflicto se originó tras la muerte, en enero de 1066, de Eduardo el Confesor, rey de Inglaterra, sin haber dejado ningún sucesor designado, lo que provocó que tres bandos distintos reclamasen su derecho al trono:
-Harold Godwinson, conde de Wessex, título que heredó de su padre Godwin, hombre de confianza del rey que incluso desposó a este con su hija Edith.
-Harald III o Harald Hardrada ("el Despiadado", "el de la mano dura").
-Guillermo el Bastardo, llamado así por ser hijo de Roberto I el Diablo y la aldeana Arlette de Falaise, fue duque de Normandía desde los ocho años, cuando su padre, el anterior duque, murió volviendo de su peregrinaje a Tierra Santa.

El día siguiente de la muerte del rey Eduardo, Harold Godwinson se autoproclamó rey de Inglaterra. Su ejército constaba de una tropa de élite llamada Housecarls y de soldados comunes denominados Fyrd. Harold Godwinson, esperando el ataque de Guillermo el Bastardo, mandó a todas sus tropas a defender la costa sur de Gran Bretaña, suponiendo que el ataque llegaría por el Canal de la Mancha. Pero Guillermo no atacó, y el 8 de septiembre se le acabaron los víveres y el dinero, debiendo mandar a sus tropas de vuelta a Londres. Harald decidió aprovechar la situación y atacar el norte de Inglaterra, en Yorkshire. Un hermano de Godwinson, Tostig, se unió a los vikingos.

Godwinson reunió a su ejército y marchó 200 millas, de Londres a York, en sólo cinco días. Su plan era emboscar a Harald, ya que éste no esperaba el ataque ni tenía protección. El ejército sajón estaba aproximándose al campamento de Hardrade, en la otra orilla del río Derwent, en Stamford Bridge. Harald divisó las tropas enemigas y mandó a un contingente de su ejército a combatirlas, mientras él y el resto de sus tropas tenían tiempo para formar filas.

Las tropas de Godwinson vencieron muy fácilmente a las de Hardrade; el plan de Harald había fracasado. Según la Crónica anglosajona, el puente fue defendido por un enorme y altísimo berserker noruego (temibles guerreros vikingos de más de 2 metros de altura, que combatían semidesnudos y en una especie de estado de trance, muy fieros y violentos), armado únicamente con un hacha. Aterrorizó al ejército anglosajón y defendió el puente durante una hora, hasta que un soldado sajón pudo cruzar el río gracias a un leño que encontró en la orilla y mató al berserker con su lanza, tras lo cual el ejército de Godwinson pudo cruzar el puente.

La defensa del berserker permitió que el ejército de Hardrade se recuperara y formara filas. Después de una breve tregua, Godwinson cargó de nuevo. Pero los housecarls no entraron en combate, sólo los fyrd, los cuales, tras un corto combate huyeron. Hardrade pensó que había ganado y rompió filas, abalanzándose sobre los sajones. Pero los fyrd dieron media vuelta y, junto con los housecarls que habían quedado con Harold, rodearon a los vikingos. Hardrade había caído en la trampa.

Se produjo un feroz combate donde Harald murió por un flechazo en la garganta. Un soldado le preguntó si estaba malherido y el rey vikingo respondió: "Es sólo una pequeña flecha, pero está cumpliendo su trabajo". Harald Hardrade murió y los vikingos fueron derrotados.

Esta batalla marcó el fin de las grandes invasiones vikingas, aunque aún hubo otra protagonizada por el rey de Dinamarca, Svein Strithsson en 1075. La acción de Harald Hardrade no puede considerarse en rigor un intento de invasión, sino de acceder al trono al que creía tener derecho.

Las consecuencias de esta batalla fueron una mayor estabilidad en Europa, pero también produjo un importante desgaste en las tropas sajonas, ya que después de esta batalla, Guillermo el Bastardo invadió Inglaterra, pasando a ser llamado Guillermo el Conquistador.

En la actualidad, en el pueblo de Stamford Bridge se eleva un monumento conmemorativo de la batalla.



Fuentes:
- artenordico.blogspot.com
- Halcones en la Historia

8 de mayo de 2014

Batalla de Carras

A mediados del siglo I a.C., Roma está dominada por lo que se conoce como primer triunvirato, protagonizado por Julio César, Pompeyo y Craso, siendo este último, según muchos historiadores, el hombre más rico del momento.

Su personalidad, codiciosa y ávida, le empuja a llevar a cabo una campaña que pronto se convertiría en el mayor error que pudo cometer. En el año 54 a.C., sin consentimiento del Senado Romano, invade el Imperio Parto, situado entre el Mar Caspio y el Golfo Pérsico, rompiendo un tratado de paz que Roma mantenía con ellos y con un ejército de 40.000 hombres, bien pagados y fieles a él hasta el final.


Craso tomó varias ciudades fronterizas sin resistencia. Los partos, indignados por la traición de éste le exigieron una retirada, a lo cual Craso se negó. En el año 53 a.C. el rey Orodes III de Partia envió un ejército de 10.000 jinetes a encontrarse con Craso, con la única intención de retrasarle mientras esperaba la llegada del grueso de su ejército, emprendido en otra campaña militar. Ambos ejércitos se encontraron cerca de Carras, entre los ríos Tigris y Éufrates.

Craso formó a sus hombres en un cuadrado, para neutralizar posibles cargas laterales y por la retaguardia de la caballería parta. Los partos, intentaron intimidar a los romanos en dos ocasiones, con redobles de tambores, para hacer creer que eran más de los que pensaban y reflejando el sol en sus brillantes armaduras, pero esto no frenó el avance del ejército de Craso.

Ante la inutilidad de aquello, los partos comenzaron la ofensiva. Los arqueros a caballo rodearon al ejército romano, y hostigaron a su infantería. Los arcos compuestos usados por los jinetes, atravesaban escudos y armaduras romanas, provocando heridas a los legionarios, normalmente no mortales, pero que empezaban a desmoralizar a éstos.

Craso
La impotencia se propagaba entre las líneas romanas, las cuales comenzaron a romper su formación e intentaban cargar contra las jinetes, quienes se retiraban, dejándoles a merced de una rápida carga de catafractos, que terminaba con los soldados que salían de la formación.

Craso en un principio esperaba resistir hasta que a los jinetes se les acabasen las flechas, pero los partos contaban con un millar de camellos cargados de munición, teniendo de estas más que suficientes. Ante esto, Craso envió a su caballería, liderada por su hijo, a cargar contra los jinetes arqueros, pero éstos terminaron siendo masacrados y el hijo de Craso, Publio, caído en batalla.

El ejército romano se retiró a la próxima ciudad de Carras, dejando 4.000 heridos y muertos tras ellos.

Al día siguiente, los partos enviaron un mensajero a los romanos, ofreciéndoles una tregua si se retiraban. Craso no quería reunirse con ellos, pero el miedo infundido en sus tropas amenazaba con un motín si  no lo hacía, por lo que tuvo que aceptar.

Durante la negociación, ésta se volvió violenta, resultando Craso muerto en ella, obligándole los partos a beber oro fundido como símbolo de su avaricia.

Las tropas romanas intentaron huir de Carras, siendo víctimas de una nueva trampa en la que resultaron rodeados y asesinados o capturados.

De los 40.000 hombres con los que contaba el ejército romano, 20.000 fueron muertos y 10.000 capturados. Las bajas del ejército parto fueron mínimas.

La muerte de Craso pondría fin al primer triunvirato en Roma, situación que comenzaría a desestabilizar el poder político y considerándose este hecho como el comienzo de la futura guerra civil entre César y Pompeyo.

Esta batalla también empezaría a despertar el interés en Europa en la seda, producto con el cual los partos tejían sus estandartes, interés que terminaría por consolidar la Ruta de la Seda, una de las rutas comerciales más prósperas de la historia.


Fuente:
Ekklesía

Para saber más:
La batalla de Carras

8 de febrero de 2013

Batalla de San Quintín

Felipe II
En 1556 Carlos V abdicó en favor de su hijo Felipe II. El legado del emperador Carlos no fue sólo la Península Ibérica, sino también los territorios europeos que controlaba el Imperio.

El primer problema que se encontró Felipe II al llegar al trono fue la ambición de Francia de apoderarse de Nápoles y la Lombardía. Esto quedó patente con la alianza entre el rey francés, Enrique II, y el Papa Paulo IV.

El monarca español ordenó entonces al duque de Alba marchar con sus tropas contra los Estados Pontificios, llegando éste hasta las puertas de la misma Roma. Temeroso entonces el Papa de que se produjera un saqueo solicitó un armisticio que le fue concedido inmediatamente, ya que Felipe II no quería enemistarse con el papado puesto que España era un referente entre las naciones cristianas.

En estas estaban cuando el francés duque de Guisa se acercó a Nápoles aunque no avanzó gran cosa en la conquista de este reino. Felipe II, entonces, ordenó al general Manuel Filiberto de Saboya la invasión de Francia.

En una jugada magistral, el duque de Saboya hizo creer a los franceses que se dirigía con su ejército hacia Guisa, lo que determinó un error estratégico por parte de Francia, que envió a sus tropas al lugar equivocado. Lo que hizo el general español fue dirigirse hacia San Quintín, localidad situada en la Picardía, al norte de Francia. El ejército español estaba formado por unos 60.000 hombres, 16.000 jinetes y artillería, más 7.000 soldados ingleses que se sumaron debido al vínculo de Felipe II con María Tudor.

Grabado sobre la batalla de San Quintín (Sebastian Münster. 1598)

Cuando los franceses fueron conscientes del engaño ya era demasiado tarde. Acudió el condestable Montmorency con 30.000 hombres y 6.000 caballos e intentó vadear el Somme para llevar refuerzos a la plaza. Enterado el general español, reforzó la defensa del vado con 500 arcabuceros haciendo retroceder a los franceses, que en su intento de retirada se toparon con la caballería española sufriendo una importante derrota.

Tan desconcertados quedaron los franceses con esta derrota, que los generales españoles propusieron abandonar San Quintín y marchar sobre París. A Felipe II no le gustó la idea y ordenó finalizar primero la toma de San Quintín cometiendo quizá un error, ya que mientras sus ejércitos se demoraban allí los franceses tuvieron tiempo de reorganizarse y llegar a París a tiempo para defenderla.

En conmemoración por esta victoria Felipe II ordenó construir el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. El monasterio fue dedicado a San Lorenzo por haber tenido lugar la batalla el 10 de agosto, festividad de este santo.


Fuentes:
- Ateneadigital
- www.oocities.org
- La Guía

24 de septiembre de 2012

La batalla de Agrigento

La de Agrigento fue la primera gran batalla de las Guerras Púnicas y tuvo lugar en el año 261 a.C. en Sicilia, enfrentando a Cartago y a la República de Roma.

Un año antes, en el 262 a.C., Roma había enviado 40.000 soldados a Sicilia, comandados por Lucio Postumo Megelio y Quinto Mamilio Vitulo. Dicho ejército se dirigió a Agrigento, lugar donde se hallaba Aníbal Giscón al frente de una guarnición local.

El cartaginés decidió refugiar a los habitantes de la ciudad tras las murallas con todos los víveres que pudieron conseguir y se prepararon para soportar un largo asedio. Al cabo de unos meses se empezaron a sentir los efectos del bloqueo y Aníbal Giscón solicitó ayuda urgente a Cartago. A comienzos del invierno de 262-261 a.C. llegaron 50.000 soldados de infantería, 6.000 de caballería y 60 elefantes de guerra bajo el mando de Hannón.

Hannón desplegó inmediatamente sus tropas en formación de batalla, pero los romanos se negaron a luchar en campo abierto. Por el contrario, fortificaron su línea de defensa exterior y, mientras mantenían el asedio sobre Agrigento, quedaron a su vez cercados por el ejército cartaginés de liberación.

Con Hannón acampado a las afueras de su propia base, la línea de suministros que abastecía a los romanos desde Siracusa dejó de estar disponible. Ante el riesgo de comenzar a sufrir el hambre, los cónsules eligieron ofrecer batalla. En este caso fue Hannón el que se negó al enfrentamiento, posiblemente con la intención de derrotar a los romanos por inanición. Mientras tanto, la situación dentro de Agrigento era ya desesperada tras más de seis meses de bloqueo. Aníbal Giscón, comunicándose con el ejército exterior mediante señales de humo, envió una solicitud urgente de ayuda tras la cual Hannón se vio obligado a ofrecer la batalla campal a los romanos.


Hannón desplegó la infantería cartaginesa en dos líneas, con los elefantes y los refuerzos en la segunda línea y la caballería probablemente en las alas. El plan de batalla de los romanos se desconoce, aunque probablemente se organizasen en la típica formación triplex acies. Las fuentes coinciden en afirmar que la batalla fue larga, y que los romanos fueron capaces de romper el frente cartaginés. Esto provocó el pánico en la retaguardia y las reservas cartaginesas huyeron del campo de batalla. También es posible que a los elefantes les entrara el pánico y que en su lucha desorganizasen la formación cartaginesa. En cualquier caso, los romanos resultaron victoriosos en la batalla. Su caballería logró atacar el campo cartaginés y capturar varios elefantes. En cualquier caso, la batalla no fue un éxito completo. Gran parte del ejército cartaginés huyó, y Aníbal Giscón, junto con la guarnición de Agrigento, fue también capaz de romper las líneas enemigas y escapar.

Tras la batalla los romanos ocuparon Agrigento y vendieron a la totalidad de su población como esclavos. Los dos cónsules resultaron victoriosos, pero no fueron recibidos con un triunfo en Roma; posiblemente por culpa de la huida del general enemigo. Después de 261 a. C., Roma controlaba la mayor parte de Sicilia, y se aseguró la cosecha de trigo de la isla para su propio uso.


Fuentes:
- El Talón de Aquiles
- La Factoría Histórica

Para saber más:
El Valle de los Templos - Historia de Agrigento: el periodo romano
Historia de Roma - La Primera Guerra Púnica


16 de julio de 2012

Se cumplen 800 años de la Batalla de las Navas de Tolosa

Hoy se cumplen 800 años de la Batalla de las Navas de Tolosa, uno de los acontecimientos más importantes de la Reconquista. Para rememorarlo rescatamos una entrada bastante completa publicada en este mismo blog el 15 de febrero de 2010.


Las Navas de Tolosa

El año 1031 el califato de Córdoba llegaba a su fin, y su territorio quedaba fragmentado en decenas de reinos de taifas incapaces de frenar el expansionismo de los reinos cristianos. Los almorávides, provenientes de tribus nómadas bereberes fueron llamados a socorrer a los soberanos islámicos. Eran intransigentes en la aplicación de las reglas coránicas y críticos con la relajación de costumbres en que, según ellos, habían incurrido los reinos de taifas. Llegaron a la Península Ibérica en 1086 y lograron detener a los cristianos y unificar de nuevo Al-Ándalus.

Sin embargo, en la primera mitad del siglo XII el poder volvió a fragmentarse en la España musulmana, lo que aprovecharon los monarcas cristianos para reemprender el avance hacia el sur. En esta ocasión fueron los almohades, más radicales aún que sus predecesores, los que vinieron desde África a socorrer al islam. Hacia 1146, forzaron una progresiva unificación política bajo su cetro que obligó a los cristianos a retroceder. El nuevo imperio se extendía hasta la actual Libia y al frente del nuevo entramado político figuraba un califa que adoptó el título de Príncipe de los Creyentes, Amir ul-Muslimin, que los cristianos rebautizaron como Miramamolín.


Imperio almohade

De todos los reinos cristianos el más amenazado fue Castilla, pues estaba sumida en luchas fratricidas con el reino de León. Para frenar a los musulmanes, Castilla alentó las acciones militares de las órdenes de Calatrava, Santiago y Alcántara, pero fue en vano. La retirada cristiana alcanzó su apogeo en 1195 con la derrota de Alarcos, donde el rey castellano Alfonso VIII vio a su ejército casi aniquilado. El vencedor, el califa Yusuf II, adoptó el nombre de Al-Mansur, el Victorioso, y para conmemorar su triunfo mandó levantar la Giralda de Sevilla. En 1197 se pactó una tregua de diez años que alivió la situación de Castilla.
Al finalizar la tregua volvieron las escaramuzas y se preveía una batalla de gran magnitud. Alfonso VIII estableció pactos con el resto de reinos cristianos pero eso no era garantía suficiente de no ser atacado. La solución llegó a través de la Iglesia: si el papa Inocencio III proclamaba una cruzada ningún reino cristiano le atacaría (eso habría significado la excomunión), y además estimularía a cristianos de toda Europa a sumarse a la campaña. El arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, fue el encargado de las gestiones con Roma que se culminaron a principios de 1212. Se proclamaron con rapidez las indulgencias plenarias por toda Europa, causando especial efecto en Francia. Se agregaron a la empresa los obispos de Narbona, Burdeos y Nantes, así como numerosos caballeros francos.
Por otro lado, árabes, turcos, senegaleses y bereberes, movidos por el principio de la guerra santa, cruzaron el estrecho en enero sumándose a las tropas de Al-Ándalus, dirigidas por Al-Nasir, hijo del vencedor de Alarcos.

El 20 de junio de 1212 la expedición cristiana se ponía en marcha. Entre los cristianos pronto surgieron desavenencias. Los cruzados franceses querían botín y no estaban interesados en aplicar medidas que facilitasen la posterior ocupación, que era lo que pretendía el rey castellano. El 24 de junio los franceses asaltaron el castillo de Malagón, la primera fortaleza almohade que encontraron en su camino, pasando a cuchillo a todos sus moradores. Se produjo la ruptura y los cruzados franceses abandonaron el ejército en dirección a Francia sin dejar de asaltar todas las juderías que encontraron por el camino. Sólo unos pocos cientos de caballeros franceses permanecieron en la expedición.

El tamaño del ejército musulmán fue enormemente exagerado por las crónicas cristianas, llegando a hablarse hasta de 400.000 hombres, si bien hoy en día se tiende a cifrar su número en algo más de 120.000.

Ante la posición estratégica de los Almohades en Despeñaperros, el avance del ejército cristiano era una maniobra suicida. Entre las deliberaciones cristianas, el rey aragonés Pedro II 'El Católico' y el rey navarro Sancho VII 'El Fuerte' se inclinaban por hacer retroceder al ejército para buscar un paso más seguro.
De otra parte, el rey castellano Alfonso VIII se negaba convencido de que una retirada causaría una deserción masiva en el ejército cristiano. Finalmente, se decidió avanzar a la desesperada hacia Despeñaperros.
Las crónicas narran un suceso providencial, un pastor de la comarca se ofreció a guiar al ejército cristiano por un paso que los Almohades no podían atacar. El paso actualmente recibe el nombre de 'Paso del Rey', que desemboca en una gran explanada, entre las poblaciones de Miranda del Rey y Santa Elena.
El ejército cristiano lo atravesó sin dificultad y acampó en la citada explanada.
Se acordó que las tropas castellanas ocupasen la primera línea de avance, mientras que Sancho VII se encargaría del segundo cuerpo de ataque y el rey aragonés Pedro II se quedaría en la retaguardia al frente de la caballería catalano-aragonesa.


Triunfo de Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa.
Marcelino SantaMaría, 1892
La batalla

Los ejércitos cristianos llegan el viernes 13 de julio de 1212 a Navas de Tolosa, o llanos de La Losa, cercanas a la localidad de Santa Elena al noroeste de la provincia de Jaén, y se producen pequeñas escaramuzas durante el sábado y domingo siguientes. El lunes 16 de julio a primeras horas del día se inicia el combate.

Tras una carga de la primera línea de las tropas cristianas, capitaneadas por el vizcaíno Diego López II de Haro, los Almohades, que doblaban ampliamente en número a los cristianos, realizan la misma táctica que años antes les había dado tanta gloria. Los voluntarios y arqueros de la vanguardia, mal equipados pero ligeros, simulan una retirada inicial frente a la carga para contraatacar luego con el grueso de sus fuerzas de élite en el centro.
A su vez, los flancos de caballería ligera almohade, equipada con arco, tratan de envolver a los atacantes igual que en la batalla de Alarcos. Al verse rodeados por las fuerzas Almohades, acude la segunda línea de combate cristiana, pero es insuficiente, la batalla parece perdida. La desbandada cristiana comienza con las tropas de López de Haro que habían sufrido terribles bajas, sólo el capitán y su hijo, junto a Núñez de Lara y las Órdenes Militares resisten como pueden pero les queda poco tiempo.

El miedo se apodera del ejército cristiano. Viendo lo que sucedía, los reyes cristianos al frente de sus caballeros e infantes inician una última carga con el resto de fuerzas cristianas. Este acto de los reyes y caballeros cristianos infunde ánimos que hacen renovar el brío contra los musulmanes. Los flancos de la milicia cargan contra los flancos del ejército almohade y los reyes marchan en una carga imparable. Según fuentes, el propio rey Sancho VII de Navarra aprovechó la ocasión y se dirigió directamente a la tienda de Al-Nasir. Los caballeros navarros, junto con parte de su flanco, atravesaron su última defensa: los im-esebelen, que sucumbió no sin antes provocar una gran matanza entre los cristianos. Al-Nasir se mantenía en el combate dentro del campamento. Después vino el desastre, el ejército almohade se hundió, e inició una retirada a la desesperada con Al-Nasir a la cabeza. La victoria estaba del lado del bando Cristiano.


Batalla de Las Navas de Tolosa. Van Halen

En el momento que los arqueros musulmanes no pudieron maniobrar ante las líneas tan juntas, su táctica se vino abajo pues la carga de la caballería pesada cristiana era imparable. Por eso, la última carga definitiva de los reyes cristianos con tropas de élite, caballeros, fue tan determinante justo en el momento en que los batallones cristianos iniciaban la retirada.

Como consecuencia de esta batalla, el poder musulmán en la Península Ibérica comenzó su declive definitivo y la Reconquista tomó un nuevo impulso que produjo en los siguientes cuarenta años un avance significativo de los llamados reinos cristianos, que conquistaron casi todos los territorios del sur bajo poder musulmán. Consecuencia inmediata fue la toma de Baeza, que posteriormente retornó a manos almohades. La victoria habría sido mucho más efectiva y definitiva si no se hubiera desencadenado en aquellos mismos años una hambruna que hizo que se demorara el proceso de reconquista. La hambruna duró hasta el año 1225.

Al-Nasir nunca se repuso del desastre de las Navas. Abdicó en su hijo, se encerró en su palacio de Marrakech y se entregó a los placeres y al vino. Murió, quizá envenenado a los dos años escasos de su derrota.

Fuentes consultadas:
  • Una batalla decisiva - Artículo de Juan Carlos Losada publicado en el número 503 de Historia y Vida.

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