21 de agosto de 2009

Vacaciones


Hola a todos. Llevamos unos días sin actualizar, y es que las dos estamos de vacaciones, y ya se sabe que en vacaciones no se está por lo que hay que estar, así que hemos decidido tomarnos un descanso y volveremos en septiembre.

11 de agosto de 2009

Recaredo: el hombre nuevo

Pocos personajes históricos han recibido una aprobación más ferviente por parte de sus contemporáneos como Recaredo, el primer rey católico de la España visigoda. De este monarca todos hablan bien, desde los cronistas de su época a los padres del Concilio III de Toledo, e incluso el propio Pontífice romano, que era entonces una figura de la talla y el prestigio universal de Gregorio Magno.

"Conquistador de nuevos pueblos para la Iglesia". Esta expresión usada por los padres toledanos parece inspirar las palabras escritas por Gregorio Magno a Recaredo, a propósito del acontecimiento de la conversión de los godos:
"¿Qué voy a poder decir yo en aquel tremendo tribunal, ante el supremo Juez que ha de venir, si me presento con las manos vacías, mientras que tú llevarás en pos de ti a rebaños de fieles, que has atraído a la gracia de la verdadera fe con tu diligente y continua predicación?"
A juicio del más competente historiador de la época, el abad Juan de Bíclaro, Recaredo había renovado la gloria de los mayores príncipes cristianos de todos los tiempos.
Este coro unánime de alabanzas levanta en torno a Recaredo una cortina de incienso, que constituye un indudable obstáculo para discernir el mito y la realidad, y averiguar la verdadera identidad del hombre y el monarca.


Recaredo fue hijo del primer matrimonio de Leovigildo, que ya había enviudado en el año 569, cuando tras ser elevado al trono contrajo matrimonio con Goswintha, la viuda del difunto monarca Atanagildo. Pese a que ciertas noticias tardías y de dudosa credibilidad afirmen que la primera esposa de Leovigildo había sido una dama católica de estirpe hispano-romana, lo cierto es que no conocemos quién fue la madre de Recaredo y de su hermano mayor, Hermenegildo.

En el año 573, -año en que Leovigildo comenzó a gobernar la totalidad del reino, repartido hasta entonces con su hermano Liuva I-, el monarca visigodo asoció al trono como corregentes -consortes regni- a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. Cuando seis años más tarde, en el 579, el primero de ellos abrazó el catolicismo y asumió en Sevilla el título de rey, Recaredo permaneció junto a Leovigildo en la guerra civil que éste sostuvo con su hijo mayor.

Leovigildo

Recaredo aparece en su faceta de hombre de armas durante la época de su juventud, cuando luchó en la guerra civil junto a su padre y dirigió incluso una victoriosa campaña contra los francos. Tuvo ésta lugar cuando Goutran de Borgoña lanzó un importante ataque contra la provincia visigoda de la Narbonense. El heredero de la corona toledana demostró ser un excelente caudillo y obtuvo varios éxitos notables.
Pero a partir de su ascensión al trono, la imagen de Recaredo que prevalece es la del político y hombre de paz.

Hombre pacífico y magnánimo: tal es la imagen de Recaredo según San Isidoro, que se esfuerza en presentarlo en la "Historia de los Godos" como la contrafigura de su padre y el reverso de la medalla de lo que éste fue y representó.

Recaredo fue un hombre de paz, y si se exceptúan las acostumbradas escaramuzas fronterizas con bizantinos y vascones, sólo hizo la guerra para rechazar las agresivas incursiones francas a la provincia Narbonense. Pero fue también un verdadero estadista, con una línea política clara y voluntad resuelta de seguirla.

La política religiosa fue, sin embargo, la principal preocupación del monarca, y esa política tuvo como supremo objetivo la conversión de los visigodos y la consiguiente unidad religiosa del reino. Recaredo abrazó la fe católica en el décimo mes de su reinado, esto es, en el primer trimestre del 587. Se trató pues, de una conversión que precedió en más de dos años a la recepción oficial del pueblo godo en la Iglesia. La índole "personal" de la conversión parece un aval de su sinceridad y de que se trató de una decisión madurada desde hacía tiempo.

Conversión de Recaredo (Antonio Muñoz Degrain. 1888)

Un aspecto de la personalidad de Recaredo que permanece en la penumbra es el de su vida familiar. Tenemos noticia de dos sucesivos intentos de matrimonio con princesas francas, ninguno de los cuales llegó a buen puerto.
¿Quién fue entonces la esposa de Recaredo? La respuesta es clara; una mujer de la cual conocemos tan sólo el nombre: Baddo. Esta señora aparece en el Concilio III de Toledo en calidad de reina y firma con la fórmula: "Yo Baddo, gloriosa reina".
Se sabe que Recaredo tuvo un hijo natural, Liuva II, que nació cuando se estaban llevando a cabo las gestiones para su matrimonio con una de las princesas francas. Una de las hipótesis más aceptadas es que Baddo pudo ser una mujer de condición plebeya a la que Recaredo estaba unido desde tiempo atrás por una relación de concubinato estable. Al fracasar las negociaciones con las princesas francas, el monarca decidiría contraer matrimonio con Baddo, convirtiéndose ésta en reina.

Un hombre nuevo para una época nueva: así es como podría definirse la figura de Recaredo. No quiso ser continuador de nadie ni de nada, sino el iniciador de un período histórico original. La época que inauguró fue la de la unidad religiosa de godos y romanos.


(Fuente consultada: Semblanzas visigodas - José Orlandis)

10 de agosto de 2009

El Castillo de Loarre


El Castillo de Loarre se halla situado en la sierra del mismo nombre, a unos 35 kilómetros de Huesca.

La Historia del castillo de Loarre se remonta más allá de la Alta Edad Media: la aparición de monedas romanas y aún íberas en sus proximidades hacen pensar en que podría ser la "Calagurris Fibularia" romana.
Hacia el año 1020, el rey Sancho el Mayor de Navarra anexiona el castillo y sus territorios a su reino, convirtiendo el castillo en baluarte defensivo frente a la poderosa fortaleza musulmana de Bolea y controlando la vertiente izquierda del Gállego. A la muerte de Sancho, su hijo Ramiro I mantiene el yugo sobre La Sotonera islámica, con frecuentes incursiones sobre las plazas cercanas y, después de él, Sancho Ramírez revitaliza la fortaleza de Loarre en su uso militar-eclesiástico, fundando en 1071 un monasterio de canónigos de San Agustín cuya grandiosidad y magnificencia no tienen parangón en el país. Este monarca aplica las dos tendencias renovadoras de la época: la cluniacense y la gregoriana, lo que propicia el acercamiento a la Iglesia romana y con ello la apertura de Aragón a Europa. El castillo de Loarre se convierte así en "capilla real" gozando de condiciones especiales, diezmos y rentas, privilegios que perderá gradualmente en favor del castillo de Montearagón al iniciarse en 1088 su construcción en las cercanías de Huesca.
En 1094 muere Sancho Ramírez ante las murallas de Huesca, siguiéndole en el trono su hijo Pedro, quien en 1096 conquista la ciudad. El joven rey constituye Montearagón como cabeza de la congregación, dadas sus evidentes ventajas por su proximidad a Huesca. Loarre pierde su carácter monástico, se seculariza y vuelve a la Corona aragonesa, que confiará su custodia a tenentes o seniores.
En 1101 Pedro I conquista definitivamente Bolea, última plaza musulmana de La Sotonera, siendo a partir de entonces cuando el castillo de Loarre pierde su carácter defensivo y su importancia militar.
Durante el siglo XII y en adelante la población va asentándose en núcleos más adecuados para la explotación de la tierra, por lo que el castillo inicia un prolongado declive. Esporádicamente jugará importantes papeles en algunos episodios de la historia de la Corona de Aragón, como los sucedidos durante los reinados de Jaime I el Conquistador, Pedro III, Jaime II, Pedro IV o el Conde de Urgell.


En el nivel superior encontramos el monasterio fortificado, primer enclave sobre la roca, del que hoy se conservan notables piezas del arte románico: la capilla de Santa María de Valverde, adosada a un acantilado casi vertical; algunos muros de pabellones anexos; la cimentación de una torre en el patio superior y la llamada Torre de la Reina, en el norte, que protegía la puerta de entrada. Por último, la Torre del Homenaje, con sus 22 metros de altura, cimentada mucho más abajo, y por tanto construida como torre albarrana exenta de la primera edificación.


En el nivel medio está la magnífica Capilla Real o de San Pedro, de estilo románico aragonés. Encontramos también los pabellones del ala monacal, al norte, detrás de la Torre del Homenaje. Los arranques de sus arcadas sugieren tres alturas. Desde ellos se accede a cuatro salas que debieron constituir almacenes.

Bajo la iglesia de San Pedro, en el nivel inferior, la escalera de acceso, a cuyos lados encontramos el cuerpo de guardia y la cripta, antiguamente la capilla de Santa
Quiteria, donde se veneraban las reliquias de San Demetrio, patrón de los gladiadores, que hoy podemos contemplar en la iglesia parroquial de Loarre. Ya fuera de la edificación, la torre albarrana frente a la entrada principal, pudo ser una primera defensa.


Por último, la muralla exterior, que rodea todo el conjunto de unos 10.000 m2 por el sur, la zona menos protegida por los naturales riscos. Parece haber sido construida
en una época muy posterior, hacia 1287, como defensa de la aldea que se alojaba a los pies del castillo. Conserva unos 200 metros de lienzo tachonado de torreones,
todos ellos circulares menos uno rectangular: una torre-puerta, con paso en recodo
para evitar la entrada a posibles invasores.

9 de agosto de 2009

Historia del vino

El vino acompaña al ser humano desde hace varios milenios. Aunque el origen exacto se discute aún, nadie duda que debe estar en algún lugar alrededor del Mediterráneo (Persia, Egipto, Grecia, Chipre).

Del antiguo Egipto se han encontrado listas de vinos. Mencionaban incluso la añada, el viñedo y el nombre del viticultor en sus jarras.
Los babilonios promulgaron leyes reglamentando la explotación de una tienda de vinos.

Los griegos, y a continuación los romanos, reservaban al vino un lugar importante en sus vidas. Sobre todo por sus usos religiosos y rituales, el vino se convirtió en un elemento clave de la civilización occidental.
Es conocido que fueron los romanos quienes extendieron el cultivo de la vid y la elaboración del vino más allá del Mare Nostrum, incluyendo, por supuesto, las provincias romanas de la Península Ibérica, de cuyos puertos zarpaban barcos cargados con ánforas llenas de vino en dirección a la metrópoli.
Los romanos incorporaron a los dioses griegos adaptándolos a sus características. Así, Dioniso se convirtió en Baco, y su culto se extendió sobre todo entre las mujeres, los esclavos y los pobres, hasta el punto de que los emperadores intentaron prohibirlo sin demasiado éxito.


En tiempos de los griegos, también los chinos conocían el vino, pero no lo explotaban de forma sistemática. El cultivo de la vid aparece igualmente en ciudades de Persia y de la India, aunque no deja en ellas huellas muy profundas. En cuanto a la América precolombina, sus culturas jamás descubrieron el vino pese a la existencia de civilizaciones refinadas.

El cristianismo, cuyo desarrollo es indisociable del Imperio Romano, asimiló numerosos símbolos y ritos báquicos, y atrajo en los primeros tiempos a las mismas categorías de fieles. El vino de la comunión era por lo menos tan necesario en una asamblea de cristianos como la presencia de un sacerdote. Gracias a este lugar vital que ocupaba en las prácticas religiosas, el vino subsistió incluso durante el sombrío período de las invasiones bárbaras que acompañaron la decadencia de Roma.
Cuando Europa consiguió salir de los tiempos de las temibles invasiones, los viñedos se encontraban alrededor de monasterios y catedrales. Los monjes no se contentaron con hacer vino: lo mejoraron.


Para el hombre medieval, el vino o la cerveza no eran un lujo, eran una necesidad. Las ciudades ofrecían un agua impura y con frecuencia peligrosa. Al desempeñar el papel de antiséptico, el vino fue un elemento importante en la rudimentaria medicina de la época. Se mezclaba con el agua para hacerla bebible.
Grandes cantidades de vino circulaban por aquel entonces. En el siglo XIV las exportaciones de Burdeos hacia Inglaterra eran tan importantes que su media anual no fue superada hasta 1979.

Hacia finales del siglo XVIII apareció en el mercado una nueva exigencia: se pedían vinos que procuraran una experiencia estética. En Francia y en Inglaterra emergió una nueva clase social con dinero y buen gusto que estaba dispuesta a pagar lo que fuera por un gran vino.

El mundo del vino tuvo que dedicar buena parte del siglo XX a reponerse de la crisis atravesada en la segunda mitad del XIX. Después de la Primera Guerra Mundial el consumo europeo alcanzó nuevos records, pero el vino, procedente del Midi francés, de La Mancha o del norte de África era mediocre. Incluso los grandes vinos se vendían a bajo precio: sus consumidores, en otro tiempo prósperos, se habían visto afectados por las guerras y la crisis.

Para los productores, el fin del siglo XX marca un período de prosperidad; para los aficionados al vino, una edad de oro con abundancia de buenos caldos a precios relativamente razonables. Las víctimas de esta evolución son sin duda los productores de vinos baratos.

8 de agosto de 2009

El trabajo de la mujer egipcia

Las mujeres egipcias participaron en las actividades cotidianas de su sociedad. Junto con el hombre de los grupos populares, y al igual que aquél, las mujeres constituyeron la base de la economía y sustento de las grandes creaciones de la civilización egipcia. Sus actividades y sus responsabilidades, similares a las de sus compañeros, eran diversas: desde cumplir con el trabajo forzado hasta recolectar y cernir el trigo, recoger el lino y colaborar en general en toda labor acarreando los productos del trabajo u ofrendándolos a los muertos. Además, se conoce su participación en la preparación de alimentos, en la molienda del grano y en la preparación del pan y la cerveza, alimentos básicos de los egipcios; o bien al servicio de los comensales en banquetes. Las mujeres participaban en estas actividades al lado de los hombres, por lo que no eran segregadas como en otras culturas.

Parece que ciertas ocupaciones fueron muy comunes para las mujeres: muchas eran bailarinas, acróbatas, músicas. Algunas eran supervisoras de actividades: "señora del taller de pelucas"; "señora del comedor". Su labor en las fábricas textiles y de perfumes fue su monopolio, de gran importancia dentro de la economía estatal egipcia. La participación de las mujeres en los templos fue también relevante: tanto los templos más notables en las ciudades como las humildes capillas aldeanas captaron mujeres en las altas posiciones.


Sin embargo, la mujer no participaba, o participaba poco en actividades como la pesca, el pastoreo y la crianza de animales, la caza, la orfebrería o la curtiduría. El trabajo de la mujer en el hogar era el más común, y el oficio de sirvienta, una proyección del mismo. La labor más común era la preparación de la comida diaria, la limpieza de la casa y la elaboración de velas, tan necesarias para la vida cotidiana pero también para la labor de los hombres en los trabajos públicos.

Una actividad asociada con el trabajo doméstico es el de la crianza de los niños; o sea, el oficio de nodriza, que fue tan importante que incluso merecía mención especial de los nobles egipcios en sus comunicaciones con los administradores de sus propiedades. Los egipcios consideraban la leche materna como un remedio esencial para distintos males, por lo que la incluían comúnmente en las recetas médicas. Y la leche de las diosas había sido básica para lograr la sobrevivencia del faraón en momentos fundamentales de su vida. De ahí la importancia de esta actividad, verdadera imitación humana de una función divina.
El trabajo de la nodriza se regulaba cuidadosamente en contratos que señalaban sus obligaciones; entre ellas, proporcionar leche de calidad, cuidar al niño si enfermaba, limitar su propia actividad sexual para evitar un embarazo que la pudiese llevar a descuidar al niño bajo su cuidado, entre otras.

La madre que trabajaba a veces tenía que llevar a sus hijos al lugar donde efectuaba su labor, tal vez por no tener quien los cuidase. El trabajo infantil era común, y el de las niñas y adolescentes más aún.


(Fuente consultada: Señoras y esclavas - José Carlos Castañeda Reyes)

6 de agosto de 2009

Esparta

Los griegos de Esparta y Atenas hablaban diferentes dialectos y desarrollaron distintos sistemas políticos. Los espartanos buscaban estabilidad y conformismo, por lo cual hacían hincapié en el orden. Los atenienses, por su parte, toleraban las diferencias individuales y daban énfasis a la libertad. Aunque los dos estados compartían una herencia común, sus diferencias se hicieron tan profundas que estuvieron dispuestos a entablar una lucha a muerte con tal de sustentar sus distintas concepciones. Una vez que lo hicieron, el mundo griego resutó ser el gran perdedor.

Localizados en la parte suroriental del Peloponeso, en un área conocida como Laconia, los espartanos ocuparon originalmente cuatro villas pequeñas, que con el tiempo se unificaron en una sola polis. Esta unificación convirtió a Esparta en una comunidad fuerte en Laconia, y permitió a los espartanos conquistar a sus vecinos y hacerlos sus sirvientes. Conocidos como ilotas, a estos vecinos conquistados se les ligó a la tierra y se les obligó a trabajar en las granjas y como sirvientes domésticos.

Cuando la tierra de Laconia resultó insuficiente para mantener a la creciente población de ciudadanos espartanos, éstos buscaron tierras cercanas y a principios del año 730 a.C., emprendieron la conquista de Mesenia a pesar de su tamaño y población mayores. Después de su conquista, los mesenios fueron reducidos a servidumbre y forzados a trabajar para los espartanos. Para asegurar el control sobre sus ilotas conquistados, los espartanos tomaron la decisión consciente de crear un estado militar.


En algún momento entre el año 800 y 600 a.C., los espartanos llevaron a cabo una serie de reformas que se vinculan con el nombre del legislador Licurgo. Aunque los historiadores no están seguros de su existencia histórica, no cabe la menor duda de los resultados de tales reformas. Esparta se transformó en un campo militar perpetuo.

A partir de ese momento la vida de los espartanos estaba rígidamente organizada. Cada niño, cuando nacía, era examinado por funcionarios estatales, quienes decidían si era apto para seguir viviendo. A los clasificados como no aptos se les dejaba morir. A los niños se les separaba de sus madres a la edad de siete años y eran puestos bajo el control del estado. Vivían en unos cuarteles de tipo militar, donde vivían sujetos a una férrea disciplina con el fin de hacerlos rudos, y donde se les proporcionaba una educación que ponía énfasis en el entrenamiento militar y en la obediencia a la autoridad. A la edad de veinte años, los varones espartanos se alistaban en el ejército para cumplir su servicio militar regular. Aunque se les permitía contraer matrimonio continuaban viviendo en los cuarteles militares. Todas las comidas se ingerían en comedores públicos, en comunión con sus camaradas. A los treinta años, a los hombres espartanos se les reconocía como personas maduras y se les permitía votar en la asamblea y vivir en casa; pero seguían en el servicio militar hasta que cumplían sesenta años.


Mientras sus esposos permanecían en los cuarteles hasta los treinta años, las mujeres espartanas se quedaban en casa. Debido a esta separación, las espartanas gozaban de una mayor libertad de movimiento y de mayor poder en el hogar de lo que era común en otras zonas de Grecia. Se las alentaba a hacer ejercicio y a mantenerse en forma para engendrar y educar niños saludables. Al igual que los hombres, las espartanas ejercitaban su cuerpo al desnudo. Muchas mujeres exaltaban los estrictos valores espartanos, esperando que maridos e hijos fueran valientes en la guerra.

La estructura social espartana estaba rígidamente organizada. En la cima se encontraban los esparciatas, que eran los ciudadanos con plenos derechos. Cada ciudadano poseía un terreno para su sustento económico, el cual era trabajado por los ilotas mesenios. Después de los esparciatas seguían los periecos; aunque eran libres, carecían de los privilegios de la ciudadanía y eran pequeños comerciantes y artesanos. Sin embargo, estaban obligados a cumplir el servicio militar. En la parte más baja de la escala social se encontraban los ilotas, que cultivaban la tierra y daban a sus amos la mitad de lo que producían. Una especie de policía secreta vivía entre ellos, y se permitía matar al ilota considerado peligroso. Con objeto de legalizar este asesinato, al comienzo de cada año el estado declaraba oficialmente la guerra a los ilotas.



(Fuente consultada: Civilizaciones de Occidente/Western Civilizations - Spielvogel)

5 de agosto de 2009

Los vikingos en Galicia

En sus raras embarcaciones cubiertas de pieles curtidas, los vikingos se presentaron por primera vez en las costas de Ribadeo hacia el año 844 o 46. Al revés que a los musulmanes, Galicia les gustó mucho.

Aquellos piratas, procedentes de la Jutlandia y del Mar Báltico, consideraron que la tierra gallega era muy bonita, acaso porque les recordaba a la suya propia. La lluvia no les espantó, estaban acostumbrados a ella. Para su primer desembarco serio eligieron La Coruña, que entonces era una isla, y desde tiempos muy remotos se la conocía por su faro, uno de los más antiguos de Occidente.
Aunque su brutal ataque fue rechazado, y los vikingos tuvieron que reembarcarse con las orejas gachas, se les quedó dentro como una nostalgia de la hermosa isla y su misterioso faro. La Coruña figura en las sagas escandinavas con el nombre de Far.


Una vez que habían aprendido el camino y que habían encontrado tal afinidad en la geografía (las rías les recordarían a sus fiordos), en el clima y en las gentes, era de prever que los vikingos volverían. Volvieron, en efecto, unos diez años más tarde.

En esta segunda visita descubrieron la ría de Arosa que fue desde entonces el punto favorito de desembarco. Los vikingos, que a la sazón habían conquistado Irlanda pero aún no Inglaterra, Bretaña y Normandía, saquearon muy a su placer a la desdichada ciudad de Iria.
Como los árabes no la habían pisado, Iria conservaría bastantes riquezas. Este primer saqueo por los piratas nórdicos en el año 858 tiene una gran importancia histórica, porque obliga al obispo Adulfo II a trasladar su residencia a Compostela.

En un principio los vikingos no tuvieron mayores apetencias de quedarse con Galicia, que las que tiene un ladrón de quedarse con el banco que pretende robar.
Los piratas nórdicos se metían por las rías gallegas acuciados por su codicia, buscaban muchachas, poblados bien abastecidos y monasterios que saquear. En sus razzias recogían un número de cautivos, bien para servirse de ellos o bien para gestionar un rescate.


Pronto toda Galicia temblaba ante su acoso. En las iglesias gallegas, como en las de toda Europa, se rezaba: "A furore normannorum, libera nos Domine..."

Los "reyes del mar" (o "vikings") -nombre que se habían dado a sí mismos-, estaban mejor dotados de lo que se creyó en un principio para la fundación y desarrollo de un imperio Atlántico con alguna base en el Mediterráneo.
A partir del establecimiento del estado normando en Francia en el año 911, las invasiones llegaban a Galicia procedentes de la Normandía. Una de las más famosas expediciones de este período es la que tiene lugar en el año 968.
Se produjo de la siguiente manera: el segundo duque de Normandía viendo su reino en peligro pidió auxilio a sus parientes noruegos y daneses; acudieron los vikingos y le ayudaron a derrotar al rey de Francia. Mas como luego no mostraban la menor intención de retornar a su punto de origen y su presencia en Normandía creaba problemas de orden público, se les sugirió que partieran a la conquista de Galicia "esa tierra tan rica de la que tanto hablan los peregrinos".
Impresionados por los fantasiosos relatos, los normandos llamaron a Galicia Jakobsland.
Como los vikingos no se espantaban ante el sacrilegio, en un par de ocasiones intentaron robar los huesos del Apóstol Santiago.

En la famosa expedición del año 968 los vikingos, decididos a conquistar Galicia, se presentaron con doscientas embarcaciones. Parte de la flota se quedó en la costa cantábrica entreteniéndose en destruir el obispado de Britonia.


Mientras unos se ocupaban de Britonia, otros enfilaban la ría de Arosa. Nuevamente tomaron posesión de Iria y se hacían ilusiones de llegar a Santiago de Compostela, cuando les salió al encuentro el obispo Sisnando II al frente de sus tropas.
Al obispo le machacaron la cabeza en Fornelos y los vikingos, dirigidos por Gunderedo, se pasaron dos años vivaqueando por Galicia.

No está claro si Gunderedo llegó a conquistar Compostela aunque sólo fuera por unas pocas horas. Sobre esto hay opiniones.
Hoy se cree que los normandos no pudieron establecerse en Galicia porque se lo impidió el conde Gonzalo Sánchez, matando a Gunderedo. Los demás se desmoralizaron y se reembarcaron.

(Fuente consultada: Galicia Feudal - Victoria Armesto)

4 de agosto de 2009

Constantino el Grande

Constantino I el Grande nació en Nis (actual Serbia) en el año 280.
Hijo de Constancio I Cloro y de Helena, Flavio Valerio Constantino fue educado en la corte del emperador Diocleciano, en Nicomedia (Turquía). En el verano del año 306, durante una campaña contra la tribu escocesa de los pictios, Constancio Cloro murió e inmediatamente el ejército aclamó a su hijo como augusto de Occidente.

En un principio, Galerio, augusto de Oriente, reconoció a Constantino la dignidad de césar, pero al fin tuvo que aceptarlo como augusto. Al año siguiente, sin embargo, la tetrarquía, el sistema de gobierno ideado por Diocleciano, entró en crisis a causa de las rivalidades entre los diferentes tetrarcas, hasta que en el 308 estalló una cruenta guerra civil que enfrentó entre sí a los cuatro augustos legales (Galerio, Constantino, Licio y Maximino Daya) y un césar ilegítimo (Majencio). Muerto Galerio, Majencio y Maximino Daya se aliaron para luchar contra Constantino y Licio, quienes también se vieron obligados a unir sus fuerzas.

De hecho, hasta entonces Constantino no había tomado parte en la guerra civil, ocupado en su sede de Arevi en la organización del ejército y en rechazar los ataques de francos y alamanes contra la Galia. Sus tropas se encontraban, en consecuencia, en condiciones relativamente buenas.
Por este motivo, cuando irrumpió en Italia, se impuso con facilidad al ejército de Majencio y pudo marchar rápidamente sobre Roma. Cerca de esta ciudad, el 28 de octubre del 312, derrotó al propio Majencio, quien se ahogó en el Tíber en su intento de huir.

Arco de Constantino (Roma)

En el 313, Constantino y Licinio promulgaron el edicto de Milán, por el que reconocían a la religión cristiana iguales derechos que a los cultos paganos. Ese mismo año, la victoria de Licinio sobre Maximino Daya permitió a los dos augustos vencedores repartirse el Imperio.

Tras casi un decenio de paz, una nueva guerra hizo de Constantino el emperador único, tras derrotar a Licinio. Instalado en Oriente, Constantino nombró césares a sus cuatro hijos y les encargó el gobierno de diferentes regiones.

Aunque Constantino mantuvo siempre el principio formal de tolerancia religiosa, durante toda su vida promovió la expansión del cristianismo, que convirtió de hecho en religión oficial. El emperador participó personalmente en asuntos eclesiásticos, y convocó en el año 325 el primer concilio de Nicea, que condenó la herejía arriana. Con todo, posteriormente se inclinó por el arrianismo, y poco antes de su muerte fue bautizado por el obispo arriano de Nicomedia.

En el año 330 trasladó la capital del Imperio a la antigua colonia griega de Bizancio, ciudad que fue reconstruida y cambió su nombre por el de Constantinopla.
Tras haber derrotado a los godos en el año 332, el emperador falleció cerca de Nicomedia en el 337, mientras preparaba una campaña contra los persas.

3 de agosto de 2009

Los crímenes nazis

El viernes 31 de marzo de 1933, seis años antes de que diese comienzo la II Guerra Mundial, la biblioteca del Tribunal Cameral de Berlín ofrecía el aspecto habitual de cualquier sala de lectura. Abogados, estudiantes y algún juez permanecían en silencio mientras leían gruesos volúmenes, actas y legajos. Cada uno de los presentes estaba aislado, embebido en su tarea, envuelto en la cálida atmósfera que proporciona el terciopelo y la madera.
De repente se oyó un portazo y unos gritos procedentes del piso inferior. Se oyeron pasos que subían bruscamente las escaleras. Alguien rompió el silencio de la sala para decir a media voz: "Las SA (Sturmabteilung o 'fuerza de choque'). Están echando a los judíos".

Aparentando actuar con calma, algunos de los presentes devolvieron rápidamente los libros a los estantes, recogieron sus cosas y se marcharon. A los pocos minutos, un grupo de hombres vestidos con uniformes pardos irrumpieron en la biblioteca. El que parecía ser el jefe gritó con voz firme: "¡Los que no sean arios han de abandonar el local de inmediato!" Alguien contestó tímidamente: "Ya se han marchado".

No satisfechos con esa respuesta, los miembros de las SA fueron recorriendo las mesas, mirando a la cara a cada uno de los lectores, intentando encontrar algún rasgo facial delator. Nadie protestó por esta humillación.
Cuando los hombres uniformados se marcharon de la sala, ésta continuó con su actividad habitual. No hubo ni un solo comentario en voz alta sobre lo ocurrido.


Diez años más tarde, el escenario es otro muy distinto. La puerta de una cámara de gas en Auschwitz se abre. En el centro de la sala se puede ver una montaña de cadáveres desnudos, formando una pirámide hasta el techo de la habitación.

¿Qué había sucedido entre ambas escenas? ¿Cómo era posible que un pueblo culto y avanzado como el alemán protagonizase este capítulo tan vergonzoso en la historia de la humanidad?

Aún no se ha encontrado una respuesta satisfactoria a esta cuestión, pero también es posible que si en aquella biblioteca de Berlín alguien se hubiera negado a admitir semejante atropello, quizá el infierno de Auschwitz nunca hubiera existido.
Pero no fue así. Al día siguiente, el 1 de abril de 1933, se ponía en marcha un boicot a los negocios regentados por judíos. Los oficiales de las SA montaron guardia en las puertas, impidiendo la entrada a cualquier persona. ¿Por qué motivo? Según la propaganda nazi, se trataba de una medida de revancha por las calumnias que supuestamente los judíos vertían en el extranjero sobre la nueva Alemania.

Aquellas primeras medidas tomadas por los nazis no contaban con la aprobación generalizada de los ciudadanos alemanes, pero el bacilo del odio hacia los judíos ya había sido instalado en la sociedad germana. De desarrollar ese odio se encargaría la propaganda nazi.


Pero los judíos no eran las únicas víctimas de la locura nazi. El sector más indefenso de la población, el compuesto por los enfermos mentales, sería el primero en verse desposeído de su único bien: la vida. Entre septiembre de 1939 y agosto de 1941, más de 70.000 personas recibieron una "muerte misericordiosa" -según expresión de Hitler- en el marco de una operación que se llevó a cabo en el mayor de los secretos.

Los enfermos eran seleccionados y trasladados a supuestos centros de tratamiento. Una vez allí se les introducía en cámaras de gas y después eran incinerados.
A los confiados familiares se les enviaba una carta en la que se les comunicaba el fallecimiento de su pariente debido a causas naturales.
Sin embargo, la población comenzaba a sospechar que algo extraño ocurría con sus enfermos mentales; se prohibía cualquier visita a los centros mientras que, por ejemplo, había a quien le llegaba una carta indicando como causa de la muerte una apendicitis aguda, cuando a su familiar le habían extirpado el apéndice años atrás.

Quizás para evitar que la cara más terrible del Tercer Reich fuera descubierta, esta operación sería suspendida en el verano de 1941, pero la experiencia acumulada durante este holocausto a pequeña escala sería decisiva para organizar el exterminio de toda la población judía de Europa.


(Fuente consultada: Breve historia de la Segunda Guerra Mundial - Jesús Hernández)

2 de agosto de 2009

Castillo de Chapultepec


El castillo de Chapultepec es uno de los dos castillos que existen en América y está situado en la ciudad de México.

Desde su privilegiada ubicación, en lo alto del Cerro Chapultepec, que en lengua náhuatl significa "saltamontes", este castillo es un fiel testigo del devenir histórico de México, viendo pasar entre sus muros y jardines emperadores, virreyes, militares y demás mandatarios.


Fue mandado construir durante la época del Virreinato de Nueva España, concretamente en 1785 por el virrey Bernardo de Gálvez y Madrid, y el proyecto fue dirigido por Francisco Bambitelli, teniente coronel del ejército español e ingeniero.

El área que rodea al castillo son los Bosques de Chapultepec, un inmenso espacio arbolado en plena ciudad de México, antiguo lugar de recreo de gobernantes aztecas.

La construcción resultó ser un conjunto al que se accedía por rampas, muy semejante a un alcázar, favorecido por el emplazamiento en lo alto del cerro.
Desde ahí se extraía el agua destinada a la mansión y a sus extensos jardines. El núcleo habitacional era un sector central de dos plantas, extendido hacia los lados, donde se encontraban las habitaciones de la servidumbre y el parque. El Virrey ocupaba el primer piso.

El estilo francés impera en los salones, acentuado por las bellas escalinatas de mármol, la alta verja, y el gran portón de acceso con reminiscencias versallescas. Desde sus espaciosas terrazas se disfrutan unas estupendas vistas de la capital mexicana.


A finales del siglo XVIII, el castillo de Chapultepec estaba bastante deteriorado, lo que motivó la realización de un nuevo proyecto, cuyo costo fue un tanto oneroso; se mantuvo gran parte de la estructura y allí funcionó la Academia Militar.

Durante 1847 fue ocupado por las tropas norteamericanas, hasta que convertido en residencia del Segundo Imperio, Maximiliano y Carlota lo reacondicionaron en 1865.

Actualmente, el castillo alberga el Museo Nacional de Historia que recrea el dominio hispánico, los tiempos de la independencia, la república, el Segundo Imperio, la dictadura y la revolución.

Encuentran en Italia el esqueleto de un guerrero de 4.500 años


El esqueleto de un hombre de aproximadamente 4.500 años de antigüedad que probablemente correspondió a un guerrero que murió al ser alcanzado por un flecha en el pecho, fue descubierto en una playa al sur de Roma, informó la policía italiana.

El bien preservado esqueleto apodado "Nello" fue encontrado durante el vuelo de rutina alrededor de áreas de interés arqueológico en mayo que llevó a la policía a investigar una fisura en el suelo.

"Creímos que era de un soldado romano, pero luego los expertos identificaron que se remontaba al tercer milenio A.C.", comentó Raffaele Mancino, oficial de la división de policía que supervisa la herencia cultural de Italia.

Además se encontraron seis pequeños jarrones enterrados junto al esqueleto, cuyos pies no fueron hallados.

Probablemente el joven hombre sólo vivió a pocos cientos de años de "Otzi", el hombre del hielo, cuyo cuerpo fue encontrado congelado en los Alpes italianos en 1991.

Los arqueólogos planean realizar mayores excavaciones dado que el descubrimiento podría ser un indicio de una mayor necrópolis en el área.

(Fuente: Reuters)

1 de agosto de 2009

Hijos de un rey godo (María Gudín)

Hijos de un rey godo arranca con el reencuentro entre Swinthila y Liuva, hermanos y descendientes del rey Recaredo. Tras un corto y trágico reinado, Liuva, ciego y manco a causa de una traición, decidió esconderse en las montañas cántabras. Al encontrarlo, Swinthila pretende recobrar la carta de su madre, la reina Baddo, y, por consiguiente, la copa de poder con la que recuperar el trono usurpado a su familia.
La codiciada carta de Baddo revela a los hermanos la historia de los hijos del rey Leovigildo, Hermenegildo y Recaredo, así como el secreto de la copa sagrada. La primera esposa de Leovigildo, "la reina sin nombre", pidió a sus hijos, en su lecho de muerte, que recuperaran y devolvieran la copa a su lugar, a un santuario oculto en las montañas astur cántabras. La paz entre los pueblos hispanos no sería posible hasta que el cáliz regresara allí. Pero, tras el largo viaje a los territorios cántabros, las vidas de Hermenegildo y Recaredo toman un giro inesperado. Recaredo encuentra a Baddo, de la que se enamora hasta el punto de desafiar las leyes de los cántabros y los proyectos de Leovigildo, su padre. Mientras que Hermenegildo descubre la verdad sobre sus orígenes; un misterio que provocará una grave fractura con el rey Leovigildo y que desembocará en una guerra civil en la que ambos hermanos deberán combatir en bandos opuestos.
Conocedores ya del pasado, Swinthila y Liuva se enfrentarán a su destino.

 

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